El satélite de la luna

Mi línea de universo

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sábado, 14 de julio de 2018 · 00:12

George Gamow, el famoso físico ucraniano nacionalizado norteamericano,  tituló su autobiografía My word line (Mi línea de universo). Desde entonces la expresión se ha vuelto popular y estuvo presente en mi mente durante un viaje que hice recientemente a la ciudad de Natal, RN-Brasil.

Antes de comentar el viaje, intentaré explicar qué se entiende en la física por línea de universo. Es la trayectoria de una partícula (y, por abstracción, de una persona) en las cuatro dimensiones del espacio-tiempo. No es sólo la trayectoria espacial, el camino que va de un lugar a otro, sino el camino recorrido punto por punto, a cada instante. La diferencia es importante. Por ejemplo, no se puede atrapar un león conociendo sólo su camino diario al río; hay que saber en qué preciso instante estará en el lugar donde lo esperamos para capturarlo. Con el obvio riesgo de que el león nos huela y cambie, fatalmente para nosotros, su rutina.

La línea de universo es única, aparentemente caótica y no hace lazos (la vida no tiene “undo”, solía sentenciar mi amigo “Pato” Patiño). Que sea una línea y no un segmento depende de las creencias de cada cual. Por ejemplo, los pro-abortistas creen que la línea de universo de un ser humano comienza en un preciso momento (su alumbramiento o, a lo sumo, a unas semanas de la concepción); los “pro-vida” creen que empieza desde la concepción. Radical como el salmista, yo creo que esa línea empieza desde la eternidad, desde que todos fuimos creados/pensados por Dios. Y que termina también en la eternidad, vadeando la muerte.

¿Qué determina una línea de universo? Intuyo que cada línea de universo se construye mediante pasos infinitésimos que, aun pudiendo variarla, no la alteran sustancialmente. Me explico: cada evento en mi jornada representa un avance de mi línea de vida y, de haber sido diferente, traería variantes. Por ejemplo, un encuentro casual altera mi línea de universo, pero no de manera tan relevante como lo haría una tragedia, una enfermedad o ser socio de Quiborax.

 En síntesis, en el conjunto de pasos rutinarios o caóticos que construyen mi línea de universo, hay momentos decisivos en que esa línea toma un rumbo irreversiblemente diferente de otras posibilidades.

El año 1972 me alistaba para viajar a Natal, como objetor de conciencia, para enseñar en la universidad local y coadyuvar en una obra social de Guido, un amigo salesiano. Muchas veces me he preguntado: ¿cómo hubiese sido mi vida de haber logrado la visa que las autoridades brasileñas de entonces me negaron? Parece una pregunta ociosa, como muchas otras que usted también, estimado lector, se ha hecho a menudo, con referencia a un empleo  no logrado, a un viaje cancelado, a una relación amorosa truncada. No obstante, hace un par de meses decidí viajar a esa ciudad para buscar (¿exorcizar?) esa línea de universo “virtual”, que nunca existió ni existirá.

Allí visité lugares donde debía haber vivido, la universidad y una obra social de la periferia. Entendí que hace 46 años Natal poco se parecía a la actual. ¡También las ciudades tienen su línea de universo única! 

Alcancé a visitar la tumba del P. Guido, venerada por su gente, y alteré mi línea de universo, sumergiéndome en el turismo y los sabores del mar, lo necesario para sentirme en paz conmigo mismo. Intuí que difícilmente me hubiese quedado a vivir ahí, a falta del embrujo que ejerció en mí El Alto, La Paz y Bolivia.

He regresado a mi hogar, agradecido de que mi línea de universo no se hubiera desviado demasiado de mis sueños. En realidad, se ha enriquecido en suelo boliviano por la familia y las miles de amistades que acompañaron, en algunos momentos, en algunos lugares, mi única y personal existencia.

 

Francesco Zaratti es físico y analista.
Twitter: @fzaratti

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