Franco Gamboa Rocabado

Reflexiones en torno al crimen organizado

sábado, 8 de mayo de 2021 · 05:10

“Por ninguna parte veo un Dios de la vida, veo sólo ciegos que adornan sus crímenes con Dios”; Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981.

Nuestra región está pagando el precio de los alquileres de los regímenes dictatoriales, pues es sorprendente el impacto de la cultura política autoritaria en la decadencia del orden social y el derrumbe de la justicia en los regímenes democráticos. Tal y como sucedió durante la época de los gobiernos militares, en América Latina es ya enorme la cantidad de muertos y desaparecidos debido al crimen organizado: pandillas juveniles que trafican con armas y emplean diversos métodos de extorsión y amedrentamiento; sicarios provenientes del narcotráfico que se convierten en peligrosos destructores de la seguridad ciudadana; y el regreso de nuevas formas de esclavitud con la trata de personas.

El crimen  organizado mueve millones de dólares y está confundido con los capitales foráneos, cuyos orígenes conocidos por su fácil accesibilidad fueron penetrados de distintas maneras y en diferentes rubros por organizaciones del hampa. La política y las economías inestables de América Latina no pueden enfrentar de forma eficiente este fenómeno internacional y casi incontrolable.

La globalización de las organizaciones criminales, no sólo se dedica al tráfico de drogas, armas o seres humanos, sino que también logró introducirse en todos los sectores de la sociedad con la instauración de empresas fantasmas, e inclusive, legalmente constituidas que participan en licitaciones públicas.

Los métodos delincuenciales gozan de ventajas ilegales dentro del mercado, imponiendo su ley de sangre que cada año cobra miles de víctimas inocentes y encuentra en la política un escenario de conveniencia y satisfacción de intereses mutuos, permitiendo que la cultura mafiosa llegue a substituir al mismo Estado en muchas de sus funciones; por ejemplo, comprando algunos mandos de la policía, fuerzas armadas y tribunales de justicia. Las estructuras estatales en el continente están siendo corroídas por la anomia social disfrazada de bandas delictivas.

Este artículo plantea que el crimen organizado está creciendo de manera vertiginosa y sus consecuencias probablemente van a ser irreparables. El relativo éxito de la democracia y el sistema de derechos, al mismo tiempo está siendo opacado por situaciones anómalas como el impacto de diversos negocios turbios vinculados con el terror indiscriminado, donde la sociedad civil se ve echada a su suerte pues empiezan a desaparecer el respeto por los derechos humanos. Así van disolviéndose los valores y la moralidad que deja de ser una pauta de conducta legítima para ser aplacada por la fuerza del crimen, el cual es elevado a un sitial de audacia, abundante riqueza y modelo a seguir por la factibilidad que representa el empleo de una serie de violaciones sistemáticas en contra de la ley y la seguridad ciudadana.

El entramado socio-político del crimen

Las mafias, sobre todo la de mayor influencia amenazadora como el narcotráfico, poseen una estructura en red; es decir, representan un sistema de conexiones donde se vincula también el contrabando de armas, terrorismo, la trata de personas, el secuestro y la corrupción junto con el tráfico de influencias. Esta densa trama de intereses ha incorporado en sus actividades a la simbología social del prójimo, que no pasa por la solidaridad con los más pobres, ni por el hecho de representar el papel de Robín Hood, sino porque predomina el uso instrumental de las personas.

El resultado inmediato es la instrumentalización extrema de los lazos sociales donde únicamente se valora el placer desmedido y el acceso directo a la fortuna. Las bandas criminales convierten a los seres humanos en instrumentos absolutamente desechables. En realidad, existe una manipulación que tiene el objetivo de lograr dinero fácil proveniente de actividades ilícitas. El crimen organizado nunca constituirá un esfuerzo para ayudar a los pobres o una estrategia de sobrevivencia, ni tampoco una manera para redistribuir la riqueza en la sociedad, sino que simplemente es una conducta egoísta, encaminada hacia la ruina de las instituciones y la constante desvalorización de la vida porque por encima del prójimo y el Estado se colocará siempre al dinero y al desenfreno.

Los capos de la mafia cuentan con diferentes formas de mano de obra más baratas y eficaces, valiéndose de la ausencia de mecanismos estatales que favorezcan a los grupos marginales, carentes de oportunidades. A esto se agregan las actitudes mediocres e inoperantes de los gobiernos y las políticas económicas que no pudieron construir las condiciones adecuadas para superar la pobreza y proteger a sus recursos humanos jóvenes en el corto, mediano y largo plazo.

Cuando funcionan las mafias, lo hacen utilizando estrategias empresariales que conocen el tipo de mercado donde van a actuar y contratan, no a profesionales, sino a personas sin ningún tipo de futuro que no tienen nada que perder. Sería ingenuo pensar que el crimen organizado trabaja ofreciendo oportunidades a técnicos y profesionales jóvenes. Todo lo contrario, es tan negativa su influencia que reclutan a quienes están dispuestos a matar, morir, ser humillados y socavar cualquier tipo de control, leyes o instituciones formales. El hampa, en sus diferentes formas de organización, es una verdadera escuela para el pillaje y para aquellos grupos que no tienen miedo a desaparecer dentro del sistema social.

Las organizaciones criminales están interesadas en los profesionales o en las personas con un alto nivel de educación, en la medida en que se pueden servir de ellos, específicamente si los profesionales pueden abrir contactos en las altas esferas del poder. La delincuencia también busca los privilegios que trae el hecho de estar arriba: dentro del Estado y como parte de las élites hegemónicas en una sociedad.

Por ejemplo, el comercio ilícito de cocaína adquiere mayor relevancia por el poder económico que genera. La lucha que enfrentan los países de América Latina a pesar de sus esfuerzos no se trasluce en un control efectivo. No se puede explicar cómo es posible que la tecnología y los servicios de espionaje altamente sofisticados de los Estados Unidos, sean capaces de rastrear a supuestos terroristas tomando el té (incluyendo filmaciones) y no puedan avizorar las avionetas y los camiones que surcan carreteras elegidas por los tratantes de seres humanos y las armas que salen desde el suelo americano, comercializándose a cambio de pasta base de cocaína, todo en un ir y venir de expertos que plantean erradicar el narcotráfico. En síntesis, las bandas criminales están siendo protegidas y la sociedad civil democrática no sabe cómo actuar cuando la corrupción llega a los principales centros de poder político.

Por otra parte, el crimen organizado se encuentra completamente globalizado, pues es capaz de comunicarse telemáticamente, teniendo inclusive la posibilidad de proyectarse de un territorio a otro y de desarrollar mejores sinergias. Los mafiosos se mueven como mejor les parece sin respetar la soberanía de ningún Estado. De hecho, Colombia, México, Argentina, Bolivia, Venezuela, Guatemala y El Salvador representan los países más vulnerables, pues el hampa logró penetrar en la política nacional y local, en el mundo empresarial, los militares, la policía, los organismos de seguridad y el sistema judicial.

Tampoco debe pasarse por alto otro fenómeno en el que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y otros grupos de resistencia armada, aparentemente de influencia socialista-comunista, han dejado de lado completamente las utopías de cambio social y justicia plena porque tienen enormes vínculos con las ventajas que brindan las armas, el dinero del narcotráfico y el crimen organizado, ofreciendo respaldo y protección para los negocios ilícitos pero millonarios. La delincuencia de cuello blanco también financia varias campañas electorales y accede a licitaciones públicas legales, con el fin de echar detergente a sus recursos mal habidos.

Las ganancias y el poder del crimen organizado son inmensas, tanto en los países industrializados como en desarrollo. Según las Naciones Unidas (NN.UU.), los probables ingresos anuales de las organizaciones criminales transnacionales en el ámbito mundial, suman alrededor de mil millones de dólares, cifra equivalente al producto interno bruto (PIB) combinado de todos los países de bajos ingresos, con una población de 3 mil millones de habitantes. Las estimaciones incluyen las ganancias del tráfico de drogas, materiales nucleares y otros servicios controlados por la mafia como la prostitución y juegos de azar; sin embargo, lo que estas cifras no muestran adecuadamente es la magnitud de las inversiones realizadas rutinariamente por el hampa en empresas comerciales legítimas, así como el control de los medios de producción en muchas áreas de la economía formal.

En Venezuela, las narco mafias habrían intentado utilizar al Banco Latino para lavar su dinero, junto con otros 19 bancos del país en 1994. En ese entonces, el sistema financiero era controlado por la familia de Pedro Tinoco, quien fue presidente del Banco Central de Venezuela bajo el gobierno del ex presidente Carlos Andrés Pérez y tuvo un destacado papel en el diseño del programa de ajuste estructural aplicado a partir de 1989; dicho programa proponía liberalizar al máximo todos los sectores de la economía, fomentar un amplia privatización de las empresas estatales y modernizar así Venezuela; sin embargo, los efectos de posibles vínculos entre el crimen organizado del narcotráfico y la política generaron nuevos tipos de patrimonialismo; es decir, emplearon el aparato estatal para la generación de ganancias ilícitas a costa de socavar la institucionalidad del sistema político.

Los cárteles de la droga dentro del crimen organizado a nivel global, crearon una relación simbiótica entre la economía y las estructuras políticas. Por lo tanto, en América latina como en el resto del mundo, la relación entre los criminales y la banca permitió que el hampa marcara un sutil golpe sobre algunas tendencias de la política macroeconómica pues muchas autoridades políticas estuvieron vinculadas con algunos cárteles de traficantes.

En otro contexto, se estima de manera conservadora que el sistema bancario dentro de los Estados Unidos permite lavar alrededor de 100 mil millones de dólares por año manejados por el crimen organizado; en algunos casos, se utilizaron inclusive los mayores bancos de Manhattan. Diferentes estudios destacan el papel de las grandes empresas de inversión de Nueva York y de los agentes de cambio de moneda y lingotes de oro relacionados con Wall Street, quienes también se interesan en el lavado de dinero de los cárteles. Estos hechos hacen pensar que el patrimonialismo que maneja las instituciones públicas para responder a los fines privados y al abuso de poder, llega incluso al centro de aquellos países donde por largo tiempo imperó la idea de una democracia sólida. No es así porque las mafias organizadas fueron carcomiendo todas las esquinas del sistema democrático, estimulando varios negocios turbios en un clima globalizado.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) calcula en 5,5 mil millones de dólares los activos offshore de corporaciones e individuos sospechosos, una cifra equivalente a 25 por ciento del ingreso total mundial. Además, la riqueza mal habida de algunas élites del Tercer Mundo depositada en cuentas numeradas, probablemente llega a 600 mil millones de dólares. Un tercio de esa cantidad estaría colocada en Suiza.

Conclusión

El crimen organizado representa una amenaza para la seguridad regional en toda América Latina. No se puede dejar de tomar en cuenta el hecho de que los países pobres están promoviendo esfuerzos para combatir la delincuencia global, más allá de una serie de diferencias ideológicas. Es la unidad de políticas de seguridad internacional el único camino viable para desbaratar diferentes redes criminales.

Las medidas preventivas dentro de América Latina podrían permitir distanciarse de los habituales programas antiterroristas y antinarcóticos de los Estados Unidos que están acostumbrados a condicionar su colaboración para que predominen sus decisiones y visiones nacionalistas al margen de los intereses multilaterales de la región; sin embargo, el crimen es quien saca mejor provecho de esta política unilateral proveniente de la potencia del norte.

El problema surge cuando se constata que quienes ponen los muertos son los Estados del Sur, sobre todo si se observa la violencia fruto del tráfico con los inmigrantes que son obligados a transportar drogas, la corrupción rampante y la degradación moral del conjunto de la sociedad que enfrenta una completa anomia y el miedo.

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) está tratando de encontrar algunas respuestas por medio de la movilización armada en todas las fronteras de sus países integrantes. Más allá de persistir algunas deficiencias, son valorables las visiones mancomunadas para luchar contra múltiples redes del crimen en la región.

Es fundamental entablar un diálogo constante con la Unión Europea, superando los posicionamientos de confrontación ideológica y política para derrotar verdaderamente a las mafias más poderosas. De otra manera continuarán una serie de guerras perdidas porque cada día que pasa, la multiplicación de los negocios y las influencias del crimen organizado son vertiginosas y contagian, como una epidemia, todas las estructuras del Estado; en definitiva, el crimen transforma el corazón de la sociedad haciendo que el cinismo, junto con el acceso al dinero sucio, dominen como una nueva simbología donde triunfa la ley de los más fuertes, los más corruptos y los más avezados.

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo.

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