Franco Gamboa Rocabado

La propaganda como autoengaño

sábado, 15 de enero de 2022 · 05:10

Uno de los pilares centrales para el análisis de la mentira en política se sostiene en la “propaganda” que los gobiernos o los grupos de poder desarrollan con el fin de capturar a sus seguidores. El trabajo de marketing lo llevan a cabo aquellos especialistas en relaciones públicas y comunicación política, cuya finalidad es mostrar un escenario político siempre favorable a los argumentos de la mentira política. El publicista es amigo de todos los medios de comunicación y de todos los periodistas. Es aquel que quiere caer bien a costa del dinero público. La publicidad, por lo tanto, se edifica sobre la exageración, es decir, sobre los discursos donde predomina un solo mensaje: los mentirosos y los políticos jamás se equivocan.

En el mundo de la mentira, quienes distorsionan los hechos siempre aparecen con “la razón”, mientras que el resto de la sociedad civil cae en el laberinto de la duda, la impertinencia y la amenaza en contra del poder establecido. La propaganda política está consciente de cómo desvirtúa la realidad para favorecer únicamente a los poderosos. La propaganda quiere destruir la racionalidad, haciéndola pasar como un esfuerzo inútil porque cuando la publicidad dramatiza, entonces son los políticos que tienen todo bajo su control y cualquier persona que se ponga en la oposición o en contra de la propaganda entonces es identificada como enemiga, de manera que también es susceptible de ser eliminada. Así se ingresa en el terreno de la tiranía y la sombra de la dictadura que abarca desde un régimen autoritario y violento, hasta la manipulación de las masas gracias a la publicidad que favorece al consumo desmedido.

La publicidad también implica la ausencia de contradicción y la comprobación de que el poder cree ser capaz de encontrar equilibrios únicos que nadie más podría alcanzar. El político mentiroso, además de falsificar una serie de informaciones y circunstancias, se hace pasar por un ser superinteligente contra el cual ningún ciudadano puede competir para dar lugar al nacimiento de la duda y el esclarecimiento de la verdad. Las mentiras de toda propaganda, por lo tanto, se muestran como argucias sin mancha y sin errores, rebosantes más bien de maquillaje que no requiere de hechos reales.

La publicidad se coloca en un nivel de superioridad muy lejos de la realidad. Toda acción y decisiones políticas son mostradas como éxitos y nunca salen a relucir las fallas. Cuando los críticos atacan al poder y tratan de sorprender las mentiras de la propaganda, entonces son acusados de egoístas, apátridas, excéntricos, inferiores, reaccionarios, contrarrevolucionarios, indignos o, sencillamente, irracionales. La publicidad busca que la mentira se convierta en el único discurso y con la supremacía moral como para convertirse en la insuperable versión “alternativa” (engañosa) de la realidad.

Los publicistas o especialistas en comunicación política son sólo ideólogos pagados para engatusar a la opinión pública. Se presentan como “solucionadores de problemas”. Al estar al servicio de un gobierno, se preocupan por una sola meta: lograr que las mentiras tengan un alcance pleno hasta el grado de perder todo contacto con los hechos reales. Así, una burocracia de propagandistas desplaza y trata de anular completamente la realidad.

La mentira, sin embargo, es el autoengaño del poder. Si bien las mentiras convertidas en ideologías o en una comunicación distorsionada, hacen que la política tenga las fuerzas necesarias para interpelar a la sociedad civil, encerrándola en los marcos de una realidad artificiosa alejada de los hechos, el juego perverso de la mentira no es sostenible de manera permanente. La mentira degenera, finalmente, en un autoengaño que también acaba con los liderazgos políticos más fuertes.

Las mentiras en política siempre mostrarán cuán maravilloso es aquel que detenta el poder. Quienes obedecen, son sojuzgados o están dominados. No tienen otra alternativa que hacerse estafar debido a que no tendrían la capacidad de cuestionar la propaganda oficial, ni poner en entredicho la desigualdad en las relaciones de poder. De esta manera se establece una correlación previsible entre la mentira, la dominación, el engaño y el autoengaño. Cuanto más éxito tenga un mentiroso y mayor sea el número de los convencidos, más probable será que acabe por creer en sus propias mentiras.

El autoengaño se convierte en la amenaza para toda astucia política. Tarde o temprano, el engañador termina en el completo autoengaño de la propaganda, perdiendo todo contacto, tanto con sus seguidores como con el mundo real. La realidad y la verdad sobre los hechos, finalmente, podrían imponerse debido a la conducta enfermiza y brutal de la mentira política.

 

Franco Gamboa Rocabado es sociólogo

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