Raíces y antenas

La Cato cumple 50 años

domingo, 15 de mayo de 2016 · 00:00
El día de ayer, 14 de mayo, la Universidad Católica Boliviana San Pablo (UCB) cumplió sus primeros 50 años muy bien vividos, repletos de éxitos académicos, pero también con una agenda de futuro cargada de desafíos.
 
Prácticamente toda mi vida laboral, de más de 25 años, he pasado en esta casa de estudios superiores, por lo que me tomo la libertad de darles mi testimonio de cómo la Cato cumplió  con su comunidad cultivando ideas y formando miles de profesionales pero, sobre todo, sembrando valores católicos, y cielos de esperanzas en el alma nacional. La UCB fue, es y será, sobre todo, una fábrica de sueños para estudiantes, profesores, administrativos  y autoridades. 
 
 En una universidad como la Cato uno jamás pierde la capacidad de asombrarse frente a la frescura de espíritu, la pícara creatividad y el compromiso de superación de la mayoría de los jóvenes. He visto pasar a miles de ellos por salones y laboratorios y,  con profundo orgullo, los he vuelto a encontrar en las esquinas de la vida, como brillantes profesionales pero, sobre todo, como buenas personas y mejores ciudadanos, con el sello de agua de su alma mater. 
 
 Los sueños sembrados de los años mozos ahora son empresas, proyectos realizados, acciones que han cambiado la vida de mucha gente, edificios, máquinas y un sinfín de actividades que han transformado el país.  Imposible citar a todos, pero estoy seguro de que muchos, incluyendo a ustedes amables lectores,  se reconocerán en el espejo de estas palabras y el corazón los guiará a aquel recuerdo labrado en el mejor rincón del alma. Y así, juntos en el ciber-espacio de la añoranza, festejemos las 50 velitas de la UCB. 
 
 A lo largo de estos años también he conocido a centenas de profesores que han dejado la piel en cada clase de la Cato. Dicen las malas lenguas que los catedráticos somos actores frustrados. ¡Pura envidia! de aquellos que no han tenido el maravilloso privilegio de enseñar, de compartir el arco iris de los diversos saberes, de trabajar con equipos de jóvenes que te fusilan con preguntas y te transmiten, con sus dudas y aportes,  juventud en las venas. 
 
 En 50 años se dieron millones de horas de clases en nuestra Cato. Profesores, de diverso talento y simpatía, han ayudado a construir los cimientos más sólidos de la academia: el aprendizaje democrático, el espíritu crítico y tanto los principios como valores que educan el alma. A los profes de la UCB de todos los tiempos y áreas: "Gracias totales” e infinitas por su militancia en la tarea más noble del planeta, educar y educarse con los semejantes en democracia y libertad.  
 
 No habría  50 años de historia sin el concurso de la visión y gestión de los obispos de nuestra Iglesia Católica, que decidieron sembrar e impulsar los valores católicos en decenas de generaciones, promoviendo una educación de primer nivel. Así mismo, los rectores, a lo largo de este periodo, fueron fundamentales  para construir la templanza y calidad de la Cato. El pionero Monseñor Genaro Prata, que arrancó con este sueño. El doctor Luis Antonio Boza, quien encaró, con competencia, el crecimiento de la universidad; el doctor Carlos Gerke, quien, con sabiduría y sindéresis,  impulsó la madurez jurídica e institucional de esta casa de estudios; el doctor Hans Van der Berg, quien con erudición, amplió los horizontes académicos de la UCB, y ahora el magister Marco Antonio Fernández, quien, con experiencia y juventud, encara, competentemente,  los desafíos de colocar a la universidad en la vanguardia del siglo XXI. Con ellos, equipos de trabajo administrativos de compromiso pétreo y amor a la camiseta incuestionable, trabajaron y trabajan para que la Cato sea la mejor universidad de Bolivia. A todos ellos  les digo: es honor y enorme placer compartir la jornada laboral en la fábrica de sueños y valores.  
 
Como toda obra humana, hay muchos aciertos y también grandes desafíos. Con seguridad hubo varias equivocaciones en este largo camino, pero puedo atestiguar, en la parte que me toca, que de todas ellas se aprendió y fueron fuentes de mejoras y golpes de timón.     
 
 Ayer, 14 de mayo,  conmemoramos 50 primaveras, pero también comenzamos los próximos 50 años de la Cato que, en mi humilde opinión, se ven muy bien, porque a futuro dejamos de ser una universidad que sólo presta servicios educativos, de investigación  o de extensión social  para convertirse en un gran conglomerado (cluster) del conocimiento y la solidaridad social, nos convertimos en el centro de un territorio inteligente y en el dínamo de las economías creativas.
 
La Cato del mañana agrupa, de manera virtuosa,  a actores del saber, la investigación, la creatividad, la innovación, la enseñanza, la empresa, la ciencia y la tecnología. Es decir, todos los nodos de la cadena de producción, de la generación de valor científico y de la difusión del saber teórico y práctico.  Pero en este mismo espacio  -inspirados en los valores católicos y haciendo de la práctica efectiva un modo de vida-, la UCB del futuro promueve la solidaridad y el desarrollo social. 
 
En este nuevo contexto, profesores y alumnos se reinventan y tal vez este es el cambio más desafiante. El catedrático magistral da paso al profesor-entrenador, que inspira, provoca y revoluciona el binomio enseñanza-aprendizaje. El maestro tradicional  se convierte en el agitador creativo e innovador en aula y fuera de ella. 
 
 A su vez, el estudiante abandona su rol de sujeto pasivo en la enseñanza para desarrollar su espíritu emprendedor y libre. Además,  construye sólidos principios éticos y consolida fuertes bases ciudadanas. Así,  el aprendizaje se convierte en un acto colectivo y el binomio profesor-estudiante abre las mentes para aprender a lo largo de la vida.   Pero lo más importante, en esta comunidad de aprendizaje  se cultiva la innovación en diversidad y libertad, pero sobre todo se profesa la invencibilidad de  la esperanza en democracia. Los primeros 50 años de la Cato fueron maravillosos, los próximos serán espectaculares. Administrativos, profesores y autoridades estamos preparados,  esperando a las nuevas generaciones.  

Gonzalo Chávez A. es economista.

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