Selfies con el FMI y el conjuro de los yatiris

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domingo, 22 de octubre de 2017 · 00:00
¡Pare de gastar!, ¡controle su fiebre de consumo! y ¡pare de sufrir! Ya es oficial que no habrá segundo aguinaldo. Esto fue anunciado desde la cúspide del poder. Así que lo dejarán, por segundo año consecutivo, con los crespos hechos y el arrebato en la puerta. Pero, en contraparte,  son buenas noticias para las billeteras de los productores nacionales, pequeños y medianos. 
 
Este es un resultado de la desaceleración de la economía boliviana que el Gobierno insiste  en negar con todo tipo de prestidigitaciones estadísticas, tortura de datos y empalagosa propaganda. Pero los números son fríos y claros. La cúspide del crecimiento económico se dio el año 2013, cuando el Producto Interno Bruto (PIB) -todos los bienes y servicios producidos en un año en Bolivia- subió a 6,8%.
 
Pututos al viento y coro de ñustas sopranos. Las puertas del paraíso revolucionario se abrían de par en par.  En la épica oficial era el efecto de la magia del nuevo modelo. En la práctica era el resultado de la lotería de los precios de la materias primas.   Después de este periodo áureo, la  economía boliviana comenzó a acompañar la letra del viejo tango argentino que dice: "Cuesta abajo en la rodada”.
 
En  2014, el crecimiento fue de 5,5%. Un año más tarde, 2015, una vez más el aparato productivo boliviano creció pero más lentamente,  4,9%. El año pasado, 2016, nuevamente se frenó la economía y la velocidad del coche se redujo a 4,3%. Este año, en el primer trimestre, tan sólo se creció a 3,3% y hasta fin de 2017 es muy probable que el desempeño esté en torno de 4%. 
 
En este contexto, para que la economía boliviana crezca al 4,5% y todos los trabajadores formales seamos bendecidos con el segundo aguinaldo, la economía debió crecer 5,96% en el segundo semestre de 2017. Cosa que no ocurrió. Entre tanto,  es preocupante que no se tengan la información del crecimiento a mitad del semestre y, sospechosamente, se haya cambiado al director del INE, que lo estaba haciendo muy bien. Como dice el líder máximo: no quisiera pensar que se están cocinando los datos con la ayuda de los yatiris y curacas del proceso de cambio.
 
El aparato propagandístico del Gobierno ha sacado toda su artillería para mostrar que aunque andemos más lento, estamos mejor que varias economías de América Latina. Por supuesto, si te comparas con los desastres económicos de Venezuela o Brasil, hay motivos de sobra para sacar pechito de bronce. 
 
En esa dirección, el Gobierno, perdiendo el pudor ideológico, se saca coquetas selfies con las proyecciones de crecimiento del otrora odiado FMI. Hasta estos engendros del imperio se ponen en un cúbito ventral frente a los resultados del modelo primario exportador extractivista, sostiene la propaganda.
 
La euforia con un crecimiento que va de bajada me recuerda al periodo de la dictadura banzerista, que también exhibía en la vitrina política los datos económicos como gran legitimador de su gestión.  Connotados jerarcas de la nomenclatura actual, opositores del régimen de la época, cuestionaban debilidad y poco sustento productivo del crecimiento de esos siete años, que promedio superó el 5,6% al año, usando argumentos como que se basaba en déficit públicos no sostenibles y excesivo endeudamiento. Con razón se criticaba que esa estrategia de sustentación del crecimiento era artificial. Pero ¡oh, sorpresa! Se sigue el mismo camino en la actualidad. 
 
En una mirada más amplia, hoy como ayer, los dueños del poder se concentran en la espuma de la historia -como dice Fernando Braudel- porque si analizamos los ríos profundos de la estructura de la economía, veremos que el crecimiento de largo plazo y otras variables económicas, financieras  y sociales siguen colocándonos como uno de los países más retrasados de la región. Pero el narcisismo macroeconómico no tiene límites. Duck face para la próxima selfie, o en una traducción libre: boquita como potito de gallina para la próxima fotito. 
 
 Ahora bien, cabe resaltar que  la ralentización de la economía boliviana se da en el momento en que el Gobierno pone toda la carne al asador keynesiano; es decir, en una situación, en la que tanto el gasto como la inversión pública son los más altos de estos últimos 11 años. 
 
En efecto,  en 2017, la inversión pública superará los 6.000 millones de dólares (será superior en 22% respecto al año pasado)  y el crecimiento económico, con suerte, pasará del 4%. Son las paradojas del nacional desarrollismo: cuanto más gastas menos creces. Este resultado probablemente está mostrando los límites del modelo. 
 
Imagínese la economía boliviana como una peta que anda cada vez a una menor velocidad y que el Gobierno fuerza la máquina colocándole gasolina de aviación. Es obvio que el escarabajo no volará y que, más bien, puede hasta  fundir bielas. El "más que cada vez genera menos” posiblemente ocurre porque la inversión y el gasto son cada vez más ineficientes, se gasta a la loca o, en gran medida, porque la inversión se viene concentrando en la administración central del Gobierno.
 
En 2013, la mitad de la inversión pública la hacían los gobiernos regionales. En 2017, tan sólo el 17% de ésta está en manos de municipios y gobernaciones, y el 83% en las del gobierno central. 
 
Gonzalo Chávez A. es economista.

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