Opinión

Premio Nobel 2018: naturaleza y conocimiento

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domingo, 14 de octubre de 2018 · 00:06

El premio Nobel de economía 2018 fue a dos economistas: William Nordhaus (Universidad de Yale) y Paul Romer (Stern NYU).

El trabajo de ambos profesores debería ser de gran enseñanza para países como el nuestro, que insistimos tozudamente en implementar el viejo modelo primario extractivista y rentista maquillado de proceso de cambio. Éste sostiene que la producción de bienes y servicios es resultado de la combinación de recursos naturales, máquinas y capital humano.

El modelo extractivista sobreenfatiza la importancia del primer factor de producción en base a la destrucción del medioambiente. Contrariamente, Nordhaus y Romer sostienen que una gestión equilibrada de la naturaleza y del conocimiento en base al capital humano son la clave para un desarrollo integral y de largo plazo. La naturaleza establece las condiciones en las cuales vivimos y el conocimiento (tecnología) define nuestra habilidad para gestionar estas condiciones.

Nordhaus se preocupa cómo el uso y abuso de combustibles fósiles causa el calentamiento global y es responsable por serios cambios en el clima que afecta a la economía. Este economista fue uno de los primeros en crear modelos económicos que consideren los impactos negativos del cambio climático y en proponer políticas públicas para atenuar y eliminar el daño medioambiental.

Utilizando el sistema de precios sugiere cobrar impuestos a los emisores de carbono (CO2) para corregir lo que los economistas llaman las externalidades negativas. Para este ganador del premio Nobel el impuesto debe ser global.

No hay la menor duda de que los diversos tipos de capitalismos en el mundo basan sus economías en el uso abusivo de combustibles fósiles y carbón, y son fuertemente responsables del cambio climático que está matando el planeta. Los mayores emisores de dióxodo de carbono (CO2) son China, Estados Unidos, Europa, India, Rusia y Brasil. Pero Bolivia también tiene responsabilidad en la contaminación.

Según el World Resources Institute, en 2012 Bolivia emitía 137,92 millones de toneladas de CO2, esto nos coloca en el puesto 48 de 186 países. Ahora, si consideramos las emisiones de CO2 per cápita por año estamos en 13 toneladas y nuestra posición sube al puesto 28 de 186.

Lo más complicado de este dato es que se origina en quemas, chaqueos y desmontes vinculados a la deforestación (66% del total de emisiones) y a la agricultura extensiva (18%). Ambas actividades son responsables por el 84% de las emisiones de CO2. El restante 16% proviene de la producción de energía, procesos industriales, transporte y otros. En este contexto Bolivia debería cambiar su modelo extractivista e inclusive pagar impuestos, según Nordhaus.

Para Romer, el capital humano es fuente inagotable de los recursos más poderosos que se conocen: las ideas. El crecimiento económico y el desarrollo sustentable dependen de la producción de ideas y del conocimiento colectivo; es decir, las ideas conectadas entre personas y empresa, de ideas en red.

Los productos y los servicios, y la distribución de éstos pueden ser vistos como conglomerados de ideas. ¿Cuántas ideas se necesitarán para extraer minerales y cuántas nuevas ideas para hacer un teléfono inteligente?

En el primer caso pocas. Por ejemplo: cómo buscar minerales, extraerlos, limpiarlos, almacenarlos y transportarlos. En realidad, esta es una actividad propia de sociedades recolectoras que usan algunas decenas de ideas, lo que corresponde a un nivel de desarrollo tecnológico. Algo similar ocurre con la extracción de petróleo o gas natural, aunque en este sector se necesitan ideas más sofisticadas para encontrar hidrocarburos. En ambos casos, las ideas políticas también son simplonas: privatizar o nacionalizar los recursos naturales.

En el caso de un teléfono inteligente, éste también es una condensación de ideas para sacar fotos y grabar videos, hacer llamadas, escuchar música, leer revistas y libros, ver la predicción del tiempo, pedir un taxi, subir y ver videos, enviar mensajes y comunicarse, jugar, calcular, hacer citas de amor, manejar una agenda y un largo etcétera. Centenas de ideas que valen mucho más que un pequeño pedazo de litio, plástico, cobre, vidrio o aluminio.

Si sumamos los costos de todos estos materiales de un celular no pasarían de 20 dólares, pero cuando éste va al mercado cuesta 1.000 verdes. La diferencia es el valor de las ideas. Hay economías que saben hacer teléfonos y otras extraen piedras de la tierra; detrás de ello hay un conocimiento colectivo, un nivel tecnológico.

Para Romer, la gran virtud de las ideas es que son bienes no rivales. Una calamina o un celular son bienes rivales o excluyentes, sólo pueden ser usados por una persona, para techar su casa o comunicarse con sus amigos. La idea de cómo elaborar una calamina o hacer un celular es un conocimiento tecnológico que puede ser usado simultáneamente por muchas empresas y personas al mismo tiempo; por lo tanto, es un bien no rival que genera rendimientos crecientes de escala y desarrollo sostenible.

Además, las ideas son acumulaciones históricas que se fueron creando, reinventando, transmitiendo y almacenando con el tiempo. Isaac Newton reconoció que descubrir la ley de la gravitación universal fue fácil. “Yo pude ver más lejos que los demás porque estaba de pie en hombros de gigantes”, afirmó. Muchos filósofos y astrónomos habían hecho muchos descubrimientos en los que se basó Newton.

Gonzalo Chavez A. es economista.

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