Raíces y antenas

Brasil no es para principiantes

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domingo, 28 de octubre de 2018 · 00:06

Hoy, cuando termine el día, tendremos el resultado de las elecciones más polémicas y determinantes de la historia contemporánea de Brasil. El dramatismo se estampa en la afirmación de la periodista brasileña Regina Reunert: “Perder una elección en democracia es normal, el problema es perder la democracia en una elección”. Esta preocupación refleja el miedo a la victoria del excapitán de Ejército Jair Bolsonaro, un candidato derechista con un discurso autoritario, sexista, xenófobo, homofóbico y conservador que admira las dictaduras de los años 70.

Brasil está frente a la altísima probabilidad de sustituir un populismo estatista y cleptómano, propiciado por el Partido de los Trabajadores (PT) y su líder Lula, por un, también populismo, autoritario y neoliberal en extremo, sustentado el Partido Social Liberal (PSL), compuesto por exmilitares, terratenientes y grupos de evangelistas, del tipo ¡Pare de sufrir!

Como lo demuestra la experiencia internacional, el populismo es ambidiestro. Puede ser izquierda o derecha, liberal o estatista. Lo que tienen en común es que representa, sobre todo, un estado de emoción permanente que entiende a la entelequia pueblo no como un sujeto político, sino como víctima de alguna conspiración interna o externa al movimiento. El caudillo populista convence a la gente de que se está en una guerra constante con un enemigo que adopta varias caras, dependiendo del país.

Para el populismo de izquierda el enemigo es la élite de turno, el imperialismo y la antinación. Ejemplos clásicos de este tipo de populismo son Venezuela (Chávez y Maduro), Nicaragua (Ortega), Bolivia (Evo), Argentina (Kirchner), obviamente con sus diferencias de matices y de historia.

Cuando adopta su vena de derecha, los enemigos son los extranjeros, los delincuentes, el islamismo, los que roban el trabajo de los locales, los latinos o chinos. Este tipo de populismo tiene un fuerte componente nacionalista. Aquí los ejemplos son Trump en EEUU, Erdogan en Turquía, Orbán en Hungría, Le Pen en Francia, Putín en Rusia y Bolsonaro en Brasil.

El populismo adquiere su identidad y cohesión de una guerrilla sentimental que se alimenta de miedos, injusticias y resentimientos de la población, pero casi siempre sus líderes la enmascaran de democracia radical, única, popular y otros adjetivos que buscan esconder el autoritarismo que surge cuando toman el poder.

En este contexto, ¿que pasó en Brasil para que cerca de 50 millones de personas posiblemente elijan un populista de derecha

De manera telegráfica podemos señalar las siguientes causas: 1) En Brasil se produjo una polarización ideológica en la sociedad y la política muy grande. La acción y el discurso propiciado por el PT convirtió desde una simple conversación de bar -pasando por una discusión amorosa o familiar- hasta las disputas electorales en una guerra de exterminio. La sobre ideologización, impulsado desde el Estado, envenenó a la sociedad. Toda disidencia o pensamiento contrario a la causa de la “revolución” provenía de los “coxhinas ” (pitucos, jailones), enemigos del pueblo, vendepatrias, o fascistas. La sociedad desaprendió a conversar, las palabras y las ideas se fueron a las trincheras.

En el otro lado también se crearon los estereotipos petralhas (bandidos, comunas), chavistas, rojos, comunistas. Pero al final, la ponzoña se volcó contra el PT. La política perdió el centro, el acuerdo, el equilibrio. Ahora, la polarización extrema podría acabar con la democracia.

2) El espejismo del milagro económico brasileño. Durante más de 10 años, el vecino registró altas tasas de crecimiento económicos y grandes avances sociales. Más de 30 millones de personas salieron de la pobreza. Se caminaba rumbo al primer mundo, Brasil era la quinta economía en el mundo. El Mundial del Fútbol y las Olimpiadas serían su carta de presentación. Todo esto era una burbuja de consumo que cuando reventó mostró que el modelo económico estaba basado en descontrolados gastos públicos y en un esquema de corrupción monumental. Los avances sociales eran artificiales e insostenibles.

Muchos volvieron a la pobreza y creció el desempleo. Subió brutalmente la violencia urbana. Hubo una gran decepción económica. Bolsonaro ofrece un modelo neoliberal para salir de la crisis. Mano dura contra la delincuencia.

3) La corrupción sistémica involucró a todo el sistema político encabezado por el PT y Lula. No se pudo robar miles de millones de dólares sin el conocimiento, complicidad y sociedad de las élites políticas y empresariales. Ahí está el caso Lava Jato (Petrobras). Esto produjo una implosión del sistema político partidario. El presidencialismo de coaliciones fue sustituido por uno de amiguetes. Bolsonaro, para sus electores, representa la antipolítica y antídoto contra la corrupción.

Bolsonaro, con un discurso simplón, justicialista, moralista, y anticorrupción, canalizó las frustraciones económicas y políticas, y el cansancio con la violencia urbana. También representa una gran demanda de orden, certidumbre ante el miedo a lo desconocido y al descalabro, pero no deja de ser un salto al oscuro. El excapitán ofrece un liberalismo primitivo y garrote, dos ideas que puede que le ayuden a ganar pero son insuficientes para gobernar un país de la complejidad de Brasil.

Aunque es poco probable, Haddad podría ganar impulsado por el miedo que tienen buena parte de los brasileños de perder la democracia, pero no es ninguna solución. A futuro tendrá el desafío de recuperar la política sin corrupción, proponer un modelo económico que supere el populismo político y para esto debe romper con su padre político: Lula. Como dijo el gran Tom Jobim, Brasil no es para principiantes y hoy se juega la vida.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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