Chapucerías, expectativas y tipo de cambio

domingo, 11 de noviembre de 2018 · 00:12

El Banco Central de Bolivia ha decidido cerrar la ventanilla de venta de dólares al público y sus autoridades han calificado esta medida como una decisión meramente administrativa. Desafortunadamente,  esta decisión ha generado una innecesaria incertidumbre y nerviosismo entre la gente.

 La estabilidad monetaria y cambiaria es un patrimonio nacional que fue logrado a partir de 1985, a través de diferentes mecanismos y políticas públicas. Es una política de Estado, aunque no es reconocida así por el Gobierno actual, que insiste, sin razón ni fundamentos técnicos, que en términos económicos hubo una revolución. Este es el discurso de vitrina política; en la realidad, la continuidad de ciertas políticas macroeconómicas neoliberales es la base del crecimiento actual y es muy apreciada por empresas, y personas. 

 La estabilidad de la moneda es una condición necesaria pero no suficiente para alcanzar mayor crecimiento y desarrollo económico. La estabilidad monetaria puede también ser vista como un pacto social que se basa en la confianza de la gente en las políticas públicas del Estado. En los últimos 12 años, el gobierno del MAS ha mantenido su compromiso con la estabilidad monetaria y financiera, aunque la manera en que lo logró puede tener varios cuestionamientos, y problemas de sostenibilidad de largo plazo. 

 Sin duda, la estabilidad hasta 2015, lograda a través de un tipo de cambio fijo y otras políticas monetarias, se benefició de la abundancia de dólares originados en el boom de las exportaciones. En la actualidad, el ambiente internacional  e interno han cambiado. Ahora se registran un déficit comercial y otro fiscal importantes que se retroalimentan y hay una caída fuerte de las reservas internacionales. 

 La economía está desacelerada a pesar del discurso triunfalista. También es relevante el calentamiento del ambiente electoral. En esta nueva condición, el cierre de la ventanilla de BCB es una medida poco sensible al cambio de contexto, es una chapucería administrativa. Como también es una irresponsabilidad y un oportunismo político de cierta oposición querer colocar leña al fuego de las expectativas, sobredimensionando esta medida. Es una chapucería electoralista. Un empate en el fondo del pozo. 

 Preservar la estabilidad y fortaleza de la moneda nacional es una tarea del Estado, pero también de los actores privados y de la oposición política. Inclusive es una condición fundamental para poder cambiar el modelo económico equivocado del gobierno. En el tema de la estabilidad monetario financiera, el debate debe ser sobre los medios y no sobre los fines. Cabe también abordar los desafíos sobre el tipo de cambio de manera integral y no aislada. Es un falso dilema el devaluar o no devaluar.

 Probablemente, uno de los errores de política macroeconómica más serios que el Gobierno cometió es haber anclado las expectativas de los agentes económicos y, por lo tanto, de la estabilidad monetario-financiera en un tipo de cambio fijo. El Gobierno insiste en que esta variable fluctúa en torno del 10%. Esto no ocurre en la práctica, pero los más importante es la percepción de la gente, que percibe el tipo de cambio nominal como una variable fija. 

 Además, el hecho de que el tipo de cambio nominal no se modifique hace siete años es parte esencial del modelo primario exportador y comerciante. A través de la apreciación del tipo de cambio real, el Gobierno ha creado su soporte político: una nueva burguesía comercial, una enorme cantidad de empleos, formales e informales.

  Asimismo, mantuvo la inflación nacional bajo control incentivando la importación de productos muy baratos de los vecinos, en especial alimentos. El populismo cambiario funcionó para consolidar el modelo extractivista, fomentó una burbuja de consumo y ayudó a distribuir una enorme renta comercial. 

 Por lo tanto, modificar ahora esta política cambiaria sería un suicido político en vísperas de las elecciones, pero también es insensato que cierta oposición apueste a una posible devaluación para debilitar al Gobierno. Esto es apostar por el desastre. 

 En suma, en la actualidad realizar una devaluación sería una pésima idea. En primer lugar porque generaría inflación, segundo no tendría el impacto deseado sobre el incremento de las exportaciones tradicionales porque no son sensibles a esta variable. Además, una buena parte del empleo en Bolivia está en el sector comercial y de servicios, una devaluación reduciría el dinamismo de este sector. Una devaluación  tampoco ayudaría a proteger a la industria nacional, fuertemente afectada por el contrabando y las importaciones baratas, si no está acompañada de políticas productivas industriales complementarias.

 Nuestros emprendedores necesitan de ecosistemas que nos apoyen en temas de tecnología, planes estratégicos, en términos de productividad, financiamiento adecuado, nuevos mercados entre otros. Es decir, políticas industriales de nuevo cuño y no una devaluación sin recaudos necesarios.

 Entre tanto, el no tocar el tipo de cambio ahora  no significa que no se tengan que tomar algunas medidas importantes para serenar las expectativas, especialmente en el ámbito fiscal. El Gobierno debería ser más racional en su gasto e inversión, por ejemplo.

Gonzalo Chávez A. es economista.

 

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