Raíces y antenas

Las huellas de mayo de 1968

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domingo, 20 de mayo de 2018 · 00:04

Mayo de 1968 fue un terremoto político, cultural, social e inclusive económico. Se juntaron las hormonas, las neuronas y los sueños de millones de jóvenes para reinventar la democracia, para revolucionar el cotidiano, para relanzar la libertad personal en otras dimensiones. Este movimiento cumple 50 años. 

 El 68 se buscó crear un tipo humanidad que apostó a la rebeldía permanente, a la transgresión creativa, a la alegría como forma de protesta, pero, sobre todo, a una solidaridad más amplia. En mayo del 68 se produjo un explosión de ideas, dardos conceptuales, eslogans y gritos de guerra que penetraron, en diferentes dosis y alcances diversos, el cuerpo de una sociedad en crisis de identidad y perspectiva: “Es prohibido prohibir. Decretado el estado permanente de felicidad. La imaginación al poder. Sea realista, exija lo imposible. Olvide todo lo que usted aprendió, comience a soñar. En los exámenes, responda con preguntas. Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo”. 

 De lo macrosocial a lo microcultural,  la savia  de las nuevas  y dulcemente subversivas ideas estaba en las paredes, en los libros, en las discusiones de cafés, en las protestas, en las barricadas, en las obras de teatro, en las camas de los amantes, en los cuerpos y sus pliegues. 

 Mayo del 68 juntó diferentes tribus descontentas y rebeldes en el mundo: los hippies gringos que protestaron contra la guerra de Vietnam, la discriminación racial y las costumbres burguesas; los jóvenes indomables de París que querían tomar el cielo con las armas de la poesía y el amor; los nacionalistas de Europa del este que no aceptaban el socialismo real y autoritario de la Unión Soviética; los jóvenes guerrilleros de América Latina que luchaban contra las dictaduras; las mujeres del mundo que quemaban sus sostenes contra el machismo.

 ¿Cómo fue mayo del 68 en Bolivia? No lo sé. Era muy niño en la época.  Pero puedo dar testimonio posterior de los ecos de estos eventos que me llegaron por muchos caminos.  El rock progresivo, el marxismo leninismo, el boom de la literatura latinoamericana, el hippismo y el tropicalismo. 

 El rock progresivo me fue presentado por un amigo melómano y sibarita en tardes de vientos y desenfrenada danza de platos criollos en Villazón.  (Un corte comercial: honor y gloria al diamante del sur, hoy en su día). En cuánto le cascábamos tremendos  brazuelos de cordero  y oíamos extasiados Pink Floyd, Yes, Jethro Tull y ELP en un poderoso pick up Pioneer se decretaba, de ipso facto, el estado permanente de felicidad. 

 Ya en el poderoso colegio San Calixto abrazamos con fervor la lectura de Marx y Lenin, doctrina que nos fue introducida por un profesor de física, René Bascopé A. Era el ventrículo izquierdo del corazón de mayo del 68 que latía lejano, pero absolutamente convincente en plena dictadura de Banzer. En eternos domingos leímos hipnotizados El Capital e intentábamos aprender alemán, porque sospechábamos que las traducciones al español de la Editorial Progreso de Moscú, tenían un dejo revisionista y pequeño burgués. 

 Para estar seguros que entendíamos la  teoría de valor, no sólo leímos, sino que fumábamos Das Kapital, sus hojas de seda fina hacían sabrosos cigarrillos. Nuestro antiimperialismo era sólido y no nos permitía ni acercarnos al Malboro, menos aún a la versión criolla de empresa capitalista: Astoria. 

 El profesor Bascopé, en inmensa sabiduría, también nos introdujo el antídoto contra el fanatismo ideológico de la época, la literatura del realismo mágico. Julio Cortázar, Mario Benedetti y, por supuesto, García Márquez nos refrescaron las ideas y nos aflojaron las pichicas revolucionarias. Sostengo que el ritmo de la poesía, el requebrado de las salsas y las sabrosas novelas, me hicieron olvidar todo lo que aprendí del marxismo ortodoxo, y me ayudaron a seguir soñando. 

 Sin embargo, tuve que aterrizar en los trópicos cariocas para entender que la revolución en la sociedad también requería una transformación en las relaciones personales, así me llegó el mayo del 68 en su versión brasileña. Tenía que exorcizar el estalinismo que me quedaba en la cabeza después de sobredosis de los escritos de Martha Harnecker o Nikitin. 

 En Río descubrí a Fernando Gabeira, un exguerrillero que en los ochentas había dejado el fusil y pregonaba paz, amor y playa para reinventar la revolución. El gran Caetano Veloso decía que la bruta flor del querer crecía en surcos opuestos. “Donde quieres familia, soy loco y donde quieres romántico, burgués. Donde quieres revolver, soy palmera, donde quieres dinero, soy pasión”. Filosofaba cantado el bahiano universal. Era otro de los legados de París en mayo, con acento en portugués que pregonaba  que estaba prohibido prohibir. La libertad no se puede rendir a ninguna causa, por más noble que sea, porque ella es la propia causa. 

 Bueno, al final, ¿qué quedo del 68? Para responder me agarro del brazo de alguien que vivió mayo de aquel año, Fernando Savater, con cuya síntesis me identifico, y cito: “…en cada uno de nosotros tuvo efectos distintos: tampoco la Virgen hace siempre milagros y cura a todos los que van a Lourdes. De los votos pintados en los muros de París aquel mayo lejano, mi preferido (después del encomiable y poco respetuoso “Sartre, sé breve”) es este: “No quiero morir idiota. Yo estoy casi a punto de conseguirlo, pero compruebo con pena que muchos de mi edad y, sobre todo, más jóvenes han dejado prematuramente de intentarlo”.

Gonzalo Chavez A. es economista.

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