Raíces y antenas

El eterno retorno de satanás...

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domingo, 20 de enero de 2019 · 00:07

¿En términos de desempeño económico, social y medioambiental, hemos llegado al fin de la historia? ¿El modelo primario exportador consumista, en vigencia, es el único camino al desarrollo? ¿Sólo el caudillo es garantía de estabilidad económica? ¿Frente al modelo actual sólo existen las mazmorras de la privatización? ¿Volverán los malditos neoliberales?   La respuesta a estas interrogantes es un rotundo, redondo y soberano: ¡No! Tan claro como el No del 21F que los nuevos “sordos del alma” y del poder no quieren aceptar. El país cambió y no existe  ninguna condición del volver al pasado.

A nivel conceptual, en realidad, son los nuevos dueños del poder y algunos trasnochados que mantienen vivas las ideas zombis del pasado, porque sus propuestas y acciones actuales sólo saben mirar atrás y están concebidas como contraposición del neoliberalismo.

¿Ahora bien, por qué después de 13 años de gestión, en el relato oficial, está siempre la amenaza de vuelta del neoliberalismo y todos sus engendros? Ensayo algunas hipótesis. El discurso populista, para ganar fortaleza y tener legitimidad frente a la sociedad, requiere de un enemigo eterno: en este caso, las ideas Adam Smith y sus serviles locales.

El imaginario ideológico actual se edifica por negación del pasado antes que por construcción o superación de éste. El neoliberalismo continúa en el imaginario político por voluntad consciente o subterfugio de sus propios detractores, los dueños del poder. ¿Cómo se explica esta paradoja? En muchas visiones filosóficas dualistas de la vida y la política, el mal no existe sin el bien. No habría bondad infinita o acción heroica si no fuera para derrotar a la conjunción del mal de igual magnitud. Inclusive en la cultura oriental tenemos conceptos similares como el Yin y el Yan, luz-oscuridad, vida-muerte, sonido-silencio. En la autoimagen del gobierno, ellos son los buenos de la historia porque nos liberaron de la oscura noche neoliberal, pero estas ideas, en teoría superadas, no han muerto, más aún no deben fallecer. Porque sin el mal no habría el bien. Porque su bondad revolucionaria no existiría sin las tinieblas neoliberales siempre al asecho. Sin la alimentación política y constante de la dicotomía: neoliberalismo-neonacionalismo, el andamiaje político e ideológico del gobierno sería plano y vacío, sin los frecuentes actos de exorcismo colectivo, que se promueven desde el reino del poder para hacer retroceder a Belcebú liberal, no existiría la épica del cambio. Por eso en periodos electorales se debe sacar a pasear a las putrefactas ideas para que las conjuras y rezos del oficialismo potencien la fuerza sanadora de la nueva hegemonía. Jamás olvidar el pasado porque sin él el futuro diseñado por el poder no existiría. Entre tanto, muchas veces juegan con fuego. De tanto invocar a los muertos, de tanto denunciar sus atrocidades, de tanto quedarse en la propaganda y las consigas en la superestructura y no haber realizado cambios en la estructura económica, como diría el viejo Marx, timan a la gente, defraudan las expectativas de mejoras económicas reales  y así, en un contexto de frustración social,  despiertan a las malas ideas, dan vida a las bestias. Las profecías se autocumplen. Brasil es un ejemplo.

Es en este contexto que el proceso de cambio se ha convertido en una consigna vacía. Es un teatro donde se repiten libretos ideológicos,  es un nuevo status quo que insiste que la historia es pendular, una vez a la izquierda y otra a la derecha, cuando en realidad el futuro de la economía puede ser una espiral ascendente.  Un mecanismo para reinventar la esperanza, explorar nuevos horizontes de desarrollo y brindar a la gente un crecimiento económico que le llegue al cuidado de la familia; que ofrezca mejores ingresos pero con base en emprendimientos productivos y empleos de calidad; que haga  de los servicios de salud  y educación los principales aliados para que las personas tengan una vida productiva y sana; que posibilite una convivencia armoniosa con la naturaleza para cuidar de la casa común entre mujeres y hombres que vivan en igualdad de oportunidades, derechos e ingresos. Existen muchos caminos para hacer del capital humano el centro de las políticas públicas. Niñas y jóvenes merecen un shock en educación, salud y tecnología y, por lo tanto, para ellos deben construir territorios descentralizados e inteligentes, donde lo local se conecte con lo mundial sin dejar de contribuir a la nación. Una nueva propuesta de desarrollo que no se base en el “contra alguien”, tan típico del modelo actual. El desarrollo inteligente y social y medioambiental  debe ser para la gente, para fomentar el reencuentro entre los que piensan diferente pero no son enemigos, para tender puentes entre lo bueno que se hizo en el pasado y lo mejor que lo puede hacer a futuro, en suma, para construir nación todos los días con base en la equidad, la solidaridad, la productividad y la ética.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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