Gonzalo Chávez A.

El cuento de la industrialización

domingo, 13 de octubre de 2019 · 00:13

El cuento preferido que les gusta que les lean antes de dormir a los revolucionarios es La industrialización de los recursos naturales.

La historia va más o menos así. Un bello y azul día se nacionalizaron los recursos naturales. Y bajo la tierna mirada del líder se comenzó a generar valor agregado. La minería tradicional comenzó a producir los primeros lingotes en Karachipampa. El sueño de abuelos se cumple. La siderurgia está en camino. Ahora si el proyecto del Mutún irá adelante después del fraude de la Jindal. También se desarrolla la nueva épica: la industrialización del litio y todas su cadena hasta llegar a la batería.

El gas natural debe permitir la creación de la industria petroquímica. Las plantas separadoras de líquidos, la producción de úrea y los proyectos petroquímicos para producir etileno y polietileno: ¡plásticos! Muy oportuno, en un mundo que, por temas de medioambiente, busca dejar usar este tipo de productos.    En la generación de electricidad se habla de varios proyectos: plantas termoeléctricas y de ciclo combinado pero con un precio del gas subsidiado. El Gobierno anuncia la industrialización de base.

El cuento populista cultiva la ilusión desarrollista de que Bolivia puede hacer la primera revolución industrial sobre la base de la agregación de valor a los recursos naturales, como Inglaterra, con un pequeño retraso de 200 años. La industrialización sería como una escalera. Subimos un primer peldaño: la industria pesada. Vamos bien, aunque un poco lento, pero después vendrá la industrialización liviana, todo dentro de la primera revolución industrial. Entre tanto, cabe recordar que el mundo ya está en la cuarta revolución industrial y pero parece que nuestras autoridades ni se enteraron. 

¿Es posible imitar la industrialización de viejo cuño (integración vertical y de base), como en Inglaterra? ¿Es posible que Bolivia que realiza un proceso de convergencia a los países industrializados? Muy poco probable. La industrialización pesada en base a los recursos naturales parte de varias ideas equivocadas. 

1) Bolivia muy difícilmente puede recorrer el camino de la industrialización de mano de mamuts públicos. 2) La industrialización de base es capital intensivo, crea pocas fuentes de trabajo. 3) La industrialización de viejo cuño se concentrará en los hidrocarburos y minerales, tornando la economía más vulnerable a choques externos negativos. 4) Estos megaproyectos crean burocracias gigantes y grandes oportunidades para captura de rentas, que es la forma elegante de decir negociados y corrupción.

En suma, el camino que estamos siguiendo se conoce como industrialización de los recursos naturales. Pero -como sostiene Ricardo Hausmann - en el caso de Inglaterra, la contribución más notable de la extracción de carbón no fue algún producto con valor agregado de este mineral, sino, más bien, el haber impulsado el desarrollo de la máquina de vapor para sacar el agua de las minas. Posteriormente, este invento revolucionó la industria manufacturera y del transporte.  

Por supuesto que Bolivia, por muchos años más, será una economía primaria exportadora, pero el camino que se debe seguir no es solamente la industrialización de la materia primas, sino también de la industrialización para los recursos naturales. 

La industrialización para los recursos naturales o industrialización conexa no niega la anterior opción, pero apuesta por una diversificación productiva real. Ésta es la vía seguida por Finlandia, por ejemplo. Si  en los años 70 esta economía sólo hubiera industrializado agregando valor a la madera (como Bolivia), hoy sería un país exportando sofisticados y bellos muebles con muchos problemas medioambientales y con un mercado muy difícil que prefiere muebles de otros materiales.

Pero Finlandia apostó por una industrialización diferente. Nokia, la empresa estrella del país, convirtió un pedazo de madera, un k’ullu, en un celular. Ciertamente no fue agregando valor a la madera, sino añadiendo valor a las capacidades existentes.

  Según Hausmann, los finlandeses, de tanto cortar árboles y cepillar maderas, descubrieron que las hachas y serruchos ingleses perdían filo y no funcionaban bien en sus bosques fríos. Primero, reparando las herramientas y volviendo a afilar las hachas y, segundo, adaptándolas a su tipos de árboles, se dieron cuenta de que podían hacer mejores serruchos y hachas más duras y filosas. 

El aprovechamiento de ciertas capacidades, convertidas en ideas creativas y nuevas tecnologías, permitieron desarrollar otras capacidades. Comenzaron a agregar valor a la materia prima, pero también a los instrumentos y formas de organización que permitían bajar árboles y cortar la madera de manera más eficiente. Así empezaron a producir mejores máquinas para talar árboles y equipos más eficaces para pulir madera. 

El siguiente paso fue descubrir que las máquinas que desarrollaban para cortar madera podían también cortar otros materiales. Después de un proceso no muy largo vieron que, dado que sabían tanto de maderas, podrían dar un salto a equipos especializados para  muebles. 

Simultáneamente, los leñadores en los gélidos y lejanos bosques de Finlandia tenían enormes dificultades para comunicarse entre ellos y para atender pedidos de los aserraderos, y, nuevamente, se buscó generar valor agregado, no a la materia prima, sino a una industria conexa. Los radiotransmisores gringos no eran buenos en las montañas finlandesas, entonces aprovecharon que en el pasado se había desarrollado una industria de cables y radios en el país, y decidieron hacer mejores equipos de comunicación, que terminaron en los famosos celulares Nokia. Fue una industrialización para los recursos naturales y no solamente de los recursos naturales. 

Gonzalo Chávez A. es economista.

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