Gonzalo Chávez A.

Ni por nota ni por plata, marcho por mi patria

domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:13

En estos días oscuros  en los que desde la cúspide del poder se destila soberbia y autoritarismo. En estos días aciagos en los que se secuestran los votos y se acribilla la democracia, cómo no reconocer y festejar el reverdecer del futuro, el nacimiento de nuevas flores ciudadanas, la emergencia de los jóvenes en las plazas de la ciudadanía y en los horizontes de libertad. 

También cómo no recordar, desde las calles de los años 70, las jornadas heroicas en las que mi generación luchaba por la democracia, frente a una dictadura que buscaba callarnos con palos, gases y zanahorias económicas. Nos ofrecían futuro seguro con orden, paz y trabajo. En la época, la economía crecía mucho (5,6% en promedio al año) y debíamos sentirnos orgullos de los símbolos del desarrollo: la Galería Lux, el edificio Alameda y la autopista a El Alto. Y a los que no nos comprábamos el discurso de la modernidad de cemento, el dictador nos llamaba de subversivos, vagos y jóvenes perdidos.

 Más de 40 años después, la historia se repite: nos roban la democracia, buscan adormecernos con una burbuja de consumo, se construye el fetiche del Producto Interno Bruto (PIB) y se crean nuevos símbolos de un desarrollo chuto: el megacenter, el palacio del dictador y el teleférico. Y, cuándo no, se usa la represión y  la violencia.

A los que no creen en el espejismo del proceso de cambio, el caudillo los llama jóvenes confundidos, muchachos que se movilizan por notas y por plata. Felizmente, hoy como ayer, los jóvenes son los pajarillos de la libertad. Ha florecido un nuevo tipo de rebeldía que asusta al poder, que le grita desde las esquinas de la historia: ni por plata ni por nota, marchamos por la patria. Y como decía un WhatsApp que circulaba en las jornadas del nuevo octubre negro: “Mami, Papi, estoy saliendo a defender la democracia, por la que ustedes y sus padres lucharon. Ya no tengo miedo, besos”. 

Este cariñoso mensaje es la prueba de que se está produciendo el paso de la posta de la defensa de la democracia. No podía estar en mejores manos: los jóvenes. Y como rito de pasaje me permito compartir con la generación de mis hijas y sobrinos una poesía hecha música de Violeta Parra, que pobló mis sueños por un mundo mejor  y alimentó mis horizontes de esperanza. Dice: “¡Que vivan los estudiantes, jardín de las alegrías! Son aves que no se asustan de animal ni policía, y no le asustan las balas ni el ladrar de la jauría. Caramba y zamba la cosa, ¡qué viva la astronomía!”. 

Que vivan nuestros jóvenes que salieron a las alamedas del ciberespacio a soltar postslibertarios y besos revolucionarios; que se cubrieron con capas tricolores para convertirse en superhéroes anónimos, y que no se asustan con las balas del insulto del

jerarca; que se pintaron la cara de rojo, amarillo y verde para crear nuevos arcoíris, y que, con celular en la mano, tomaron las calles reales y virtuales para enfrentar a las jaurías de la intolerancia, para gritar, en todos los jardines de la esperanza, que el futuro no tiene dueño ni póliza de seguro.        

“¡Que vivan los estudiantes que rugen como los vientos cuando les meten al oído sotanas o regimientos! Pajarillos libertarios, igual que los elementos. Caramba y zamba la cosa ¡vivan los experimentos!”.  ¡Viva la innovación!  ¡Vivan los lobos del emprendimiento!  ¡Vivan los vientos jóvenes, los huaynas wayras que quieren rugir en millones de voces y primaveras!  

¡Que vivan los estudiantes esponjas de sabiduría y pilares de la educación! Que vivan los jóvenes que están convencidos de que el estudio y la solidaridad son la semilla del mañana, que creen en una economía creativa pero también verde, que aman la libertad, la buena música y la naturaleza. Que ahora salen a las calles, no por plata ni por nota, menos por coca o mota, sino porque quieren una patria unida, justa y feliz, con reguetón, caporales, tecno y rockandroll.   

“Me gustan los estudiantes porque son la levadura del pan que saldrá del horno con toda su sabrosura, para la boca del pobre que come con amargura. Caramba y zamba la cosa ¡viva la literatura!”. 

Viva la ecología, la sociología, la poesía  y la informática. Debemos festejar que los jóvenes salgan de la zona de confort millenium para ser harina y levadura de la renovación. El futuro siempre les perteneció y ahora tienen el desafío de construirlo con votos, tuits e ideas y no con balas o botas. 

Y el pan que saldrá con toda su sabrosura de los nuevos hornos será pacífico, justo, solidario  y, sobre todo, libre de corrupción. Qué bueno que los estudiantes se bauticen en el ejercicio ciudadano sin ataduras ideológicas y sólo amando a Bolivia. Nosotros, al pasarles el mando de los sueños, hagámoslo con sabiduría y humildad. 

Organicemos talleres para que juntos aprendamos no a bloquear, sino a construir puentes y abrazos entre las diferencias; a pactar por el bien común y la buena joda; a entender que la política puede ser una acción noble de ideas y voluntades. Ni por plata ni por nota, aquí estamos, en las calles y redes, para que le demos en la madre a la corrupción, la desigualdad, la injusticia social, la falta de oportunidades de empleo  y, sobre todo, a la dictadura.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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