Gonzalo Chávez A.

Construyendo democracia y paz

domingo, 17 de noviembre de 2019 · 00:12

Alguna vez oí la siguiente historia: al principio de la humanidad Dios creó a los seres humanos dotados de una enorme bondad, sabiduría y sensatez. Cansado y decepcionado de las guerras y violencia que veía, el Creador se dio cuenta de que los hombres  y las mujeres no sabían administrar estas cualidades y decidió ocultarlas. Pensó colocarlas en el fondo de la tierra, en los planetas más distantes del universo, en las regiones más alejadas del mundo. Pero Dios decidió dar una segunda chance a las personas, así que escondió la bondad, la sabiduría y la sensatez en el fondo del alma, más precisamente al lado del corazón. 

Mahatma Gandhi decía: “Si quisiéramos progresar, no debemos repetir la historia, sino hacer una historia nueva”. Cito a ese gran pacifista por razones obvias. En octubre de 2003, el poder se disputaba en las calles, la violencia era el camino que recorríamos para destruir la patria. Habíamos vuelto al estado de naturaleza, a la situación en la que el lobo es lobo del hombre, como dice Thomas Hobbes. Pero ya al borde del abismo nos pusimos la mano al pecho y recuperamos la cordura e hicimos una Asamblea Constituyente, y fuimos capaces de volver a pactar. Entendimos que los problemas de la democracia se los resuelve con más democracia, y así lo gritamos con convicción profunda a los cuatro vientos. 

Después de mucho sacrificio elaboramos una nueva Constitución, el armisticio de paz y la buena voluntad. Reconstruimos el espejo grande de la patria en el que todos podíamos mirarnos como iguales frente a la Ley de Leyes. Los ciudadanos y ciudadanas entregamos nuestras voluntades y miedos al “hombre, y mujer artificial”,  al Estado, al Leviatán. 

Habíamos sido capaces de encontrar en nuestro corazón la bondad, la sabiduría y la sensatez, y pactar la forma en que  construiríamos un nuevo país. Una de las reglas más importantes de la Constitución fue que nuestros gobernantes, los garantes de la paz, sólo podían ser reelegidos dos veces y que cualquier cambio de estas reglas de juego debían ser consultado al soberano. Y fue así que la mayoría de la población dijo no a un cuarto mandato de Evo Morales cuando se le preguntó. 

Pero el administrador de la paz, de nuestra voluntad, por ambición desmedida de poder decidió lanzar una enorme piedra al espejo común haciéndolo añicos, desconoció  los resultados del referendo del 21 de febrero de  2016 y avaló un fraude en octubre de  2019. Hemos retrocedido 16 años.

Un gran amigo que ya nos dejó, Joan Prats, en un artículo académico comenta: “En 1938, en plena guerra civil española, Georges Orwell escribió una pieza maestra del anarquismo romántico: Homenaje a Catalunya. Pasado el tiempo, su relato se ve tan emotivo y sentido como profundamente errado. Los aparentemente buenos no lo eran tanto, sus utopías resultaron quimeras; los malos eran mucho peores de lo imaginado, y los que mantenían posiciones sensatas fueron desoídos por unos  y otros. Resultado, una guerra civil desgraciada en la que se fusiló más de lo que se mató en el frente, 40 años de franquismo, mucho sufrimiento, dolor, atraso y tristeza, y desenganche de España del proceso europeo, al que no se pudo volver sino en 1986, medio siglo más tarde del inicio de la guerra civil”. 

Bolivia está frente al desafío de aprender de la historia de otros países, como España. Debe elegir entre resolver sus problemas (pobreza, racismo, desigualdad o diversificación productiva) antes o después de los 1.000 muertos, porque estos desafíos serán los mismos. Países pobres como Bolivia nunca resolverán sus problemas a través de enfrentamiento. Veámonos  en el espejo de Nicaragua o de El Salvador. Ambos países están frente a los mismos problemas después de cruentas guerras civiles. El país tiene la ventaja que tiene el tratado de paz, la Constitución, que aún está vigente, resta respetarla.

Una de las escenas más conmovedoras,  simbólicas y esperanzadoras en estos tiempos de odio y violencia fue la salida de Franclin Gutiérrez de la cárcel, agarrando   un castillo de venesta. Preguntado por el significado de esto, contó que cuando su hija le preguntaba cuándo iría a salir y volver a casa, con la mano en el corazón, él respondía que tenía aún una tarea que cumplir: construir un castillo para ella. Así explicaba el encierro a su pequeña. Mostrando una enorme capacidad de resiliencia ante la adversidad. En el dolor de la prisión injusta, siguió construyendo esperanza, continuó esculpiendo futuro con sus manos para las nuevas generaciones, representadas por su hija. 

En estos tiempos en que la democracia, la libertad, la vida y la paz también están encarceladas,  es vital construir nuevos castillos de democracia, encuentro, paz y libertad para nuestras hijas e hijos. 

 

Gonzalo Chávez A. es economista.

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