Gonzalo Chávez A.

Programas para jóvenes

domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:11

 Uno de los protagonistas centrales de la recuperación de la democracia y la lucha por el voto fueron los jóvenes de Bolivia. Las nuevas generaciones también están liderando movimientos sociales en Chile, España o China (Hong Kong). La juventud emerge con fuerza y nuevas demandas.  

Por lo tanto, el desafío está lanzado. ¿Cómo repensamos la agenda del desarrollo económico, social, político y medioambiental a partir de la impronta que impulsan las nuevas generaciones?  Una primera reacción a esta interrogante es que el tema de los jóvenes se lo ha  de abordar a partir del capital humano, el centro de las nuevas economías de la creatividad, conocimiento, sostenibilidad y tecnología. La economía actual está basada en otro factor de producción: los recursos naturales.

Por tanto, el primer paso es revalorizar los recursos humanos, dar importancia al estudio. Durante cerca de 14 años se construyó la idea de que lo que se necesita para dirigir una empresa o una institución pública es simplemente entusiasmo y no preparación. El desafío es apoyar a cierto tipo de jóvenes.

En el caso de la  cooperación internacional se habla de los ninis, jóvenes entre 15 y 24 años que “ni” estudian “ni” trabajan. 

Según  un reciente estudio del Banco Mundial, habría 20 millones de ninis en América Latina, a pesar del mejor desempeño de la economía de la región. En Bolivia, sólo en las tres ciudades más importantes (La Paz, Santa Cruz y Cochabamba) habría 180 mil.   
Hace un par de semanas me reuní con un grupo de jóvenes ninis  para hacerles una propuesta. Reproduzco la conversación.  Jóvenes: Qué tal una lana extra, de parte del gobierno, para que por lo menos terminen sus estudios. 

 La respuesta fue unánime: O sea, sería súper que nos pasen unos morlacos, ¿no ve? Si los padrinos del árbol financian las previas del fincho, sería delca. Pero, profe Chelas. ¿Qué está pasando? ¿Te has pasado de bando con tu propuesta? Creo que te volviste neeeooo. ¿Verdad?

¡Neo qué!, respondí enojado. Neopopulista, ¿yaaaaaa? A ver, no te enojes y, más bien, ¡soltá la pepa, bro! 

 Ante la provocación, respondí: La propuesta es un programa de transferencias monetarias condicionadas, impulsadas por municipios y gobernaciones que incentive a que los ninis vayan a la escuela, pasen de curso  y no haya tanta chachada colectiva. Además, ayudaría a que menos gente se haga pepa del cole antes de terminar.

Hasta aquí es una especie de Juancito Pinto 6.0 reloaded para adolescentes. Lo nuevo es que la entrega de estos recursos se conecta al desarrollo productivo y al cambio tecnológico a nivel local. Así se integra el incentivo educativo con políticas de emprendimiento y de empleo. Se hace política social y acción productiva al mismo tiempo.  

“Uta, su propuesta más vieja que película de flota”, sentenció el líder de los ninis.  Estudiar es una pérdida de tiempo. “¿Para qué rajarse en el cole si después uno sólo consigue un cartón, pero nunca una buena pega? Con cartulina o sin ella, los más suertudos igual nomás serán voceadores de minibús, albacos o comerciantes. La mayoría de los ninis no tenemos chances”, concluyó uno de ellos, pero me encaró: Sé más concreto con tu “deal”. 

Con el corazón en la boca por el desafío les solté el siguiente rollo:  El Gobierno local podría implementar un programa de transferencias, 300 dólares al año para los jóvenes ninis del país que asistan al colegio y hagan su mejor esfuerzo para completar la secundaria. Se podría comenzar con un proyecto piloto de 20 escuelas para las ciudades grandes y después ampliar. 

El acuerdo sería el siguiente: El Gobierno deposita la transferencia en una cuenta de ahorro personal en el sistema financiero especializado en microfinanzas, toda vez que el cuate pase de año. El depósito se repite todos los años hasta que ustedes completen su bachillerato. Al terminar la secundaria, el alumno graduado tendría 1.200 lucas. Si abandona o repite el curso, el alumno pierde el incentivo y los fondos se revierten al Estado. ¿Qué tal, metal?, pregunté buscando hablar su lenguaje. Pero recibí una respuesta directa: “De la puta, con esa mosca se podría hacer una fiesta de bachillerato maldita”. 

 O sea, con calma, nomás hermanito, “no te rayes así, rayándote”, reaccioné y aclaré. En realidad esa plata no es para farrearse al ritmo de ¿Quién se cansa? Nadie se cansa. ¿Quién se rinde? Nadie se rinde. Soltaron un carcajada de hierro y en coro ronco y rebelde dijeron; “¡Ah! Entonces, huevo de mono maraco, maaraacoo, ¡¿yaaaaaa?!”. Se burlaron de mi mal chiste, pero preguntaron: Si no podemos gastar nuestro dinero cuando salgamos bachilleres, ¿qué pasa con este ahorro? 

Respiré profundo y respondí: Vamos por partes, como dice el descuartizador. El nuevo bachiller puede usar su ahorro de dos maneras: 

1) El capital acumulado le serviría como colateral para un crédito educativo, de origen público o privado, para que vaya a la universidad o algún instituto técnico. El crédito sería más barato si el muchacho opta por una carrera técnica. 2) Con este dinero los jóvenes beneficiados podrían iniciar un negocio productivo o tecnológico en una universidad o programa público que los apoye de manera integral. 

El Estado, vía Alcaldía o Gobernación, les podría apoyar (complementando el crédito o dando asistencia técnica) para iniciar una actividad productiva. Para que ustedes salgan preparados, en los colegios pilotos del proyecto se deberían crear programas de emprendedurismo juvenil que culminen con un plan de negocios. Aquí la idea es que varios chicos(as) se junten para iniciar un business. 

 

Gonzalo Chávez A. es economista.

 

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