Raíces y antenas

La saga de la familia Tortuga Populín

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domingo, 17 de febrero de 2019 · 00:07

Permítame relatar la historia de la familia Tortuga Populín para entender el contexto y la lógica del incremento de la deuda pública (externa e interna) en Bolivia, que para el año 2018 había alcanzado el 53,5% del Producto Interno Bruto (PIB), según el Fondo Monetario Internacional (FMI), fuente a la cual el Gobierno recurre con mucha frecuencia para bendecir y legitimar sus datos.

Nota técnica: el PIB son todos los bienes y servicios producidos en un año por los estantes en una economía. Es una medida de riqueza aunque no de desarrollo, nos ayuda a entender proporciones o dimensiones de algunas variables macroeconómicas, como en este caso el tamaño de la deuda pública en relación con el producto.

Bueno, después del comercial técnico, volvamos al relato. La familia Tortuga Populín tomó el poder el año 2006 y como nunca en la historia económica boliviana se sacó una doble lotería. Por una parte, sus ingresos aumentaron significativamente porque los precios de los bienes que vendía subieron muchísimo.

Es decir, los ingresos del negocio del papá subieron a los cielos, la mamá consiguió trabajo en el sector informal y el hijo mayor comenzó a hacer sus primeras armas organizando tecnopresteríos y así trajo más plata a la casa. Entre el año 2005 y el 2014, sus ingresos subieron en un 78%. ¡Recórcholis revolucionarios. Bendito sea Lenin!  Llegó la bonanza.

La segunda lotería que benefició a  la familia Tortuga Populín fue -que al momento de hacerse cargo de la administración de la casa- la deuda externa   era muy baja. En   2003, la deuda externa representaba el 64% del PIB, pero resultado de las gestiones anteriores de la casa común, la deuda fue perdonada por los acreedores. En   2007, al año asumir el poder por parte de la familia Tortuga Populín, los compromisos con bancos y países amigos se habían reducido al 17% del producto. ¡Aleluya hermano Charly Marx!

 El hogar no tenía deudas. Este doble beneficio otorgado por la divina providencia explica el primer nombre de la familia: Tortuga, lento pero con una concha enorme.

Pero también la familia en cuestión honró el segundo nombre: Populín, y comenzó a gastar e invertir a manos llenas la nueva riqueza heredada. Como les ardía la plata en los bolsillos, compraron los dos terrenos a lado de la casa, en uno de ellos hicieron un coqueto cholet con salón de baile y helipuerto, y en el otro, construyeron un museo para papá donde exhibía sus hazañas deportivas y empresariales.

Así mismo, asfaltaron las calles adyacentes del barrio, mejoraron la avenida que va a la casa de las suegras, invirtieron en una fábrica de bikinis y burkinis para cuando tengamos playa y repartieron bonos entre la parentela más necesitada. La familia Tortuga Populín con frecuencia organiza tremendas fiestas para celebrar la nueva riqueza.

El matrimonio del primogénito fue sonado, llegó Boney M y el DJ italiano Tony, el Negri. El quince años de la niña tuvo asesoramiento de misses venezolanas convertidas al socialismo del siglo XXI. Como eran muy generosos, se compraron dos Hummers para pasear con algunos vecinos, y pusieron chiji de verdad en todas las canchas del barrio. Entre tanto, ninguna de las inversiones y gastos diversificaron el negocio de la familia.

Un triste día de invierno del 2015, se secó la pila del maná, el negocio del papá perdió súbitamente ventas, la mamá y el hijo mayor perdieron la chamba. Los ingresos de la familia cayeron, sin decir Jesús, en 45%. Pero el papá reunió a la familia, bajo la consigna de “sereno moreno” y con voz de asamblea sindical les dijo: tranquilos esta caída de ingresos es pasajera. No se preocupen que para eso hemos acumulado platita, tenemos grasita para pasar este periodo de vacas flacas. Vamos a seguir cascándole como Dios manda.

Entonces la familia, con el ahorro que había hecho durante los 10 años de bonanza, siguió manteniendo el nivel de gastos e inversiones. Continuaron las fiestas, la compra de inmuebles, las inversiones en elefantes blancos de cemento. ¿Pero cómo se financiaba este desajuste entre los ingresos y los gastos? Pues, Papi pasaba sagradamente por el banco y sacaba de la caja de ahorros, todos los meses, 1.000 o 2.000 bolivianos para el gasto de los anticuchos, los paseos en helicóptero, las fiestachas y las inversiones aparatosas pero sin rendimiento seguro.

Las reservas de platita de la familia comenzaron a bajar. Además,  queriendo mantener el mismo nivel de consumo del hogar, la familia Tortuga Populín comenzó a endeudarse. Pidió prestado dinero de los vecinos, de los amigos e inclusive de la suegra. Comenzó a parecerle natural dar pasos mayores que la apertura de las piernas, a gastar más de lo que recibía y así descubrió el pedaleo financiero; es decir, comenzó a vivir con el dinero ajeno.

Cuando la madre le reclama de los excesos, súper papá decía que inversión que había hecho en la fábrica de bikinis, las futuras rentas del salón de bailes, las obras faraónicas y las canchas darían frutos más adelante. Así mismo, decía que todavía podía prestarse mosca de afuera sin problemas y que desahorrar no era un inconveniente. No había por qué preocuparse.

La fiesta del consumo debía continuar. Sin embargo, por si acaso también había encargado varias milluchadas al curaca Pachjiri para que vuelva hacer subir los precios de los bienes que vendía, y sagradamente todas las mañanas  azotaba con trapo mojado sus productos para que no sean flojitos y salgan a la venta. Aclaración esta es una columna ficcional. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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