Raíces y antenas

¿Bolivia, potencia subsahariana?

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domingo, 24 de febrero de 2019 · 00:07

En los años 90 fui invitado a una reunión mundial sobre desarrollo económico. En determinado momento del cónclave dividieron a los participantes por continentes. Por supuesto me dirigí inmediatamente a la sala de América Latina y el Caribe. Entretanto, cuando ingresaba al salón asignado a la región,  para mi sorpresa, fui detenido por uno de los organizadores del evento, quien con amabilidad pero con firmeza me informó que Bolivia no estaba en Sudamérica, sino en África subsahariana.

Frente a semejante afronta geográfica, me disponía rebatir la tropelía munido de mi mapamundi electrónico. Por supuesto, estaba indignado frente esta muestra de ignorancia e inmediatamente saqué mi ametralladora cargada de  mi mejor repertorio antimperialista y anticolonialista. 

Sintiendo los puñales que salían de mis ojos, el afable estafeta del evento me comenzó a explicar que la distribución de países se había hecho basándose en indicadores internacionales, como el tamaño del Producto Interno Bruto (PIB), los niveles de pobreza, índices de desarrollo social, enclaustramiento geográfico, indicadores de competitividad, clima de negocios y otros.

Me entró el alma al cuerpo cuando vi en la misma sala a colegas de Paraguay, Nicaragua, Honduras y otros países de Centro América, con quienes compartíamos este exilio geográfico coyuntural y similitud en muchos de los indicadores económicos y sociales señalados. Junto a nosotros estaban países como Etiopía, Eritrea, Burundi y República Centro Africana, Somalia, Botsuana y otros. Todos con un rango de PIB similar.

 En 1997, el PIB boliviano era, en dólares de la época, un poco más de  7,9 mil millones y el producto de Botsuana, cuyo delegado estaba sentado a mi lado por el orden alfabético,  era de 5.000 millones de washingtones.  En 2017, nuestro PIB subió a 37,5 mil millones y el de Botsuana tan sólo a 17.400 millones. Sin duda, nos fue mejor, pero seguimos siendo muy pequeños respecto  a nuestros vecinos.

En 2017 el PIB boliviano era tan sólo 19% del Producto chileno o peruano y el 2,6% del PIB brasileño.  Inclusive, y a pesar de la hecatombe económica venezolana, éramos el 15% del PIB bolivariano. Sin duda, aumentamos significativamente en 20 años, pero aún estamos lejos de presumir por nuestro tamaño. Puede que ahora seamos líderes en África subsahariana y en Centro América, pero en el vecindario no podemos hacernos los gallitos pisadorcitos, los machos alfa del PIB.

A nivel mundial y considerando el tamaño del PIB, ocupamos el puesto 121 de 185 países. Entretanto, para no abandonar el patriotismo estadístico, podemos decir: vamos que se puede. Nota técnica: las anteriores comparaciones usan PIB de paridad de compra y los datos provienen del Banco Mundial y el FMI.

Pero veamos el PIB per cápita, que es la división de toda la riqueza producida en un año  por la población. Esta es una mejor aproximación  del bienestar económico. También es relevante ver la trayectoria de la tasa de crecimiento del producto que nos indica el tiempo de convergencia con los vecinos. Por ejemplo: en cuánto tiempo alcanzaremos económicamente a los chilenos.

La tasa de crecimiento del PIB per cápita debemos verla en el largo plazo. Entre 1960 y 2017 esta variable en Chile creció, en promedio, 2,55%. El PIB per cápita boliviano, en este largo periodo, fue tan sólo de 1,68%. Si agarramos los últimos  12 años, esta variable creció en Chile 2% y en Bolivia 2,99%. En esta etapa corta nos fue mejor.

Ahora bien, respecto al tiempo que nos tomaría alcanzar el tamaño de la economía de Chile, el debate está abierto: el gobierno dice 34 años y la Fundación Inaset dice 105 años.

En ambos caso es mucho tiempo. Podría servir de consuelo que en términos de manejo macroeconómico estamos 20 años por delante de Venezuela. Pero si pensamos en una dimensión de desarrollo integral, la vara debía ser más alta que Chile. Si nos comparamos con países del Sudeste asiático y de Europa, los tiempos para alcanzar sus resultados sociales y económicos se miden en centenas de años.   Como mención,  el tema de la trayectoria del PIB es apenas un aspecto del desarrollo. La PIBcracia local, los adores del tamaño del producto, machaconamente insisten en endiosar esta variable, pero, si hablemos de otros indicadores de comparación internacional, las cosas son diferentes. En el índice desarrollo humano, ocupamos el puesto 118 de 188, en 2017. Aquí seguimos con indicadores de pobreza africana.

Lo mismo considerando el índice Gini que si bien mejor, aún somos un país desigual. Si tomamos el índice de competitividad, de igual forma estamos en la parte más baja de la tabla, ocupamos el puesto 105 de 133.  

En suma, introduciendo variables cualitativas, que no dependen del tamaño del PIB o su tasa de crecimiento, sino de su dirección y la calidad de éste, hay mucho que avanzar en el país y no es el tiempo del narcisismo macroeconómico que práctica el gobierno; en realidad es el momento de pensar en la sostenibilidad del crecimiento, en la productividad de los factores de producción, en especial del trabajo, y en la importancia de la innovación y el capital humano.

Un desarrollo basado en las ideas y el conocimiento que puede situar a Bolivia en otra geografía (en la nube del internet) donde nuestras principales ciudades limiten con Bangalore en la India, o California, en Estados Unidos, o Shanghái, en China. Dados los avances de la tecnología, alcanzar a estas regiones cibernéticas puede tomar mucho menos tiempo que la economía tradicional. Es decir, el objetivo debería ser situar al país en el selecto grupo de las economías creativas de base social. 

Gonzalo Chávez A. es economista.

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