Raíces y antenas

23 de marzo, un mar de educación

domingo, 24 de marzo de 2019 · 00:13

Este pasado 23 de marzo, el Día del Mar, fue recordado todavía con los códigos del pasado y bajo la sombra de una de las derrotas legales más duras que tuvo que enfrentar Bolivia desde 1904, aunque los demagogos de siempre intentan mostrar la brusca caída diplomática como un simple tropezón. Aquí no pasó nada; estamos mejor, vociferan desde las esquinas de la ceguera ideológica. Buscan detener la historia con sus ametralladoras repletas de frustraciones y mentiras. 

Los actos del día del mar volvieron a vestir las calles de Bolivia con cansinos desfiles de niños y jóvenes. Se volvieron a escuchar las mismas arengas patrioteras y vacías de siempre. 

En la vida, si no superan los traumas no hay futuro. Se debe reconocer que se cerró un ciclo de la política interna y diplomacia nacional, que obsesivamente giraba en torno del mar.  Esto de ninguna manera  significa que el país olvide su reivindicación marítima. Simplemente es reconocer que el software con que estábamos manejando el tema quedó obsoleto y con esto sus principales actores.

El desafío de la actualidad es conectar el tema de la reivindicación marítima al desarrollo nacional y construir una política externa centrada en los intereses nacionales con una agenda mucho más diversa que en el pasado.

No hay duda que el tema del mar une a los bolivianos, por eso, en torno  de la reivindicación marítima  se construyó una de las pocas políticas de Estado que hizo retroceder las mezquindades ideológicas de izquierda o derecha.

Deberíamos aprovechar esta oportunidad, de inflexión de ciclo, para construir políticas de Estado que nos unifiquen al igual que la reivindicación marítima. Para alcanzar un desarrollo económico pleno, inclusivo y sustentable se necesita un mar de educación, un mar de salud, un mar de igualdad, un mar de innovación tecnológica para Bolivia. Un mar de desarrollo productivo potenciará nuestra política externa y le brindará nuevos caminos para acceder al mar del Pacífico pero también del Atlántico.

Concentrémonos, por temas de espacio, en el desafío de un mar de educación para Bolivia. Liderados por el gobierno nacional: profesores, padres de familia, empresas, municipios, gobernaciones y otros actores deberían pactar políticas de choque en educación (escuelas y universidades) que favorezcan el aprendizaje de por vida de toda la sociedad.

Un mar de educación implica aumentar significativamente el stock de capital humano que nos permita avanzar en la economía creativa, digital y del conocimiento .   Cabe recordar que los nuevos puertos del progreso están en el desarrollo de la biotecnología, del turismo gastronómico, el uso sostenible del agua y el turismo ecológico en la Amazonia. Los nuevos muelles del desarrollo están en las nubes del internet.

Atraigamos inversión extranjera de calidad, que siembren en el altiplano, por ejemplo, decenas de servidores (nubes) para convertir a Bolivia un hub (centro) de comunicación y logística, pero de información y datos. En el ciberespacio existen otras fronteras, Bolivia puede colindar con la India (Bangalore), Estados Unidos (Silicon Valley) o Finlandia (Tampere). Los lugares mencionados son potencias en software y otras tecnologías.

La condición para atraer Amazon o Google es tener miles de ingenieros y técnicos medios bolivianos con especialidades como:  almacenamiento de datos, codificadores, informática y ramas afines. Y, por supuesto, este tipo de empresas exigirán seguridad jurídica. 

En este contexto, en vez de actos inútiles y patrioteros, como el año 2018, cuando se confeccionó, dizque,  la bandera más grande del mundo, el próximo 23 de marzo deberíamos ponernos metas que tengan que ver con desarrollo inteligente: internet veloz en todas las escuelas públicas y privadas de Bolivia, por ejemplo. 

Deberíamos sustituir los inútiles desfiles de niños y jóvenes con campeonatos de matemáticas, robótica, codificación y otros. Festival de creatividad, emprendimiento  y  rock serían actividades más lúdicas que los actos  marciales que festejan el fracaso.   Hacia adelante, cada 23 de marzo   deberíamos celebrar hitos educativos y económicos establecidos en un plan de educación. 

El fracaso de La Haya es también una oportunidad para comenzar a pensar en otras dimensiones y perspectivas en el tema del mar desde la economía tradicional. Para Bolivia, globalización significa, en realidad, sudamericanización porque de nuestras exportaciones, cerca al 55%, van a América Latina e importamos de la región un porcentaje parecido.

Por lo tanto, Bolivia necesita proyectarse al mundo considerando dos realidades internacionales. Brasil, un mercado gigantesco y un aparato productivo poderoso, a pesar de la crisis actual. Del lado de Pacífico, el Asia (China), una potencia en ascenso, que también demandará más materias primas y alimentos, y que quiere consolidar su posicionamiento estratégico y económico en América Latina. Asia llega a Bolivia por Chile y Perú. En esta dirección, pertenecer al tratado de la Alianza del Pacífico es de vital importancia.

Por lo tanto, la política exterior debe ser capaz de proyectar los intereses nacionales a través del  poder  suave  e  inteligente,  mediante la búsqueda de procesos de integración  socioeconómicos  regionales con Brasil, Chile (norte), Perú (sur) y Asia. En este contexto, el acceso a los mares del Pacífico y el Atlántico es una consecuencia de un nuevo modelo de desarrollo. Es un resultado de la recuperación de los mares de la educación innovadora y la salud de calidad. Es la consecuencia de los mares del desarrollo. 

Gonzalo Chávez A. es economista.

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