Raíces y antenas

¡Gracias a mi ciudad del cielo!

domingo, 26 de mayo de 2019 · 00:10

Una ciudad está constituida por la gente, pero también por los pliegues de fiesta y canto, por los atardeceres bucólicos, los bares y sus ecos de historias; los olores de las esquinas preferidas, los refugios de los recuerdos y los sabores clandestinos con sus largas noches.

  En materia de morfe, mi La Paz es incomparable. Un buen lugareño posee paladar negro y estómago de hule para enfrentar, de pecho abierto y lampiño, un fricacho en la Alexander, y mostrar que en vez de venas tiene cañerías Tigre por donde el colesterol resbala como agua santa. Un paceño que se preste tiene que haber degustado los jot doc de la Pérez y los menchos de la calle 21 de Calacoto, que demuestran que en materia de embutidos no existe lucha de clases.

Y las tucumanas de la calle 2 de la Cato que matan cualquier hambre y a las 10:47 am  saben a manjar de dioses andinos. ¿Y qué decir del keperí de las benianas de Villa Fátima?, que tiene la semblanza y textura de los abdominales de Bruce Lee en su película Operación dragón y son el mejor remedio para curar penas de amor causadas por las miraflorinas.

Otra delicatesen paceña es el sándwich de huevo con chorrellana de cebolla roja de vergüenza en el mercado Lanza. Después de comer este bocadito es mejor no dar una palabra de aliento a nadie, menos a la media naranja. En el mercado Camacho está el supervitamínico que cura caries y que es mejor no preguntar por sus ingredientes. El sanguche de palta en marraqueta proletaria del mercado de Obrajes es simplemente divino. Para atraer turistas debíamos organizar circuitos culinarios por estos templos de la comida popular que terminen en una soleada de espaldas en la plaza España.

La Paz también es vida nocturna. Los de mi generación añoramos El socavón, el antro de antaño donde se hizo temblar las madrugadas y las buenas costumbres. Además, una buena paceña tiene que haber bailado en El loro en su salsa para que se construya la Cinemateca y parqueado por horas en el Fórum, esperando a sus retoños. Tengo amigos cuadrados que han festejado el cierre de este antro legendario. 

Las nuevas generaciones me hablan de otros ensayos del infierno  que ya no frecuento por miedo ha volver a los viejos vicios. Pero también la lista es larga. Malegría, donde se puede tomar sauna vestido, encontrar gringos de todos los colores y olores, y bailar saya; el Equinoccio, el palacio del rock en el corazón de Sopocachi.

En referencia a los lugares de dancing, el mejor sin duda es un clásico miraflorino: The love city, la única discoteca trotskista del planeta, el templo de la conjunción obrero-patronal, el nido de amor de la nueva burocracia revolucionaria, en la que el deseo horizontal baila suelto de manera vertical piecitas movidas, como Devórame otra vez, o apechugaditas, como Hoy tengo ganas de ti, interpretada por Miguel Gallardo. En honor a la verdad, de la noche no se puede dejar de mencionar Gold discoteca de San Pedro,  el templo de clásicos (también conocidos como pasaditos calientes),  que dicen las lenguas ancestrales, que tuvo su origen en la Discoteca móvil de Freddy Alejandro.

Los paceños de cuna o adopción hablamos con eco y decimos “yaaaa” en todas sus versiones, colores, énfasis, entonaciones, acentos y momentos. Para ilustrar sólo algunas perlas: Bolivia avanza por el luminoso camino del cambio y el eco responde: de cambio ¿a ver? A lo que le sigue un ¡yaaaa! grave y largo. A nosotros no nos gusta robar, proclaman desde el árbol del poder y el eco entona: No nos gusta ¿a ver? ¡yaaaaa!...  de soprano ñusta potosina. El gobierno está dando una cátedra de economía, el eco se emputa y no responde. Tan sólo surge el ¡yaaaa, su huevada!

Un buen paceño es un cultor de los picnics potosinos. Yo tengo el privilegio de la doble nacionalidad, soy potoco y chukuta, por lo que conozco sobre el tema. La mejor alternativa para combatir la thayachera, los fríos de pelar, son los días de campo potosino, de los cuales existen varias versiones. Para nuestros amigos lectores de los valles y trópicos conceptualmente significa encamarse todo el día aplastado por frazadas de grueso calibre. Apolillar debajo de los pullus con chullo, calcetines y las ladies, medias Textilón.

Los paceños/as estamos locamente enamorados, es decir, estamos camotes del Illimani. Desde cualquier canto de la ciudad le coqueteamos sin medida ni clemencia, absorbemos su energía, contemplamos embobados sus curvas y rubores. Por eso cantores, pintores, fotógrafos y poetas le han cantado, pintado, retratado y/o ofrecido sus mejores versos. Toda vez que estoy por el centro de la ciudad, mi lugar preferido para verlo es desde la avenida Camacho, entrando por la calle Bueno, donde queda la empresa estatal YPFB, a la cual le cambiaron la fachada, pero no las malas prácticas de meter la cuchara al dulce. En este lugar me planto varios minutos mirándolo para recargar las pilas.

Todos tenemos una versión culinaria de lugares y de comportamientos de La Paz. Mi ciudad, nuestra ciudad. La ciudad de muchos migrantes. La ciudad de cielo. La Paz me ha dado un collar infinito de recuerdos y buenos momentos, que es lo más importante al final del día.  Y encima de estos muchos años de acogida y cariño, el Gobierno Municipal Autónomo de La Paz, a la cabeza de Luis Revilla y su Concejo, bajo de la representación de Andrea Cornejo, me abruman el alma con un reconocimiento por mi trayectoria profesional.

Tanta bondad de mi ciudad  y su gente sólo me compromete a seguir trabajando por la educación, y los jóvenes y a seguir cascándole. ¡¡¡Yaaaa !!!

  Gonzalo Chávez A. es economista.

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