Raíces y antenas

Los mitos económicos y el índice cholet

domingo, 02 de junio de 2019 · 00:12

El gobierno ha intensificado la propaganda electoral en torno a los resultados económicos y sociales del modelo del proceso de cambio. Veamos cuáles son las principales características discursivas de la posición oficial. 

Hasta ahora, la propaganda del gobierno había insistido en que la economía boliviana estaba blindada frente a los vaivenes externos. La semana pasada se ha abandonado la teoría de la coraza y se ha reconocido que existe una desaceleración de la economía desde 2013 y que ésta se explica por la caída de las exportaciones, en especial la reducción de compras de gas natural por parte de Brasil y la caída de los precios del petróleo.  

Desde el oficialismo se abrió en paraguas y se “descubrió” la vulnerabilidad del sector externo de la economía boliviana, tema estructural que los “opinadores”, denostados a diestra y siniestra por el régimen, vienen alertando desde hace 13 años.  

Pero para tranquilidad de todos, desde las cumbres borrascosas del poder se afirma tener la solución para la desaceleración de la economía. Recordemos que en los últimos dos años (2017 y 2018) el desempeño del Producto fue cercano al 4%, cuando en el 2013 se llegó al 6,8%.  La respuesta al frenazo del Producto Interno Bruto (PIB): la diversificación del aparato productivo de la economía. !Wow, qué descubrimiento más notable! 

Pero a pesar del retraso en la epifanía, hay que celebrar este hallazgo y congratularse de que algo hará para superar el modelo primario exportador después de tantos años de ceguera y tozudez ideológica sobre este tema. El oficialismo repite, como gran novedad,  lo que mucha gente insiste hace décadas: apostar a la diversificación productiva: agropecuaria, turismo, la manufactura y otros. 

En los temas macroeconómicos, insiste en el culto fanático al crecimiento del PIB.  Desde esta columna ya se han mostrado las limitaciones metodológicas y de representación del PIB. De hecho, varios países en el mundo han comenzado a cambiar esta medida incompleta de bienestar. Nueva Zelanda, por ejemplo, medirá su prosperidad con nuevo índice: “El bienestar de la ciudadanía”. A saber, para medir desarrollo se incluirá: pobreza general e infantil, violencia doméstica, salud mental, identidad cultural, medioambiente, vivienda, vínculos sociales. 

Un otro eje discursivo es el tema de la reducción de la pobreza, medida por ingresos que habría bajado de 37,7 en 2006 a 15,2 en 2017.  Considerando indicadores como el índice de desarrollo humano (IDH), que mide de manera más amplia los avances sociales, como acceso a la salud, educación y servicios básicos, Bolivia avanzó muy poco en el periodo de bonanza. La posición de la Bolivia es 118 de 189 países. Su IDH apenas avanzó en un 11,1% entre 2005 y 2018. 

La modestia de este progreso también se confirma al evaluar los sistemas de salud y educación. En este último sector, Bolivia ni siquiera ha querido someterse a una evaluación internacional y, por lo tanto, no aparece en los rankings de Pisa. Mejoró la cobertura educativa, pero la calidad es aún un tema pendiente. En el tema de salud, solamente después de 13 años de gobierno se implementó un seguro de salud universal, pero con muy pocos recursos técnicos y financieros. 

Toda la población conoce lo desastroso que es el sistema de salud en Bolivia. El panorama tampoco es tan alentador cuando se habla de servicios básicos, como basura, agua y saneamiento. Cuando analizamos indicadores que miden la pobreza de manera multidimensional se avanzó muy poco.  

Un otro elemento central de la propaganda del gobierno es que se habría reducido la desigualdad en Bolivia (índice Gini: siendo 0 = igualdad y 1 = desigualdad).  Bolivia habría pasado de 0,59 en 2006 a 0,46 en 2017. La conclusión política y propagandística: la desigualdad entre ricos y pobres disminuyó. Ciertamente un resultado importante, si estuviéramos midiendo bien este índice. 

Entre tanto, hay problemas con la forma de cálculo de este dato. Para explicarlo, imagínese que toda la sociedad vive en un edificio de 10 pisos. Los más pobres están en el sótano. La clase media está en el quinto piso y los más ricos están en el último piso o en el cholet. Como muy bien lo ha señalado la socióloga Fernanda Wanderley,  el Coeficiente de Gini en Bolivia mide la desigualdad de ingresos de la clase trabajadora y no la desigualdad de riqueza.

 Quiere decir que el índice sólo mira a la población que está entre el sótano y el quinto piso. Y no sabe lo que pasa del sexto piso al cholet.  En el país, la principal fuente de información para calcular la distribución de los ingresos es la Encuesta de Hogares. A ésta responden hogares que reciben los ingresos corrientes, tanto laborales (salario o remuneración) como no laborales (bonos y transferencias). Es decir, los que están del quinto piso para abajo en el edificio de la sociedad. Como afirma Wanderley: “La encuesta no se propone captar el stock de recursos acumulados por los hogares, como el valor de inmuebles, de acciones y de ahorro”. 

Es decir que la encuesta no nos dice nada de los que tienen patrimonios y riqueza generados por activos, como empresas formales e informales. No nos dice nada de la riqueza acumulada de los que viven en el cholet o el penthouse, por lo tanto, no mide la distancia entre ricos y pobres, pero sí entre la clase media y la clase baja. 

 Así, lo que ha pasado en Bolivia es que los grupos medios han empeorado su participación en la riqueza y los pobres han mejorado un poco, lo cual es destacable; pero los de arriba, los nuevos y viejos ricos, o están igual o inclusive mejor que en el pasado. 

 

Gonzalo Chávez A. es economista.

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