Gonzalo Chávez A.

Mucha competencia, no dejan trabajar

domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:13

El transporte público, en todas las ciudades de Bolivia, es una mezcla de realismo mágico, tragedia griega, y en las últimas semanas, en La Paz, se ha convertido en una película de terror. Poderosos sindicatos se oponen a la mejora del servicio de transporte en la ciudad. Ciertos choferes defienden, con palos y piedras, lo que consideran sus derechos. Golpean a sus clientes.

El transporte urbano de minibuses es un servicio ofrecido por miles de choferes privados, que actúan como un monopolio gracias a la sindicalización y una débil regulación estatal. Esta es una típica falla de la mano invisible del mercado. Grupos corporativos controlan un mercado que tiene una demanda muy grande pero dispersa, sin capacidad de organizarse para defenderse del monopolio. 

Los consumidores del servicio de transporte están sometidos a las condiciones de calidad, frecuencia y rapidez muy malas. Debido a la existencia de conductas monopólicas, el precio (o la tarifa) debe ser regulado por el Estado y éste es un eterno problema entre municipios y choferes. Cabe también recordar que la gasolina, el gas vehicular y los repuestos son subsidiados por el Estado.

En los últimos meses, el municipio de La Paz ingresó al mercado de transporte con el PumaKatari, buscando mejorar la calidad del servicio e introduciendo competencia. En la misma línea, de brindar más y mejores opciones de movilidad, está el teleférico.

La construcción de estos monopolios tienen características histórica-culturales muy particulares. Permítanme ilustrar  este tema con unas anécdotas. En una oportunidad, tomé un minibús en la ciudad de La Paz, me senté adelante e inicié una charla con el chofer. Como es de praxis, hablamos del clima y cómo esta ciudad tiene sólo dos estaciones climáticas: el invierno y la estación del teleférico. 

En el trayecto me atreví a preguntarle cómo estaba su negocio. La respuesta fue clara: “Hay mucha competencia joven, no dejan trabajar”. En su percepción, él tiene el derecho natural de controlar una ruta y organizar un sindicato para extraer rentas monopólicas. La competencia es vista como negativa a sus intereses. 

 A la altura del Obelisco, en la mitad de la calle, el minibús paró y sin ningún preámbulo le dije: “Maestrito, puedo aprovechar”; nuevamente la respuesta fue directa: “Aproveche nomás, joven”. 

En el caos del tránsito,  salí del minibús toreando otros carros, provocando a la muerte e iniciando un brutal concierto de bocinas, acompañado de un coro ronco de puteadas. En mi caso, impuse mi interés personal, mi irresponsable comodidad sobre el bienestar de la comunidad. 

Subirse a un minibús es una experiencia surrealista y un ejemplo de cómo un servicio, en teoría público, se convierte en un maltrato ciudadano. En primer lugar, se somete al pasajero a vejámenes medievales: viajar sentado en un filudo freno de mano o en una espaldadera, que atenta, impunemente, contra la columna vertebral. 

Los más suertudos viajan con las rodillas en el pecho, como chullpas modernas. 

La música ambiente es polémica.  A los amantes de las canciones chicha, como su seguro servidor, nos actualiza en el hit parade de Puno, pero para otros es una tortura sonora que les perfora el octopucio. 

También es controvertido el servicio de literatura popular rápida que se registra en ventanas y puertas. Para los románticos: “Aunque te duela soy el number wan”. O consejos más sabios: “El dinero no trae felicidad, pero ayuda a sufrir en París”. O mensajes como: “Mi marido es un racista, odia a mi negro”. O pedidos religiosos como: “¡Dios mío, dame las ganas de trabajar! Porque con las ganas de farrear, te estás pasando”. 

  En algunos casos, el minibús se convierte en un ensayo del infierno, con Dante al volante. Al medio día,  “la calor” quema por todas partes y ninguna de las ventanas se abre. Están coladas con Poxipol.  El spiedo móvil está a full. Al terminar el viaje, el pasajero está debidamente rostizado de todos los lados. Crocante, como se dice en la jerga culinaria. Pero al salir sentirá el implacable chiflón paceño directo en los jolkes, que le proporcionará una bella cistitis. Sufrirá por donde peca.

  El tema del transporte urbano privado, en realidad, es un problema de empleo. El modelo económico primario exportador se asienta en un gigante sector informal, sobre todo, comercio y servicios. Miles de personas sobreviven condiciendo un minibús, propio o de un capitalista del transporte. Es conocido, que varias personas tienen flotas de minibuses y tienen conductores asalariados. Estas nuevas burguesías, protegidas por los sindicatos, disfrutan de rentas monopólicas. Son elefantes disfrazados de hormiguitas que no pagan impuestos. 

Por supuesto que hay también miles de cuenta propistas que tiene empleos de muy baja calidad y viven al día. 

La proliferación gigantesca de minibuses es una solución que el mercado dio al tema del transporte en Bolivia, frente a la mirada cómplice de un Gobierno nacional que se dice leninista. Los sindicatos de transporte urbano se han convertido en corporaciones funcionales al populismo. Obtienen rentas del Estado. ¿Recuerda el tema de los peajes para la dirigencia sindical? Los beneficios se retribuyen con apoyo político y electoral.

En este contexto, una posible solución al transporte urbano no está solo en el sector. Se requiere un abordaje integral de políticas públicas. Tiene que ver con una diversificación productiva profunda que cree empleos de calidad en otros sectores y, por supuesto, con la necesidad de una enorme coordinación entre transporte público y privado, local y nacional, y, sin duda alguna, la introducción de una sana competencia.

 Gonzalo Chávez A. es economista
 

466
68

Otras Noticias