Gonzalo Chávez A.

Desmadre en la unidad de terapia intensiva

domingo, 2 de agosto de 2020 · 00:12

En estos tiempos de crisis e incertidumbre permítame una analogía médica para explicar los desafíos económicos del país. La economía boliviana ha entrado a terapia intensiva producto de la cuarentena y una fuerte crisis internacional. A mediados de marzo de este año se indujo un coma al paciente, paralizando probablemente el 60% del cuerpo económico. Se cerraron fábricas, restaurantes y hoteles. El transporte urbano y de aviones se paró. Los sectores de construcción y minería dejaron de producir. Y sobre lo llovido mojado: las exportaciones se contrajeron producto del parón del comercio mundial. Los precios del gas natural y la minería se derrumbaron.    

Ante la falta de oxígeno financiero y contratación de la demanda interna y externa se tuvo que entubar a la economía boliviana. El diagnóstico es claro y preocupante. El doliente tiene un cuadro complejo. A saber: recesión aguda, el producto se contraerá en - 7,4% en el 2020, la tasa de desempleo urbano se dispara a 9,6%; es decir, 345 mil personas están sin trabajo.  La inflación es muy baja 1,3% y muestra que  la contratación del aparato productivo es fuerte. Las reservas internacionales del Banco Central están en  su mínimo aceptable, cerca de 6.500 millones de dólares, recursos apenas suficientes para mantener el pulso del tipo de cambio. El sector público se desangra financieramente por dentro, arrastra un déficit por siete años consecutivos que tiende a aumentar.  

Cabe recordar que el paciente viene con problemas graves de base. Adolece de extractivismo rentista congénito. Y desde el 2014 tiene problemas en el sector externo. Para compensar este desequilibrio se hizo una transfusión de sangre de más de 8.500 millones de dólares que sólo impulsó el consumo y el derroche. En la época de la bonanza económica no se atacaron los problemas estructurales de la economía boliviana, como la diversificación productiva y baja productividad, para sólo mencionar dos desafíos. En el momento del auge se fomentó las malas prácticas económicos y hábitos pocos sanos. Se impuso una obesidad mórbida estatal y se despilfarraron recursos en cirugías estéticas para inflar la vanidad revolucionaria. Se maquilló y embelleció por afuera al paciente, ocultando sus graves problemas internos, como en el sector salud.  

Con la crisis sanitaria, el enfermo agravó sus condiciones de base. Ahora, la manito de pintura de la propaganda se cae y los indicadores de pobreza retornan a sus elevados niveles del pasado e inclusive, el hambre aumenta.  

La economía boliviana está a punto de colapsar producto de sus dolencias estructurales y la crisis del coronavirus. El doliente necesita de transfusiones financieras muy grandes, tanto para ayudar al consumo de las personas como a las empresas. Requiere de un tratamiento económico urgente y efectivo. Necesita de los mejores médicos económicos y del apoyo de todo un país, pero, por increíble que parezca, en la UTI económica hay un gran desmadre. 

Familiares de toda índole del paciente han entrado a la sala de terapia intensiva, algunos vecinos se han colado y varias sectas radicales también están presentes. Entre todos hay una pelea campal. Disputan el poder: ¿quién administrará el hospital?. Nadie está preocupado por el paciente. Médicos y enfermeras arrinconados en una esquina ven cómo de un lado ofrecen créditos y pagos milagrosos; del otro, sugieren aumentar las dosis y proponen remedios opuestos. Unos pregonan curas mágicas en base a hierbas trascendentales y siete fumadas poderosas. Los más radicales instalan una huelga de hambre al lado de la cama del paciente y bloquean el ingreso de oxígeno. Los del otro rincón, puño en alto, piensan que el enfermo es un mañudo y que no tiene nada, y que lo que necesite es un buen carajazo para que se levante. Los de más allá sostienen que no se puede hacer nada ahora. Los médicos no son los adecuados y que éstos tienen que ser elegidos por el pueblo. Por lo tanto, sólo resta rezar hasta que lleguen los buenos galenos. En suma, una buena parte de la élite política decidió lavar la ropa sucia al borde del abismo. El ajuste de cuentas es a muerte. El uno queriendo cortarle el cuello al otro. Vuelan en el medio del cuarto de emergencia las chatas, bacinicas, bisturís y otros objetos punzo cortantes. 

También están presentes todo tipo de predicadores de sectas radicales. De un lado, los devotos de San Smith vociferan: Todos los males se curan reduciendo el déficit público y privatizando la economía. Dejen que vuelva la cura milagrosa del libre mercado. Que retrocedan los satanases zurdos que quieren convertir en bares nuestras iglesias. Ya llega la enema mágica puesta por la mano invisible. Del otro lado, los fanáticos de los santos de los eternos días del Estado, anuncian, en plena UTI que nacionalizarán todo que interponga en su camino: desde las peluquerías de argentinos macristas hasta las transnacionales de siete cabezas que ahora van tras el nuevo El Dorado: el litio.   

Con este desmadre en la UTI no hay médico ni tratamiento económico y social que vaya a funcionar razonablemente. Cabe recordar que al contrario de lo que pasa con la crisis del coronavirus, si hay vacunas y remedios para sobrellevar la enfermedad recesiva, algunas de estas medidas han sido propuestas, pero se requiere un mínimo de estabilidad política.

La crisis sanitaria y económica requiere con urgencia algo de certidumbre, un horizonte mínimo para que la sociedad junto a su Estado luche contra la pandemia. Es urgente un pacto por la vida. No podemos estar en medio de una pelea campal por el poder en plena UTI. El acuerdo no necesita ser entre todos y sobre todo. Ahora, si el pacto no se puede hacer por la patria, por lo menos que sea por un instinto de sobrevivencia atávico.

Gonzalo Chávez A. es economista

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