Cartuchos de harina

Asesinando jesuitas en Noviembre

sábado, 16 de abril de 2016 · 00:00

No, ni los más protervos oficialistas (ni los fachos) imaginarían ahora y aquí, por ejemplo, hacerle algo como el título de esta columna a un jesuita. Menos por las filípicas que Albó se despachó a los "taitas” del MAS, cual obispo medieval aunque sin mitra ni indumentaria.

 

 Xavier también vivió su fase harto indulgente con el Gobierno, lo que no le quita su libertad y entereza, el otro día. Además, para noviembre falta mucho (y es hora de que no sea sólo Xavier quien imagine el futuro del país. Los demás tenemos también alguito que decir, después de una década de visiones -y alucinaciones- consagrada a las ideas de Xavier).

 

Noviembre es un mes trágico. Ha venido a tocarme el alma por estas imágenes: "Nadie podía ver la casa de los padres, pero sí escuchar lo que sucedía. Uno a uno llegaron los otros, obligados por los soldados, y se tiraron en la hierba (…) Los testigos de las casas vecinas dirían que escucharon una especie de lamento acompasado, pero no era un lamento lo que oían sino el leve canto del padrenuestro, que rezaron al unísono. Después (…) uno de los soldados se acercó y realizó el primer disparo.”

En Bolivia vamos siempre atraídos por la moda de la academia parisién, no por lo que pasa en pueblos con cuyo pasado tenemos más relación. Es el caso de El Salvador, donde -no lo dice ya CNN-, en noviembre de 1989, el batallón militar Atlácatl mató a seis jesuitas, y a una empleada y a su hija, en la Universidad

Centroamericana (UCA). Atlácatl es un nombre inicuamente tomado de un mítico líder indígena del siglo XVI. Ese batallón fue criado en la Escuela de las Américas, la de nuestro inefable Capitán América (Tuto dixit).

 Los asesinos iban por el jesuita Ignacio Ellacuría, pero también a no dejar testigos. Ellacuría dejó Vizcaya changuito, para quemarse en la selva salvadoreña. Yo guardaba una vaga idea de él como prominente talento de la Teología de Liberación, a lo que atribuía su asesinato. Por Noviembre me entero que su muerte se debió menos a sus ideas que al papel de mediador entre la guerrilla y el presidente Alfredo Cristiani.

 

A estas alturas ya les quedará claro -a los que han cursado primaria- que Noviembre es un libro. Y se autoproclama una novela, del autor Jorge Galán, pero es fruto del testimonio, entre otros, de testigos que vieron a los asesinos en el vecindario de la UCA, del expresidente Cristiani y del entonces provincial jesuita de El Salvador, el padre Tojeira. Leí Noviembre pues tengo amigas buenas, que me quieren desde lejos. Mis dotes de crítico no alcanzan porque la de la cultura literaria en mi casa es otra. Apenas digo que algo de serio debe traer este texto, cuando su autor huyó el 2015 de El Salvador "por las graves amenazas de muerte (…) tras la publicación de su novela Noviembre”. (Cito un manifiesto publicado a su favor).

 

Propagar esta obra ahondaría entre nosotros el pavor al encono y la rabia, incluso en mansas parcelas de sosiego, como fue El Salvador un día. Noviembre me recordó también a un salvadoreño yuppie que conocí, al que estereotipadamente veo, sin valor estadístico, como la encarnación de lo que un temple soberbio, sea por plata, sea por poder, puede causar en una sociedad. De todo lo que uno lee retiene en general poco, pero me nubla el padecimiento de una testigo crucial interrogada por un abusivo oficial salvadoreño, no en San Salvador, sino en Miami, adonde jesuitas y diplomáticos la llevaron, ingenuamente, para que estuviera "a salvo”.


Noviembre es una versión, no necesariamente la infalible. Al leerla me acordé de Xavier Albó y su amistad con Jon Sobrino, el teólogo jesuita (censurado por disquisiciones que me son arduas de evaluar, aunque las disputas teológicas son menos inofensivas de lo que nos parecen a los legos).Sobrino se libró de morir con sus hermanos en Noviembre. Esta novela recoge frases suyas que querría yo repetir sin que mi ánima tiemble. Las dijo en una misa en Tailandia, donde recibió la noticia de los asesinatos: "Tengo una mala noticia que darles: han matado a toda mi familia. Tengo una buena noticia que darles: yo he vivido con gente muy buena”.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

Confidencial

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