Cartuchos de harina

Félix Patzi y los discapacitados de la lengua

sábado, 30 de abril de 2016 · 00:00
Félix Patzi, el gobernador de La Paz, fue a prestar declaración a la comisión legislativa que indaga los contratos que la empresa china CAMC se adjudicó con gran fortuna. No sé si CAMC sea el ejemplo de cómo el régimen tratará a la inversión extranjera en adelante, pero por algún lado hay que empezar, así sea chapuceramente, habrán dicho los responsables del Estado en su momento. Fregándola se aprende.

El cuento es que Patzi decidió expresarse en aymara, su lengua materna, para -según dijo- impedir cualquier descalificación idiomática, como la que sufrieron ciertos postulantes a defensores del pueblo. El uso desprevenido del aymara por parte de Patzi demostró que el Parlamento del Estado Plurinacional está hoy casi tan preparado para atender a sus ciudadanos en aymara como l’Assemblee nationale francesa o la Asamblea
 
Nacional de Bulgaria. Quizá con la diferencia de que, tal como hace 20 o 50 años, siempre es posible llamar de emergencia a un traductor del pueblo al que uno reclama representar.
 
Pero en realidad soy injusto con el pasado, y Alejandro Almaraz -observador agudo- yerra el tiro un tanto cuando asemeja la gestualidad e incluso la política de este Gobierno a la del expresidente René Barrientos. Es que Barrientos hablaba quechua, y bien.
 
Para entender a Patzi no sirvieron siquiera los certificados ganados por congresistas en clases de aymara en las que al parecer se aprende, con gran exigencia, a responder waliki cuando te saludan con un cordial kamisaki. Si de eso se trata no necesitaré certificado alguno, por para si escribir artículos como éste estuviera algún rato condicionado a esos requisitos encandilados por las formas, no por la sustancia, que importa un reverendo maní.
 
Varios caporales, danzantes de clase alta urbana -más bien "desconectados” de las complejidades del país- también creen de buena fe que la patria se construye y ama con meros brincos rítmicos y macizos, estandartes de la testosterona. La izquierda antropológica del Dakar y esa clase criollo-mestiza a la que repudia no son tan distintas después de todo. Ambas aman el estatus, la pose y la exhibición.
 
Porque no me digan que el MAS no anda hipnotizado hasta la opería con los gestos, los adornos y todo lo que pueda fabricarse a partir del plastoformo, con excepción de ciertas cosas que hizo hace años y de cuyas rentas ha vivido políticamente los siguientes.
 
Para erigir una sociedad integrada y no un conjunto de guetos imperfectamente intersectados por la desconfianza y el prejuicio, los certificados de aprendizaje lingüístico express tienen poco que aportar. Barrientos lucía más logros en ese campo, en el que sus sucesores de izquierda fracasan.
 
Un buen amigo que lee y comenta mis columnas por filantropía me contaba que conoce docentes de aymara sin ítems públicos. Ignoro si el Gobierno privilegia en las escuelas las aficiones futboleras del Presidente por encima de los idiomas "oficiales” del Estado. Sólo digo que si este amigo -entendido en la educación boliviana- tiene razón, estamos más fritos de lo que la alocución aymara de Patzi acusa.
 
En el caso de la generación a la que pertenezco, el castellano fue, penosamente, la única lengua local que se nos enseñó desde kínder hasta la universidad pública. En un Estado que aspiraba a la asimilación y aculturación del indio, el castellano jugaba y aún juega un papel en nuestras infaustas jerarquías sociales. A la vez -aunque choque a los antropólogos y sociólogos a la moda-, el castellano es la lengua que conecta a todo el país. Y lo hace también parte de una familia de naciones de la que no tiene por qué renegar.
 
Patzi dio una lección contra las poses. No me quiero regodear con ella porque tampoco habría nada de fenomenal en que un catalán pronunciara a la perfección su idioma ante una audiencia que la ignorase. Tan sólo me dejó la moraleja de que algún día tocará hilar una fibra común todavía ausente. Y es deseable que sea sin plastoformo; con genuina comprensión del país y de adónde queremos llevarlo pacientemente, ojalá que sin látigos ni impostura.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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