¿Dónde se esconden los mejores?

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sábado, 28 de octubre de 2017 · 00:00
La política y sus artífices nos pueden deprimir. Es como si al interés general le hubiéramos confiado una selección nacional, pero adversa. Las excepciones no son determinantes ni de lejos. Sin embargo, como apunta el escritor G.K. Chesterton, nuestra cotidianidad (levantarse de cama, alzar al guagua -los ecuatorianos le dicen así, en masculino, agraciada y raramente-, carcajear con los cuates, cenar, etcétera) es indiferente, va al margen de quién gobierna, pese al vicio de la política (y eso que Chesterton no conoció Bolivia).
 
Pero meditando sin sumisión en lo que dice, esa idealización es típicamente británica. Es difícil aducir que la cotidianidad no se quebró con el Gulag o con los campos de concentración del MNR. Tampoco esa cotidianidad mínima vital se verifica en la Venezuela del desbarajuste madurista. En cambio, salvo en tiempos de Cromwell, la experiencia inglesa refrenda la constatación de Chesterton. Aún así, me atrae imaginar que -sin contar las situaciones extremas- hay un dominio irreductible que no depende del infortunio de no contar en la vida pública con los que valen.
 
El fin de semana, por ejemplo, vi una película con guion prestado de Leonardo Padura y me retumbó ese alegato de Chesterton. En esa película los cubanos escuchan también a Creedence Clearwater Revival, como tantos latinoamericanos. Y se quejan igual de que al final de tanto esfuerzo poco ha cambiado, pese a las arengas del castrismo. Claro que reservan esos lamentos para sus tertulias con ron, entre paredes. Así compensan sus aullidos alcoholizados con confidencias. Nadie los escucha, no del todo.
 
Y uno se pregunta, en esa vida regular no corrompida por la mugre, dónde se esconden los mejores, ya que no en nuestra arena pública, tomada por narcisos, rufianes o alcornoques. Por ejemplo, los amigos nos parecen gente estupenda, como seguramente nosotros a ellos, pero quizá nos sobrevaloramos por afecto. Por eso un camino menos tendencioso es evaluar a los terceros absolutos, como los llama la jerga leguleya. A los que nada tienen que ver con nosotros; a los que advertimos un día para, acaso, no encontrarlos más.
 
Todo esto viene a cuento de un viaje que hice. Sé que suena a leyenda ejemplar de los humildes contra los inflados, pero así la viví. En ese territorio donde los mejores aceptan sin autoalabanzas su anonimato, como para que sintamos el abandono de un fin de época. Y justo cuando creemos que los ideales dominantes son los del exfuncionario del Banco Unión y sus redes, una helada y alta ciudad boliviana nos presenta a un policía gentil, discerniendo que aunque no fuera aún hora de ingreso a la oficina pública, podía albergar en ella a los que esperaban, tayachándose de frío.
 
O un caso más decidor, el de un juez de más de una treintena de años, de rasgos indígenas. Iba abrigado y formal, en traje de tonos oscuros, esa olvidada herencia a los andinos, de sus sombríos tatarabuelos castellanos. En esta década he visto fiscales, magistrados, vocales, burócratas y jueces. Un montón son, con suerte, anodinos; otros, aviesos y amenazantes, o inexorablemente limitados. De ahí que decidí registrar esta curiosidad.
 
El juez en cuestión no me ha prodigado bienes. Lo más probable es que ni se le ocurra este hurto periodístico de sus atributos, reservados para la ófrica salita en la que se desempeña. Contra lo que habitúa la justicia en Bolivia, ese juez desentierra la fe en sus audiencias. Intenta desenredar el lío respecto al que debe fallar. No importan los balbuceos y muletillas de otro funcionario; tampoco los infinitos folios que no se apiadan del juez ni lo ayudan a sospechar por qué diablos esa gente llega allí a dirimir sus broncas.
 
Es para titular la apertura de cualquiera de los periódicos que hospedan esta columna: hay un juez en Bolivia  interesado en la verdad y la justicia. Uno capaz de esclarecer con sentido común, discreción y sencilla agudeza.
 
La macana es que justo cuando esas impresiones me habían capturado, oí un discurso en la radio. No pude pensar ya en los mejores. 

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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