Cartuchos de harina

Kennedy en Bolivia, Edwards (casi) sin bolivianos

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sábado, 22 de diciembre de 2018 · 00:12

Al borde de echarme de panza y abandonar por unas semanas esta columna, resolví no abrumar hoy a mis cuatro lectores. Ya resisten bastante la gastritis política crónica de augurios, ceños y gestos estudiados para impresionar a la posteridad. Al grado que, en vez de segundo aguinaldo, vendría bien un decreto de producción anual forzosa de unos gramitos de realismo y humildad en la arena pública, prohibiendo el abundante autoelogio.

En esa onda descreída, anduve leyendo a dos autores a quienes la personalidad o las tragedias los alejaron del hilarante afán, tácitamente autoelogioso, de mostrarse siempre apolíneos, gloriosos, tajantes. Unas, las memorias (True Compass) del único de los tres hermanos Kennedy que llegó a la vejez, y el reciente tomo (Esclavos de la consigna) de las memorias del escritor chileno Jorge Edwards.

Ted Kennedy fue el menor de los tres afamados del clan bostoniano y el que más faltas acusó en su trajinada vida, desde que en el examen de la clase de castellano de Harvard  se hiciera  remplazar por un amigo y fuera expulsado. Es que en el norte tienen también sus cuitas. Si no me creen, Ted cuenta del clasismo sufrido por los irlandeses en Estados Unidos, impidiéndole por ejemplo a su padre el ingreso a un country club o comprarse una casa en un barrio fifí, o de los discriminadores letreros que pululaban en Boston al ofrecer empleos: “No Irish Need Apply”.

Ted Kennedy vino de turista a Bolivia en 1961. Le resumió a su hermano mayor (quien estaba “muy interesado en la región”) sus observaciones, que seguro sirvieron para que JFK se acercara al régimen de Paz Estenssoro.

Ted, imperfecto miembro de su infortunada tribu, acabó como un senador de talla. Una vez, un rival lo fustigó en un debate por ser un elitista que nunca trabajó en su vida. Pero un votante lo reanimó con sutil ironía: “¡Eh, Kennedy!, dicen que no has laburado un solo día. Déjame decirte que no te has perdido de nada”.

Mientras, en el libro de Edwards se reúnen latinoamericanos en París o Madrid, y desfilan escritores y diplomáticos de toda laya e ideario, guatemaltecos y peruanos, egos, bossa nova, surrealistas, trago y alguna droguita, bellas cariocas, pero (casi) no bolivianos. A riesgo de ofender a mi lectoría chovinista, descarto que el chileno Edwards tenga algo contra nosotros. Es más bien como si hace 60 años hubiéramos vivido aparte, entre selvas y montes, embebidos en la política parroquial… igual que hoy.

Bolivia figura dos solitarias veces en ese libro de la movida literaria y política latinoamericana de los años 50 a los 70. Julia Urquidi es única en ese concierto, emparejada con Vargas Llosa. Nuestra otra presencia destila, en cambio, incorrección política. Es de la ciudad de La Paz, extraída de una novela de Edwards Bello, pariente del autor. El personaje de la novela pregunta por la “legación de Chile”, en el día de la fiesta nacional de su país. Los taciturnos paceños lo dirigen cerro arriba, desatinadamente, con prejuicios inveterados, hasta un prostíbulo a los pies de El Alto. Allí el chileno arma “una fiestecita privada, con tamboreo, huifa, arpa y guitarra. ¡Y con chicha boliviana!”.

Edwards no teme en sus memorias mostrarse a ratos como un libertino, sin la envidia -que anota- de su compatriota Pepe Donoso por el éxito de otros escritores del boom. Tampoco rehúye ya los aires patricios de su familia, con sentido común y reflexiones plácidas y socarronas, desnudando los complejos latinoamericanos por la “tiranía de la novedad” o por el primer mundo que envidiamos incluso cuando lo maldecimos, y frente al cual no podemos afianzar nuestra personalidad.

Es la enfermedad que, de nuevo, el escritor Joaquín Edwards Bello llamaba “Parisitis”: esa nostalgia apocada de la periferia por el centro. Tal patología hacía decir a un compositor, también chileno, que “había que venderle Chile a los norteamericanos y comprarse algo más chico cerca de París”. Los bolivianos podríamos pujar por una partecita en la subasta, si Chile siguiera algún día el consejo de su mordaz compositor.

 

Gonzalo Mendieta Romero  es abogado

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