Cartuchos de harina

Por la vía dura y sin amigos

sábado, 08 de diciembre de 2018 · 00:12

A lo mejor soy un ingenuo redomado, crédulo del hado propicio, pero me es imposible compartir la “tuca” y el énfasis de quienes anuncian, maniacodepresivos, que Bolivia será una nueva Cuba o la segunda Venezuela por culpa de esos obsecuentes vocales electorales. Visto sin tanta hipertensión, el MAS porfía en la ruta de negar, atizar y evadir el descontento con su afán reeleccionista.

 Si a eso se suma que en el Gobierno nadie está animado a contarle al Presidente qué sería lo más sensato hacer en caso de una derrota, efectivamente esto podría acabar en una vía dura de preservación del poder, como aconteció antes en nuestra historia. Y si así fuera, se puede adivinar de memoria su suerte.

La entrega del poder no es inminente. Y será más o menos compleja o lenta, más o menos ruda o cruenta, pero llegará ineluctable, quiera el MAS o no. Y es probable que, si sucede a la mala, barra por años el sentido común del Gobierno, sus tics, sus arrogancias, sus eslóganes y tópicos, a causa de la senda escarpada que Evo viene eligiendo.

 Cuando llegue el momento, ojalá no alcance para desandar lo que el país precisa resolver y comenzó a hacerlo, como los infaustos guetos y castas, como las desigualdades de piel. La decisión del MAS puede arriesgar la perdurabilidad de su propia marca, paradójicamente. Puede irse fundiendo motores, en lugar de retirarse en orden, sufrir la abstinencia del poder y reformarse para tantear y resurgir.

Si se diera, la vía dura sería también consecuencia de la cultura política que se mama en estos lares. La de que sólo laburando para el aplauso de la tribuna se lograrán fines comunes; la del culto extendido a que una marcha, una medida abrupta o una revolución trastornarán siglos de apatía por las elementales urgencias del bien común.

La vía dura implicaría pagar precios que el aburrido respeto a las reglas de circulación del poder nos evitaría. Pero, en el bando opositor, muchos de los que reclaman ácidamente o escriben airados, le confiaron al MAS los dos tercios y, más grave, legitimaron su capacidad de hacer y deshacer. Pedirles autocrítica ahora es como exagerar el amor al prójimo. Ha empezado pues el tiempo de solventar ese olvidado amor incondicional de ayer.

 Quizá por eso y por razones estéticas e incluso prácticas, valdría la pena atemperar el apetito de estelaridad. Graduar un cachito el estrés y sus decibeles en las arengas, controlar el apremio de figuración, de probar quién es el que más testosterona carga en la calle o por escrito, del agárrenme que los pego.

 La bronca de las clases medias carece aún de guía política; el paro de esta semana y el emplume son señales del desgaste oficial, pero aún les falta una consigna nueva, y un objetivo político definido. El carácter y el costo de la transición que vendrá dependerán más del cacumen, la agilidad y la frialdad del liderazgo efectivo, que de las voces de barítono en la calle.

 Y como los personajes de la trama importan, habrá que ponderar igual cuánto pesarán las carencias del príncipe. Evo no lee, su intuición toca límites y no tiene amigos. Carlos Carrasco (testigo de esa época como parlamentario del MNR) cuenta que antes de la reelección de 1964, Paz Estenssoro reunió a sus más insignes militantes. Los intelectuales -René Zavaleta el primero- hicieron barra incontenida por la reelección. El flaco Gumucio le espetó, en cambio, que ésa era la peor medida política de su vida.

 Paz, El Jefe, reaccionó molesto y desoyó a su amigo (aunque yo escuchaba contar de niño que Gumucio repetía: “El Jefe” no tiene amigos). Conocemos el desenlace: Víctor Paz salvó la vida en 1964 porque Ovando colaboró en su caída, y en su huida.

 ¿Quién podrá intentar las veces del Flaco  Gumucio con Evo? Los intelectuales que le quedan andan más ocupados que él en lo que (les) ocurra, en caso de perder el poder. Quién sabe uno como Felipe Cáceres, del grupo que acompaña al Presidente desde su infancia política. Ayudaría que alguien así comprendiera y explicara adentro lo que luce crecientemente obvio.

 

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

 

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