Cartuchos de harina

La militancia de Felipe Quispe Huanca

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sábado, 14 de abril de 2018 · 00:08

Por su fiereza hasta con sus cumpas, desaconsejaría reseñar el libro Mi militancia de Felipe Quispe, presentado la pasada semana. Pero su autor bien lo vale, aunque luego lance epítetos como el que dedicó a un jerarca del MAS: “rata blanca y pelada” (en mi caso sería rata calva y barbuda, aunque de los roedores admiro más a los castores).


Quispe afirma que es “perseguido y amenazado de muerte por el Gobierno”, pero eso no le ha impedido –estamos en Bolivia– presentar su texto a una cuadra del Palacio. El libro cuenta su paso por el MITKA. Es un testimonio no siempre organizado, que expresa bien una línea política caracterizada por el desplante.


Felipe es ácido con Xavier Albó y CIPCA en el brote del indianismo y el katarismo, por ejemplo cuando difundieron la radionovela Túpac Katari el año 75. Y retrata a Jenaro Flores y sus grupos de choque, Los locos, alejados de la idealización pachamámica. En una escena, Quispe es sacudido hasta sangrar por Los locos. Dos policías lo salvan, paradójicamente para un ex-ELN como él.


No todo es ferocidad. También hay generosidad, como la de Mario Urdininea –dueño del Hotel Torino– con el MITKA. Estamos en Bolivia, donde Fausto Reinaga quería vestir de inca al presidente J. J. Torres, en Tiwanaku. Reinaga fue así epígono del argentino Castelli y progenitor de los asesores de Evo.


Felipe acaba en una cárcel, pero boliviana, donde crece una cuidada planta de marihuana, entre alcoholizados y drogos volando de noche. Como David Choquehuanca, Quispe recibe instrucción –en su caso armada– en Cuba, pero no se detiene a relatarlo. Y uno se pregunta: ¿cuánto ha influido Cuba en Bolivia? El texto también contiene errores: Jenaro Flores no iba en silla de ruedas el 78 y García Meza no golpeó en agosto del 80.


Quispe no ahorra ofensas. Jaime Iturri es del “equipo de redacción” de los García Linera. Víctor Hugo Cárdenas es “dócil y servil” (los kataristas querían agusanar, laqunt’ar, con el entrismo, los partidos tradicionales y censuraban al MITKA por radical). Álvaro García es “prototipo criminal colonial”.

Luciano Tapia, “un triste monolito de Tiwanaku” y un “prepotente, farsante y embaucador”. Quispe prefiere a menudo la iracundia a la estrategia, a la vez que reclama (!) dirigentes buenos para negociar. Esa actitud ruda favoreció al más táctico Evo, que cosechó la siembra de El Mallku.


Las inspectoras de machismo tendrían materia en este libro, si se animaran a confrontar a su autor.

Éste alaba a los hombres de cojones y a las “mujeres bien puestas las vaginas” (sic). Como en la usanza minera, hasta las féminas han de ser “machas”. 


Quispe detesta a la Iglesia, pero su lenguaje visita el paso “de lo profano a lo sagrado”. Para él, como memoria de la mentalidad misionera en el país, ser egoísta es malo y el altruismo es bueno. Felipe defiende su “causa sagrada” contra los “q’aras opresores seculares”. Y desnuda su raíz española en el peso que asigna a la honra y el honor.


Este libro permite rastrear las fuentes de las que el MAS abreva, utilitariamente. Desde 2006, por ejemplo, nuestras autoridades asumen cargos con un juramento por los héroes, que deben leer para no pifiar. Quispe recuerda que ya el MITKA innovó el juramento oficial –y con más sencillez– en los años 70.


Felipe es quien reinstauró el exabrupto discursivo. Evo y el Vice son sólo sus émulos, para una audiencia que no es de clase media. Quispe es en eso discípulo de Constantino Lima, diputado del MITKA. Éste le dijo a Goni, luego de la muerte de su cuñado, que le “hubiera descargado los seis cartuchos de su revólver, a fin de que el patrón Iturralde sea enterrado muy pesado, lleno de plomo”.

El exabrupto es un arma para inquietar e invocar agravios de siglos.


Felipe porta la tradición de su  padre, Gavino Quispe, miembro de las “ovejas de Achacachi” saavedristas, grupos de choque de los años 20. A la vez, ostenta incorrección política. Cita y avala a Manuel José Cortés en sus prejuicios contra el indio y hasta luce reaccionario: “por desgracia: los aymaras somos unos inmorales”.


Leerlo incita a pensar cómo ensamblar un país de tradiciones tan distintas, sin esperar que unas extirpen otras, lo que nunca ha ocurrido finalmente. Mientras en la clase media prevalece el paradigma del doctor, un taimado selector de palabras, este libro expresa otro linaje. Con todos, así no guste, toca construir. Estamos en Bolivia.


Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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