Cartuchos de harina

Con Rusia y Bielorrusia, sólo por amor

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sábado, 28 de abril de 2018 · 00:08

Este mes, en sendas entrevistas el embajador de la Unión Europea y el inglés se refirieron con edulcorada preocupación al voto firme de Bolivia al lado de Rusia –incluso cuando China se abstiene– en el Consejo de Seguridad de la ONU.


Como embajadores, ambos representan intereses con los que los nuestros, muy educadamente, no siempre coincidirán. Pero, ¿qué intereses nos han enamorado ahora con la mamita Rusia y con su ahijada, Bielorrusia? Es una pregunta sin respuesta clara. La formulo sólo para honrar la chispeante frase de un político mexicano, que dicen parafraseaba a un prócer argentino: “lo importante no es cambiar de amo, sino dejar de ser perro”.


Esto me trajo a la memoria un episodio de 1950, cuando gobernaba con aspereza Mamerto Urriolagoitia. Entonces vino una misión de la ONU, a cargo del canadiense Hugh Keenleyside. En cuatro meses esa misión llegó a una impopular conclusión para el nacionalismo opositor, ya prevaleciente en Bolivia: el Estado debía incorporar por cinco años a funcionarios internacionales de la ONU en cada ministerio y en la Contraloría. Voces del nacionalismo y la izquierda se alzaron estridentes contra esa invitación a ser un protectorado.


No obstante, como una página web de la ONU reseña con candor, en gobiernos posteriores –integrados por parte de los que berrearon contra Keenleyside– la representante de la ONU desplegó, seguro de buena fe y acaso sin conciencia plena de que ya habían sido cuestionadas, las recomendaciones de Keenleyside: asistía al gabinete presidencial y funcionarios de la ONU dirigieron, en los hechos, cardinales áreas de la política pública, a través de asesorías.


El caso es que hoy, según se colige de lo que afirman aquellos dos embajadores europeos sin ningún desmentido boliviano, en el Consejo de Seguridad de la ONU no votamos ni siquiera como país no alineado. Y eso ocurre justamente cuando el neonacionalismo de moda izquierdista echa víboras al pasado en el que Bolivia a menudo observaba inerme los dictados ajenos.


De ahí que interese el origen de este afecto repentino en la ONU por el gobierno sirio, gracias a los predicamentos rusos. O, con otro ejemplo, saber la causa por la cual cancelaremos la membresía del club de amigos de “la cultura de la paz” –que clavó su banderín en nuestra Constitución- para fabricar armas con Bielorrusia–.


Una de las premisas de cualquier tópico anticolonial es que uno puede gobernarse, que no requiere usar una sonrisa servicial por miedo o interés. Pero las tutelas no sólo se presentan en la forma de zafias fiestas de cowboys en una embajada, como antaño. La asesoría política externa entre bambalinas, las potencias que en secreto dan línea, los “consejos” de organismos internacionales, las actividades de inteligencia sugeridas o ejecutadas por otros también califican de coloniales, en tanto suplantan la voluntad y la germinación propia.


Como contra la misión Keenleyside, es regio reclamar por el neocolonialismo visible, pero acoger con venias el que no se publicita. Tal cual seguramente dicen los periódicos que revisan los tuiteros del Presidente, el representante del FMI en Bolivia, Eliahu Kreiss, fue para el último Banzer más importante que varios ministros ¿Hay ahora una figura rusa o cubana similar, pero de bajo perfil?


Quizá cíclicamente acabamos alineados con algún regente externo no sólo por la aciaga realidad del poder universal. Habría que examinar con crudeza los consejos de Keenleyside en 1950, época de conmociones en el país. La tutela externa es pues más factible en una nación de difícil autogobierno, cuya política es sólo una sucesión de reyertas, de secuelas de vencedores y vencidos.


Tal vez hay una falla anexa a nuestras divisiones étnicas, clasistas, regionales o políticas. A lo mejor por todo eso sencillamente nuestro autogobierno requiere de un bastón externo. Que misiones internacionales abiertas o reservadas nos digan qué hacer y cómo votar. Sea que provengan de la ONU, Estados Unidos, la UE o, nuevas y brumosas, de La Habana, Moscú o Minsk.

Gonzalo Mendieta Romero  es abogado.

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