Cartuchos de harina

Los populistas y el Cardenal

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sábado, 07 de julio de 2018 · 00:12

El populismo es poco más que técnicas y discursos, si se lo ve fuera de las causas y rupturas en las que se incuba. Es también vehículo de la protesta agriada y, por qué no, de ciertos cambios necesarios, a falta de quien los induzca de otro modo. Intentando entenderlo, sus enemigos menos aventajados podrían exorcizarlo, sin remedar tanto sus maneras. 

“Populista” es peyorativo para sus detractores (como decirle “ebrio” al chupaco, en vez de un sentimental: “borrachito”), pero la vacuna no es hacerle el juego a las artes populistas del “nosotros” contra “ellos”. Al contrario, así se lo reafirma.

 El caso del Cardenal es buen ejemplo de cómo funciona el populismo. Toribio P. Ticona fue obispo auxiliar de 1986 a 1992 y desde ese año hasta 2012 obispo titular. Fue prelado, entonces, por obra de la Iglesia de Juan Pablo II, a quien presumo el Gobierno no tiene en su santoral, junto al Che Guevara (espero que esta breaking news no lleve a nadie a retractarse de su justificado aprecio al Cardenal). El Papa polaco, adversario del comunismo y de la Teología de la liberación, consagró obispo al hoy cardenal Ticona.

Como se ve, si se va a felicitar a la Iglesia católica porque acoge indígenas en su jerarquía, se está al menos 32 años tarde, aunque igual se ignoraría a otros obispos. Por ejemplo, al fallecido Adhemar Esquivel, de sangre aymara, autor de oraciones y cantos en esa lengua, que tantos harían bien en aprender por la quebrantada salud de sus almas, no sólo en el MAS. Esquivel fue párroco en Jesús de Machaca y trabajó también de obispo junto a los jesuitas de CIPCA, y no precisamente con las élites criollas bolivianas.

Se podría preguntar además por qué antes de ser cardenal, monseñor Toribio era considerado por el oficialismo parte de la estigmatizada “jerarquía eclesiástica”, sin excluirlo nunca. Esa jerarquía a la que el MAS zarandea, aunque algunos de sus miembros animaran sin reservas, ingenuamente igual, el actual proceso político. No quiero imaginar que al Gobierno le guste más el estatus cardenalicio –digamos que por chic– que el de un sencillo obispo, sea de Coro Coro, Riberalta o El Alto.

Pero para la cofradía ideológica que examino, los hechos pueden remodelarse a conveniencia. Como no estamos ante historiadores o profesores de moral, sino ante políticos, el símbolo les es más importante que la sustancia. De ahí que las lisonjas al cardenal Toribio no figuren en discursos oficiales previos a la noticia de su cardenalato. Ticona es ahora un símbolo que disputar. Tanto mejor si por medio de un apropiado discurso antiélite, “la jerarquía”, de la cual con magia blanca se ha quitado al cardenal, obispo emérito hasta ayer.

De paso, sirve para que el populismo busque encarnar a los excluidos que quieren un lugar dentro, en el sistema. Lugar que, curiosamente, como ya probó el obispo Toribio, fue construido en parte por la Iglesia, sin alharacas. Es que los mitos son eficaz utensilio de esta corriente. A la pasión que precisa ver élites malignas junto a todo mal, bien le viene una oportunidad.

Paradójicamente, empero, sólo cuando monseñor Toribio alcanza el segundo lugar más alto de la jerarquía es reconocido como parte del “pueblo”. Hasta ayer les era anónimo porque políticamente no valía la pena detenerse en la nimiedad de que la Iglesia no responda a los prejuicios de casa. Es que para el populismo –lo señalan los populistas– la categoría “pueblo” es móvil. Más relevante es contra quién se estrella, para darle sentido y unificar las frustraciones de muchos en su detrás.

Los populistas alegan que les interesa la democracia de mayorías, de pobres y oprimidos, y la redistribución de riqueza. Como no suelo creer todo lo que me dicen, temo que a menudo les importa más su éxito, como al empresario el lucro.

Sólo me solaza que ahora estén frente a un Papa peronista y jesuita, para quien los símbolos también son maravilloso material. Por ejemplo, para hacer que un presidente de izquierda indigenista reverencie a la Iglesia católica en un consistorio en Roma.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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