Gonzalo Mendieta Romero

Bolivia, el país sin alquimistas

sábado, 26 de octubre de 2019 · 00:12

La trama de esta columna me llegó como una epifanía porque los palcos en la discusión pública están atestados, ni qué decir en las redes. Un palco va colmado por los que bailan o callan para solazar o, siquiera, para no agriar al jefazo; el otro, por titanes cuya gloria quedará en fotos para la historia. Y puesto que por el heroísmo compiten tantos, mi consuelo fue escribir desde una silla, pero propia, en días en los que abundan la gasolina y las mechas.

Empiezo por el principal responsable. El MAS, que adolece de al menos dos limitaciones, más graves que la conjura marciana para dar un golpe o para acabar con la épica evista de spots de Tv. La primera de esas limitaciones, confundir la política con el control del Estado, al grado de la adicción. El MAS como un junkie del Estado.

Como un discapacitado, el MAS ya no hace política sin pie de gato estatal. Que ésa sea la tradición cubana -van en ese tren 60 años-, vaya y pase, pero en el trizado tablero local siempre hace falta para la política algo más que la camaradería de pegas, fiscales, beneficiarios, militares y burócratas. Evo estima que no hay vida después del Estado; receta antigua para perderlo.

El segundo problema es ese hábito que un gastronómico llamaría “consumir sin pagar”. El MAS se resiste a saldar el precio de sus actos. Por ejemplo, solito, sin ayuda, eligió un Tribunal Electoral (TSE) con mayoría de obedientes o ineptos. Luego intimó a los más acreditados a saltar del barco o rubricar la candidatura de Evo. A Costas lo sujetaron a la mayoría interna hasta el domingo. Antes, el MAS se valió de jueces para sortear el fastidio del referendo en contra.

No fue el complot de la OEA, el aparato galáctico “de la derecha” o las cadenas hoteleras de Trump, sino ese TSE el que deslegitimó la elección, al suspender el cómputo preliminar. El que provocó esa suspensión es un idiota, aunque posea butaca en el palco oficial.

La sucesión perpetua de trucos desde las instituciones del Estado culmina así: los evistas creen en el resultado, los contrarios no. El quid de una elección es que el perdedor la acate, sobre todo si el derrotado es masivo. En el palco oficial ahora se rebanan el seso por las rudas opciones que derivarán de unos comicios perforados. Resistirse a pagar el precio se traducirá igual en la necesidad renovada de la fuerza. Y en un futuro revuelto o inviable, después de un camino de calamina.

Mientras, la ira del votante opositor es tal que quien no la amplifique se arriesga a ser lapidado in situ. El “voto útil” de Mesa terminó por construirle un significativo espacio. No obstante, ni Mesa imagina cómo gobernaría si el MAS, en una movida no de boy scouts sino de Belcebú, se privara de la morfina estatal y le entregara las llaves del Estado, después de una segunda vuelta que, tal parece, no será. El empute le hará espinosa la pega a Evo, pero hoy la fuerza de Mesa alcanzaría para gobierno de transición. La oposición política precisa trascender ese aire de foto de primos de clase media.

Por otra parte, hasta el jueves la oposición se prodigó en lirismos para la tribuna por la defensa del voto, pero no esculpió un objetivo concreto para la movilización callejera. Un ojo zahorí anotaría que en las arengas Mesa protestó por el “fraude escandaloso”, pero en su carta a la OEA (con la carne en el asador) la tesis fue más recatada: “el ciudadano percibe una maniobra de fraude, para evitar la realización de la segunda vuelta…”.

En los desafíos, Evo, único boliviano autorizado a decir lo que se le ocurra sin riesgos, fue prolífico en improperios y amenazas veladas, práctica segura con el poder detrás. En cambio, los opositores pestañearon, cobijados por si acaso en el pacifismo, doctrina que también abrazó el presidente del Comité Cívico cruceño.

Fuera de eso, si arbitrariamente y por puro ocio sumamos el voto del MAS al del MTS de Patzi, llegamos a un número tétricamente similar al de agregar CC, BDN y el PDC de Chi. Gobernar un país de trozos así en pugna es como la alquimia, pero sin alquimistas.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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