Cartuchos de harina

Almagro, sin reír (mucho) y sin llorar

sábado, 25 de mayo de 2019 · 00:12

En su Zaratustra, Nietzsche escribía que hay que cuidarse de adorar ídolos, pues podrían aplastarte cuando se derrumben. Luis Almagro, Secretario General de la OEA, pasó en un par de días de galán a villano en ciertas huestes opositoras y recorrió un camino atenuadamente inverso en las filas oficialistas. Su derrumbe alcanzó para aplastar sobre todo esas exhibiciones de selfis que ya no veremos, de los que antes posaban con él, chochos de la vida.

Me importa menos definir la catadura moral de Almagro, sobre la que ya se ha opinado, a lo barítono y a lo tenor, y respecto de la que el propio Gobierno arrojaba garabatos que hoy elige no recordar, como en el chaqui después de unas noches rociadas. A dejarlo todo en el desahogo biliar o festivo, es mejor intentar comprender, sin reír ni llorar, como pedía ese sefardí de nombre Baruch.

Almagro dijo algo delgadamente distinto de lo que los titulares reflejaron, aunque tuviera un efecto político semejante, favorable al MAS. En Bolivia, el Secretario General de la OEA no afirmó a secas que fuera discriminatorio impedir que Evo candidateara. En versión simple, ése es el argumento del Tribunal Constitucional que destripó el referéndum de 2016.

La discriminación aludida por Almagro es la que, alegó, sufriría Evo si el sistema interamericano de derechos humanos se pronunciara sobre su candidatura antes de las elecciones, cuando no lo hizo en casos semejantes (Nicaragua, Honduras, etc.).

La explicación de Almagro vino adobada en calificaciones para rebajar su impacto. Por ejemplo, él añadió: “…más allá de posiciones filosóficas al respecto o más allá de posiciones políticas al respecto…”, anunciando que “…este tema en algún momento se expedirá en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)”.

Así, lo que Almagro cañoneó fueron las apuestas de que la CIDH se pronunciaría (contra Evo) antes de las elecciones de octubre. Cañoneó, pero sin jugarse por el argumento que habilitó al dueto oficialista a candidatear de nuevo. De ahí que, en Argentina, menos agobiado y sin Evo ni la oposición respirando en su nuca, sostuviera que –para él– reelegirse no es un derecho humano. Luego, en Chile, quedó claro ya que Almagro se había machucado la lengua en este periplo.

Quienes cuentan con la CIDH, idealizan a las burocracias internacionales o les profesan un cariño que deberían vigilar como la presión, los hipertensos. Esas burocracias albergan más bien una debilidad por no incomodar mucho al poder interno de los Estados, salvo que sus gobiernos se hallen en etapa terminal o sean el blanco de poderes mayores. Si a Daniel Ortega, con su haber de torerías, no le han aplicado aún penitencias de peso, es improbable que las descarguen ahora contra Evo.

La oposición reaccionó airada, primordialmente porque su audiencia más vocal se enardeció por Almagro, y porque hay un concurso de quién es más opositor que quién. Esas reacciones no deberían impedir pensar, sin embargo, por qué Almagro pasó del hermanazgo con Tuto a la cercanía con el Gringo (González, no Trump).

Cualquiera sea el motivo último del reacomodo, la pregunta ácida es si Almagro actuó así también porque él y otros actores internacionales calculan, con gélida mirada, que aún no se ha puesto en duda seria la continuidad de Evo, y que quizá por eso es preferible atraerlo y “aconsejarlo”, no fustigarlo.

En una línea menos evidente que la de Almagro, por ejemplo, Rubio, Abrams, Bolton y Trump son una colección de halcones que se despacha con confianza contra Maduro, Ortega o Cuba (incluso Trump macaneó a viva voz a su aliado colombiano Duque), pero que evita –aún– dispararle a Evo. Como otros glosaron ya, tal vez para Almagro & Co. Evo pueda ser además un alfil que ayude a resolver el enredo venezolano, en vista de que a pechazos no se ha podido. Venezuela pesa más que Bolivia.

Sería irónico que todo eso le diera a Evo ocasión de reinventarse en la arena hemisférica, con las bendiciones interesadas, en voz baja o no tanto, de algunos de sus otrora malqueridos, Almagro por delante.

 


Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
 

Confidencial

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