Gonzalo Mendieta Romero

Torerías electorales

sábado, 24 de octubre de 2020 · 00:12

Aunque,  como decía Shaw, aprendemos de la experiencia que los humanos nunca aprenden nada de la experiencia, las elecciones dejan algunas conclusiones. Por ejemplo, que la política es también un oficio, como ser doctora, astronauta, estríper o abogado. Por eso, salvo excepciones, son los toreros de carrera, los políticos, los aptos para sus torerías y faenas. Incluso, visto con pesimismo callejero, una de las magras ventajas de la democracia representativa es dejarles la arena (y a veces la bosta) a los toreros, aunque renten de eso.

En el caso de la semana pasada, es patente que en el MAS hay más profesionales de la política que en ningún otro bando; se nota en sus técnicas, navajazos y resultados. En cuanto a los rivales del MAS, la política activa no es el mejor lugar para la ilusión, los pasatiempos o la sensibilidad. Lo digo sin deleite, pero es la verdad efectiva como la pienso, acertado o no.

Entre las técnicas electorales cada vez más usuales, el hit de esta época es la arenga antiélites. Trump se mofa de la crema y nata norteamericana y del exquisito francés, sin acento, del exsecretario de Estado, John Kerry, epítome del bostoniano de clase alta, ilustrado y bien pensante. García Linera hacía escarnio de su aborrecida “clase media tradicional”, a la que tanto se parece. VOX se despliega contra la “progresía” española, alegando que esta se pregunta por el “impacto de género” hasta para poner un columpio. Igualmente, Putin confina, espiritualmente y no tanto, a la intelectualidad refinada, desde la verticalidad cosaca y el uso de la TV para su puesta en escena.

No sé si todos ellos crean de corazón lo que aducen, pero ejercen la política como teatralidad y expresión de sentimientos, necesidades, impulsos, identidad y resentimientos del votante. Es más probable ahora fallar por apagado que por fogoso. La dopamina, capaz de traducirse en la felicidad del elector, es la moneda de curso legal. Algo de ese eficaz repertorio se vio de nuevo en las elecciones. Constatarlo es crudo, pero es mejor a mentirse, aunque el éxito político no sea siempre igual a la virtud.

Luego, en lo que era pan de cada día para los griegos, la política es el arte de agrupar a los pocos y a los muchos. Y perdón por la perogrullada, pero en la democracia mediática tiene más chances quien capta los gustos y ansiedades de los muchos. Aquí, por ejemplo, es marcada la predilección por quienes pisan callos y no tanto por los consultores con su breviario de consensos, como el que portaba un excandidato a Vice.

En Bolivia hace rato hay una coalición social mayoritaria distinta de la reinante hasta el 2002. Ya no basta que el candidato se adorne con aguayos. Esta nueva coalición ansía sus propios códigos, se inclina por el contacto emotivo y por merendar parte de la torta estatal a través de sus organizaciones. Como las de otros segmentos sociales, estas últimas, para no idealizarlas, están entre la representación y la prebenda. A eso se suma el rechazo por el menor lunar que se lea como racismo y por el olor a pedigrí o elitismo. Es difícil identificar, hoy, un método de seducir a ese electorado equiparable al del MAS, tan “movimientista” en sus reflejos. Les tocará a los toreros forjar otra mayoría que coloque al MAS entre los pocos, privándolo de los muchos. Pero esa mayoría no saldrá solo de la alianza de Tiquipaya, Las Palmas, Sopocachi y San Lázaro, en el centro de Sucre.

Entre otras cosas, el MAS es una confederación de dirigentes con un discurso archiconocido y popular, que camufla la naturaleza también prosaica de sus intereses. Tal vez sea éste a la larga un flanco débil del MAS, así como su franquicia de ciertos valores alejados de la Bolivia tradicional, que ha moderado hasta aquí, no obstante. Lo prueba el perfil socialconservador del presidente electo.

He intentado aquí no hacerme el torero cuando ha pasado el toro, pues transmití estas ideas, antes del domingo anterior, a los toreros abiertos a oír y hasta a los que no. Claro que siempre es más cómodo ser uno del público que un matador.

 

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.
 

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