Gonzalo Mendieta Romero

Escoger entre lo macabro y lo horrendo, y en breve

sábado, 28 de marzo de 2020 · 00:08

A mí también me gusta elegir públicamente entre lo bueno y lo malo porque encima se pueden dar lecciones morales gratis, que lo hacen quedar de perla a uno, sobre todo en política. Estas semanas, por ejemplo, casi no hay quién deje de abogar vocalmente por que se respete la cuarentena, pues el coronavirus y la sociabilidad humana se llevan bien, infelizmente. Por eso se repite, con razón, #quedateencasa, sin que falten los políticos que dan clases y pontifican, como enseñan las mañas de su oficio.

La vaina llega cuando, como en estos días de ensayo general del apocalipsis, no sólo se ve venir el dilema entre lo macabro y lo horrendo, sino que, efectivamente,… el dilema viene. Y ya no será suficiente pregonar la virtud universal, lavarse bien las manos u otras soluciones sin mayor peso conciencial.

Esa encrucijada aparecerá aquí a propósito del tiempo que aguantemos en cuarentena total o en estado de emergencia sanitaria -para no dictar estado de sitio y pasar por un Congreso dominado por el MAS-, sin que la economía de los más vulnerables haga crack y ellos decidan hacerlo constar. Cuando, Dios no quiera, haya que elegir entre el contagio o la hambruna.

Porque, lo vimos hace poco, ese crack afloró ya en la forma blanda del desacato personal o grupal, tal vez inspirado en la indisciplina nacional o en supersticiones difundidas por malevos interesados en una revuelta. Pero el crack puede asomar también de forma menos tímida y más fragosa, si la cuarentena total durase un par de meses. No sería para nada históricamente anómalo. Sería como un alzamiento a la manera típicamente francesa, o boliviana; como la Jacquerie, esa insurrección medieval que ocurrió también debido a la peste negra.

Si a eso le agregáramos, como quien salpimienta una ensalada, un funcionario que, como destreza principal, a falta de pan mande a la gente a comer tortas o a ir presa, retocaríamos al óleo el cuadro histórico perfecto. Ése que, un casual día 14 de julio de 1789, provocó que el duque de la Rochefoucauld retrucara a Luis XVI, con una franqueza indigna de los subordinados serviles que abundan en cualquier Estado. Fue cuando Luis XVI quiso calmarse la ansiedad y farfulló que eso que ocurría en julio de 1789 era “una revuelta”; a lo que la Rochefoucauld le soltó: “No sire, es una revolución.”

Como lo mío no es la quiromancia o adivinar el futuro, quedaré contento si estas conjeturas al vuelo no se materializaran por exageradas y si, más bien, despacháramos en semanas la cuarentena total, sin episodios que se llamen “históricos” de veras.

El caso es que, fuera de nuestras fronteras, la disyuntiva entre lo macabro y lo horrendo empieza a tomar cuerpo. Primero, a través de portavoces inelegantes como Trump, Bolsonaro o AMLO, concernidos por los efectos de la cuarentena total en la economía o, tal vez en algún caso, también en “su” economía.

Por razones distintas, esos tres gobernantes vociferan contra la cuarentena total, pues apuntan que una economía hecha flecos provoca su propio tendal de afectados y, quién sabe, de muertos. El inconveniente es que esas afirmaciones portan su porción de verdad, incluso si las dicen Trump, AMLO o Bolsonaro, en medio de sus delirios.

Lo que esos presidentes expresen puede bien ser recibido con cejas levantadas, pero el debate no ha hecho sino crecer. Holanda ha desestimado la cuarentena forzosa. La ministra española de Hacienda -del PSOE y poco sospechosa de bolsonarismo- preguntaba recién si, para evitar el descalabro y en vez de apagarlo todo, no conviene activar de a poco -con prevenciones contra el virus- otros sectores de la economía, además del alimentario y el de salud.

Porque suena poco grato mencionarlo, pero entre nosotros ya hay gente que va a laburar y no puede darse el lujo de acatar el #quedateencasa. Son enfermeras, vendedores de comida o policías.

Y así, cuanto más tiempo pase, será más imperioso que alguien asuma la responsabilidad de indagar cuándo las medidas que aplicamos pueden acabar siendo la causa de que la calamidad se ahonde.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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