Más allá de El patrón

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viernes, 03 de noviembre de 2017 · 00:00
En 2010, durante una cátedra en la Universidad Javeriana de Bogotá, Germán Rey –sociólogo especialista en comunicación e industrias culturales- cuestionaba el proceso de "narcotización” de la televisión colombiana, particularmente de sus novelas.
 
Rey explicaba que esta "narcotización” audiovisual se debía al exceso de historias de narcotraficantes, representadas en las telenovelas –"como si no habría más de qué hablar en Colombia”- y a la manera en que éstas incidían en las audiencias.
 
El narcotráfico ya no sería visto como un agudo y complejo problema social, sino como la historia personal (y muchas veces espectacular) de "un capo”. Argumento que se fortaleció aún más con la llegada de la serie El patrón del mal (2012), basada en la investigación La parábola de Pablo Escobar, de Alonso Salazar (2001). Al escuchar el título de esta serie, probablemente muchos lectores habrán pensado en "La Patico”, "El niñito de Atocha” o simplemente en "Pablo Emilio”.
 
Esta serie se popularizó en la región en los últimos años y Bolivia no fue la excepción. Sin embargo, ¿estaremos conscientes del problema en el cual se basa ésta u otras series similares? ¿Estaremos conscientes que más allá de las telenovelas extranjeras, el narcotráfico es un problema in crescendo en nuestro país? ¿O estaremos siendo parte del cuestionado proceso de narcotización?
 
Planteo estas interrogantes a partir de la nota "Beni: cuatro clanes familiares manejan el narcotráfico”, publicada en Página Siete el pasado domingo 29. En este reporte, se evidencia cómo varias zonas del departamento oriental han sido cooptadas por el tráfico de sustancias ilícitas por grupos particulares.
 
Ciertamente, la presencia del narcotráfico en Bolivia no es una sorpresa. Sin embargo, deberían alarmarnos sus avances. Principalmente, por las consecuencias que se pueden prever. Una idea de aquellas implicancias la otorgan los colombianos Belzner Salazar y Rodríguez Prada (2010) en su investigación sobre los impactos económicos y sociales del narcotráfico en su país, entre 1980 y 1995. De las tantas que presentan, quisiera destacar tres.
 
 1) La intensificación de prácticas que descomponen el orden social local. Entre ellas está la
 
búsqueda de dinero fácil, que afecta económicamente a los sistemas de producción y, socialmente, a los posibles trabajadores. También, se encuentra el incremento de redes de prostitución y de violencia organizada, en las zonas donde se producen y distribuyen las sustancias ilícitas. En el departamento de Beni, éstas serían Magdalena, San Ramón, Santa Ana de Yacuma, San Borja y Guayaramerín.
 
 2) La fragilidad en las instituciones sociales. Al cooptar los capos los territorios, se imposibilita la organización civil, libre y autónoma de las comunidades. Al mismo tiempo, las organizaciones de narcotraficantes atacan al Estado, pero intentan ejercer funciones que le competen, como la vigilancia y la justicia. Se institucionaliza entonces un orden con base en la amenaza y el terror. En el caso particular del oriente boliviano, ¿podrán los citados clanes asumir tal rol? 
 
3) La violación silenciosa y permanente a los derechos humanos. Este punto está relacionado con la desaparición y desplazamiento forzado de habitantes locales, que no quieren ser parte de las redes de producción y distribución ilícitas, o de quienes simplemente "estorben” tal proceso. En el caso colombiano, esta ha sido una de las principales y más complejas consecuencias del narcotráfico, atravesado por el conflicto armado. En Bolivia, pensaremos que al no tener este último, no pasaría lo mismo. Pero, ¿podemos estar seguros al respecto? ¿será mera casualidad la idea de una carretera, que atraviese una comunidad indígena, precisamente ubicada en el Beni? ¿producirá aquella un desplazamiento?
 
Finalmente, cabe destacar otra consecuencia importante del narcotráfico: el asecho a periodistas que tratan de revelar situaciones al respecto. Colombia es un ejemplo. México ahora es otro. ¿Podrá Bolivia incorporarse a la lista? Esperemos que no. Para ello, veamos más allá de "el patrón”, veamos lo que pasa en nuestro alrededor. Y cuestionemos.... no dejemos penetrar la narcotización.
 
Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en comunicación.

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