Alias Agatha

¿Por qué seguir creyendo?

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viernes, 26 de enero de 2018 · 00:04

En un mundo donde el presidente de Estados Unidos es Donald Trump. En una región, donde las opciones políticas están reducidas y polarizadas. En un país, como Bolivia, donde la democracia plena está en riesgo. Y en un contexto posmoderno, donde el lazo afectivo se ve amenazado y fragilizado, hacerse la pregunta que titula este artículo parece un insensato atrevimiento. 


Sin embargo, la rica cultura paceña ofrece una posible respuesta, con una de sus celebraciones más particulares: la Alasita, celebrada oficialmente cada 24 de enero y recientemente declarada patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. 


La esencia de esta celebración es la creencia en la materialización de los sueños y deseos, que permiten hacer contención a la incertidumbre que atraviesa el sujeto contemporáneo; más aún, porque la forma de realizar esta “resistencia” se basa en el juego, una dinámica que incita a creer en algo más que el devenir cotidiano y mundano. 


Esta fiesta consiste básicamente en creer. Sí, creer en que cada uno de los bienes ficticios adquiridos puedan materializarse gracias al Ekeko, el dios de la abundancia. Una deidad que sería originalmente andina y españolizada en su semblante, desde 1781 por el entonces gobernador de la ciudad de La Paz, Sebastián de Segurola. 


Son muchas las hipótesis que se han postulado sobre el origen de la Alasita y las posibles explicaciones sobre la naturaleza utópica de la misma. Sin embargo, como bien afirma el estudioso del tema Galo Illatarco, varios coinciden en que aquella es “una festividad paceña de carácter cíclico y se caracteriza por la tradición de adquirir, intercambiar y/o comprar illas (amuletos, imágenes) de muchos tipos y formas vinculadas a la producción agrícola y ganadera, a la fertilidad vegetal, animal y humana, y en general, al bienestar material, físico y espiritual”. 


Esto permite que los sujetos que creen en esta celebración y participan de la misma puedan visualizar su bienestar en objetos pequeños (illas), abriendo una posibilidad más concreta de pensar en un futuro estable, acorde a sus expectativas en diferentes ámbitos: el económico, el afectivo, el familiar, etcétera. 


Y dada la masiva participación -para muchos cada vez mayor- que se observa en múltiples puntos de la ciudad cada 24 de enero, se puede inferir que esta práctica satisface los ideales de los sujetos... o al menos eso creemos. Pero cómo no hacerlo cuando en la era del miedo líquido -como afirma Z.

Baumann- “experimentamos una ansiedad constante por los peligros que pueden azotarnos sin previo aviso y en cualquier momento”. Necesitamos aferrarnos a ideales para poder soportar y resistir la compleja sensación colectiva de incertidumbre, supuestamente superada en la modernidad secularizada, pero que vuelve a hostigarnos en este tiempo.


En dicho escenario, ¿qué mejor manera de resistir la penumbra de la realidad sino es a través del juego? 


Todos quienes participan de esta fiesta parecen convertirse en niños que juegan con sus refinadas miniaturas, aún cuando sea por instantes. Desde el momento de la compra, se advierte una mirada infantil en todos los asistentes, cargada de picardía e ilusión. Luego, toman sus “juguetes”, los bendicen, los apretan con fuerza -como un niño a su muñeco-, los intercambian, “pagan deuda”,  los guardan en secreto y se sienten satisfechos con este juego. 


Esta triunfante sensación no sólo se explica porque en este juego no hay perdedores, sino además porque el mundo lúdico permite al sujeto escapar de la realidad cotidiana para poder resistirla y finalmente, vivirla -tal como advierte Hans Gadamer y otros filósofos-. No por nada, nos han bautizado como “homo ludens”. 


Sin el juego, no sería posible la existencia humana.... Sin creer, tampoco. Y la Alasita nos muestran cada año cómo y por qué hacerlo, a pesar de las adversidades de nuestro contexto. Una expresión cultural de utopía que inspira.  

Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en comunicación. 

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