Alias Agatha

El sentido sociopolítico del Carnaval

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viernes, 09 de febrero de 2018 · 00:04

“Las festividades son una forma primordial determinante de la civilización humana (…) siempre han tenido un contenido esencial, un sentido profundo y han expresado una concepción del mundo (particular)”. 


Cuando Mijail Bajtín planteó esta idea –en el marco de su análisis sobre las fiestas en la Edad Media y el Renacimiento– hacía un énfasis particular en el Carnaval. Una celebración que marcó la historia de la civilización occidental y que ha tenido la virtud de interpelar al orden político y social. 


En la coyuntura de esta prolongada festividad, y a pesar de quienes la consideran banal, ¿cómo pensar en el sentido político del Carnaval? ¿Por qué éste tendría una facultad para interpelar a la sociedad?  


El citado teórico ruso propone tres elementos fundamentales para responder estas interrogantes: la facultad “democrática” del Carnaval; su forma particular de relacionar  la diferencia, a través de un orden festivo particular; y el lenguaje carnavalesco –compuesto por la risa y la máscara–, que permiten resistir y cuestionar a la imposición de “la verdad” dominante, por medio del humor y la ridiculización.    


“El Carnaval está hecho para todo el pueblo. Durante el Carnaval no hay otra vida que la del Carnaval. Es imposible escapar, porque el Carnaval no tiene frontera espacial”. 


Ciertamente, a diferencia del Carnaval de la Edad Media que analizaba Bajtín, actualmente hay costos –como el de las graderías en la ciudad de Oruro– para algunas actividades carnavaleras. Sin embargo, precisamente por la capacidad de esta fiesta para trascender un solo espacio físico y, en el caso boliviano, también temporal (por los días de celebración), todos pueden llegar a festejar, dependiendo de sus recursos. Así, por ejemplo, Oruro celebra su fiesta más importante, con gradería incluida o no, antes y después de la entrada de las fraternidades. El goce se democratiza y además, es plural. 


“En el Carnaval se elabora un nuevo modo de relaciones entre toda la gente que se opone a las relaciones jerárquicas y todopoderosas de la vida cotidiana”. 


Probablemente, al pensar en las comparsas del Carnaval cruceño, que reúnen a amigos que suelen frecuentarse el resto del año, podríamos considerar la improbabilidad de esta afirmación. No obstante, si se piensa en la distribución aleatoria de pintura –una interacción regular del Carnaval oriental–, que no discrimina por la condición social, se evidencia una oposición a la estructura regular. 


La interacción en el Carnaval supera las fronteras sociales regulares y construye un orden particular.

En este contexto, las altas jerarquías sociales o políticas pueden estar subordinadas por actores que asumen un rol superior en esta festividad, por ejemplo, el Pepino en el Carnaval de La Paz. Esto es posible gracias a un lenguaje particular. 


 “De ahí que todas las formas y símbolos de la lengua carnavalesca estén impregnados del lirismo (…) de la renovación, de la gozosa comprensión de la relatividad de las verdades y las autoridades dominantes”.


Esta “lengua carnavalesca” para Bajtín se sostiene en dos elementos fundamentales: la risa y la máscara. Ambos permiten cuestionar y trascender aquello que la cultura dominante y el establishment, político, sostienen como “verdad”.


Para resistir al orden regular, donde comúnmente “el deber ser” social se centra en la seriedad y el humor tiende a ofender al susceptible, la risa en el Carnaval se presenta como una capacidad para burlarse de todo aquello que resulta insoportable y cuestionable en la cotidianidad. El baile y la música acompañan ese cuestionamiento. Como lo hace el grupo carnavalero Los Olvidados. Sus coplas, muchas veces improvisadas, logran producir una risa de la coyuntura actual, interpelándola. 


Además, ellos, como muchos otros que celebran el Carnaval, no sólo usan la risa como lenguaje fundamental, sino también la máscara, tanto física como simbólica. Esta permite transformarse, ridiculizar y transgredir las fronteras naturales que el poder regular quiere sostener como tal. Por ello, no es casual que en esta celebración, el disfraz sea utilizado con regularidad. 


A partir de todo lo dicho, ¿podremos seguir viendo esta fiesta de manera banal?

Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en comunicación. 

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