Alias Agatha

Con Ortega…¿for ever?

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viernes, 27 de julio de 2018 · 00:09

Hace más de cuatro décadas, en Nicaragua, un documental sobre el supuesto desarrollo económico  cerraba su presentación con trompetas triunfales la imagen de Anastasio Somoza García, embestida de militar, y la consigna escrita “Con Somoza ¡¡for ever!!”. 

 Estas letras no estaban escogidas al azar. Por un lado, representaban la  prolongada estadía en el poder de la familia Somoza (1934-1979), con el “for ever” (para siempre) y, por otro, la selección de este anglicismo habría implicado la estrecha relación de esta familia con Estados Unidos. 

 Hoy, el presidente de este país centroamericano, Daniel Ortega, está más relacionado con el accionar  de esta familia autoritaria y nepotista, curiosamente derrocada por el partido que representa (el Frente Sandinista de Liberación Nacional), que con el líder que inspiró este movimiento, Augusto Calderón Sandino.  ¿Cómo explicar esta creciente relación entre los Somoza y Ortega? 

 Porque al igual que el “somocismo”,  Ortega busca perpetuarse en el poder -como varios de sus pares en la región, incluido el de Bolivia-, a través de una red de poder con base en sus vínculos familiares, mientras condena a la diferencia y al pluralismo de ideas, con intervenciones violentas, olvidando los derechos humanos más básicos. 

 Como afirma Lilia García (2015), en la revista Estepario, los Somoza iniciaron una particular tradición “por perpetuar el poder entre sus familiares”. No por nada, esta dinastía dictatorial gobernó Nicaragua por poco más de cuatro décadas. En este periodo, historiadores y economistas reconocen que hubo un crecimiento económico destacable (particularmente entre los años 50 y 60), pero que este se concentraba en la familia reinante y en su estrecho círculo de poder. 

 En la nueva “dinastía”, Rosario Murillo, la esposa de Ortega, tuvo un alto nivel de influencia, desde que este asumió la presidencia (2007) y se consolidó el año pasado cuando ella asumió la vicepresidencia. 

 Para el periódico nicaragüense La Prensa, el poder concentrado en la familia presidencial ha incidido en el alto nivel de corrupción del país y en la inexistencia de investigaciones al respecto, en los últimos diez años (acorde al organismo Transparencia Internacional).  Por lo mismo, las libertades de expresión y de prensa están cada vez más restringidas, pues no le conviene a la pareja Ortega-Murillo y su entorno próximo que se develen más abusos de parte suya. 

 La condena a la diferencia y la represión del ejercicio de derechos básicos se asemejan a dos capítulos particulares de la dictadura Somoza. Por un lado, el asesinato, en 1934, del “General de Hombres Libres”, Augusto C. Sandino, que pretendía defender los valores de la libertad, la soberanía y la justicia para el pueblo nicaragüense. Aunque este hecho fue previo a la asunción al poder de Somoza García, este último admitió la autoría de este crimen por orden de la embajada estadounidense de ese entonces. 

 Por otro, cabe recordar que en 1974, Somoza Debayle suspendió los derechos constitucionales, con el objetivo de someter a la oposición a su régimen, compuesta por campesinos, activistas religiosos y varios representantes políticos. 

 Ese escenario es muy similar al actual, pues la protesta social ha sido reprimida con una creciente intensidad, en los últimos tres meses, olvidando el respeto a los derechos fundamentales y utilizando una fuerza militar desproporcionada. Como los Somoza lo harían con la Guardia Nacional. 

 Desde el 18 de abril, al menos 292 voces han sido silenciadas para siempre. Crece el número de denuncias contra detenciones ilegales y arbitrarias, ataques contra la prensa e incluso prácticas de tortura. Y el activismo religioso, nuevamente, es condenado por defender a los civiles. 

 Lejos está Ortega del ideal del “Programa de Reconstrucción Nacional”, que ilusionó a Nicaragua -en julio de 1979- al derrocar al último Somoza, donde el respeto al pluralismo político era una de las principales consignas. 

 Duele Nicaragua. Y duele la ilusión de la izquierda en la región. Igual, habrá que insistir que  “ya nadie detiene la avalancha de un pueblo que tomó su decisión”, como cantaba Carlos Mejía en La consigna. 

 

Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en comunicación. 

Confidencial

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