Alias Agatha

Ay Brasil, cómo duele tu pronóstico

Por 
viernes, 11 de enero de 2019 · 00:09

“Brasil volverá a ser un país libre de las amarras ideológicas (…) nuestra preocupación será la seguridad de las personas de bien, la garantía del derecho de propiedad y de la legítima defensa”. 

Así, con una expresión marcada a favor del control, la diferenciación, la privatización y la violencia, Jair Bolsonaro inauguró oficialmente su gestión presidencial, en el vecino país, el pasado 1 de enero. 

Estas frases se reforzaron con las primeras decisiones del ultraderechista. Por ejemplo, con la elección de su gabinete, conformado por militares, representantes conservadores, una mayoría de hombres, una totalidad de rostros blancos y un canciller que elogia a Donald Trump. 

O también con la decisión por cerrar el Ministerio del Trabajo, la propuesta para facilitar el uso institucional y particular de armas y su proyecto de una alianza con Estados Unidos “que es económica, pero que puede ser bélica”. 

En este escenario, el pronóstico para Brasil duele y atemoriza. Más aún porque proyecta un claro y perverso retroceso en las políticas sociales del país con mayor desigualdad de la región. 

Esta característica ha condenado a Brasil desde su supuesta independencia, en 1822. Entonces, “lo que estaba en juego no era la independencia de Brasil, sino la perservación de la monarquía de las Américas, así como la integridad territorial”, afirmó la historiadora Beatriz Miranda Cortez. Pues el poder pasó del emperador portugués Juan VI a su hijo, Pedro I. 

Esto explicaría una de las causas de la posterior y vigente estructura de exclusiones, desigualdades y vulnerabilidades que han caracterizado al vecino país, en beneficio de la población urbana y blanca, frente a la rural y no blanca.

Como explica el especialista de la CIESPAL, Nelson do Valle Silva, la barrera más fuerte en Brasil ha sido “entre las ocupaciones rurales y la base de la jerarquía urbana (…) muestra que son estratos bien diferenciados, socialmente distantes”.

Al respecto, cabe mencionar que las favelas, espacios condenados por la violencia y la diferenciación, fueron originadas por la marginación laboral de la población negra, luego de abolirse la esclavitud, en 1888. Entonces, los dueños de las fuentes laborales prefirieron contratar a migrantes europeos, antes que a los exesclavos. En consecuencia, estos últimos tuvieron que buscar tierras en la periferia para poder subsistir. 

Hoy, esos territorios han sido cooptados por la mancha urbana, pero la marginación espacial, laboral y social persiste. Más aún si se cruza la población asentada en estos sectores con su autoidentificación racial. Por ejemplo, a fines del siglo pasado, Valle Silva evidenció una clara distinción entre la esperanza de vida al nacer de un hombre blanco (con 66,1 años) frente a un no blanco (con 59,6 años). Asimismo, expresó la marcada diferencia entre ambas tipificaciones raciales para acceder al mercado laboral. Insistiendo en un “sistema de desigualdades, característico de la sociedad brasilera”. 

Para el año 2000, cuando el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Luiz Inácio Lula da Silva, asumió la presidencia, esta situación se ilustraba en un índice de desigualdad del 58,4 –acorde al indicador de Gini del Banco Mundial–. Para el año 2015, antes que Dilma Rousseff –la sucesora del PT– fuera expulsada de su cargo, este indicador había disminuido a 51,3. 

Un logro importante pero insuficiente, pues Brasil aún lidera la lista de países con mayor desigualdad, en la región. 

Esta situación ha causado otra de las graves condenas sociales de este país, su alto nivel de violencia, que Bolsonaro pretende combatir con más armas, más balas. Sin entender que la educación, la salud y el acceso al mercado laboral serían los factores para generar un cambio. 

Pero el flamante presidente está lejos de evidenciar un compromiso con la inclusión y la equidad social. Y lo que es peor, pretende fragilizarla aún más, a través de la violencia. Duele Brasil. Y duele la región, pues perdimos al país que otrora fuera un ideal de proyección. 

Resistir. Es todo lo que queda.

 

Guadalupe Peres-Cajías  es docente e investigadora en Comunicación Social.

Permítanos un minuto de su tiempo.

Para desarrollar el periodismo serio e independiente, esencial en democracia, que usted aprecia en Página Siete, contamos con un equipo de reporteros, editores, fotógrafos, administrativos y comerciales de primer nivel.

Los ingresos con que Página Siete opera son producto de nuestro trabajo; no contamos con prebendas de ninguna naturaleza.

Si usted desea apoyar el esfuerzo que realizamos, suscríbase a P7 VIP, para recibir de lunes a viernes una carta informativa por correo electrónico, que contendrá un resumen de las noticias y opiniones más interesantes de Página Siete, a un costo de sólo Bs 15 al mes.

Para suscribirse haga clic aquí o llame al número 2611749, en horas de oficina.

69
170

Otras Noticias