Alias Agatha

Lecciones de El Salvador

viernes, 08 de febrero de 2019 · 00:09

Domingo 3 de febrero. La fecha límite para que Nicolás Maduro recapacite y pueda convocar a unas elecciones plenamente democráticas y legítimas en Venezuela, a solicitud de la comunidad internacional. El mandatario se niega. Aunque su país atraviesa una aguda crisis política, económica, social y humanitaria. Testarudo. Las demandas de venezolanos se incrementan. Y las respuestas sensatas a este complejo escenario empiezan a reducirse, pero aún no se agotan. 

Sin embargo, aprovechando el conflicto, una voz insiste en una perversa alternativa: intervenir militarmente Venezuela. Es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ha expresado en más de una ocasión su resistencia a la inclusión y a la diferencia. Particularmente con la comunidad latina. 

Mientras tanto, otro hito se produce en el continente, aunque con menor impacto mediático: la elección de Nayib Bukele como presidente de El Salvador. Por primera vez, en 27 años, se rompe con el bipartidismo que ha gobernado el país centroamericano (entre la derecha de ARENA y la izquierda del FMNL). Una de las tantas secuelas que dejó su guerra civil (1981-1992), atravesada y enfurecida precisamente por la intervención estadounidense. 

Por ello, para hacer memoria y evitar opinar con excesiva facilidad sobre una posible intervención en Venezuela, considero oportuno sistematizar las consecuencias de una acción similar, en El Salvador, hace más de tres décadas. 

En enero de 1981, el entonces flamante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) decidió lanzar la “Ofensiva general” frente a casi 50 años de gobiernos militares continuos  que propiciaban un clima de represión y desigualdad  en El Salvador. 

Así se desató la guerra civil. Aunque durante décadas anteriores  hubo levantamientos en contra del régimen militar, cuya respuesta era el amedrentamiento y la represión. Más aún, a finales de los 70 con la amenaza de ser replicada la revolución sandinista de Nicaragua. 

A Estados Unidos este escenario le preocupaba. Por ello, entre 1978 y 1980, el presidente J. Carter decidió apoyar al Gobierno salvadoreño con el despliegue del IMET (Educación y Entrenamiento Militar Internacional, por sus siglas en inglés). A partir de 1981, su sucesor, Ronald Reagan, fortalecería el apoyo técnico y militar para contrarrestar el movimiento insurgente, con tres consecuencias fundamentales. 

Inicialmente, el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas salvadoreñas, sin límites. Según el Manual de Operaciones de Contrainsurgencia del Departamento Militar de Estados Unidos, aplicado en El Salvador, “la Contrainsurgencia se define como el conjunto de acciones militares, paramilitares, políticas, económicas, psicológicas y cívicas, que toma el gobierno con el fin de vencer a la insurgencia. Esta es una ofensiva que envuelve a todos los elementos del poder nacional” (M. Hone, 2014). 

En consecuencia, lejos de ser una solución al conflicto en El Salvador, esta intervención agudizó la violencia. Los BIRI (Batallones de Reacción Inmediata), entrenados por los estadounidenses entre 1981 y 1982, tuvieron un rol directo en estremecedores capítulos de la guerra. Por ejemplo, el batallón Atlacatl es “reconocido particularmente por su participación en atrocidades cometidas como la de la masacre de El Mozote”, indica Hone, producido en “los cuatro días de diciembre de 1981, cuando unidades del Ejército salvadoreño, entrenadas y equipadas por EEUU, mataron a casi mil personas en la masacre más grande de la historia latinoamericana reciente”, afirma Elisabeth Malkin (2018) en un reportaje para el New York Times.

La zona de El Mozote era reconocida por ser territorio insurgente. Sin embargo, no había razón para ejecutar metódicamente a todo un pueblo. Incluidos 143 civiles, cuya edad promedio era de seis años. La fatalidad ensombreció los alrededores. Violaciones, asesinatos, familias desintegradas,  y los irreparables traumas, fueron el saldo de las acciones “contra insurgentes”. 

A partir de ello, la tercera consecuencia fue una mayor fragmentación de la sociedad salvadoreña, vigente hasta la fecha. La desigualdad y la violencia que desatarían la guerra civil no fueron resueltas con la intervención extranjera. Al contrario, se agudizaron. El ejemplo actual más ilustrativo son las violentas maras. Grupos de jóvenes, deportados de Estados Unidos, en su intento por huir de la guerra. Precisamente cuando se podría haber hecho algo distinto con ellos.

Hoy, El Salvador inicia un nuevo periodo político que da esperanza a su población, aún atravesada por el conflicto que vivió hace 30 años. Una guerra que logró concluir, en 1992, con acuerdos de paz, promovidos por la comunidad internacional… ¿Podremos aprender de esta historia?

 
Guadalupe Peres-Cajías es docente e investigadora en comunicación social.

Confidencial

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