Guadalupe Peres-Cajías

Muertas sólo por ser ellas

viernes, 10 de enero de 2020 · 00:11

Siete días, nueve de nosotras, muertas, sólo por eso, por ser ellas. 

En la primera semana de esta década, el registro de feminicidios en Bolivia es escalofriante. El nivel es tan alto que se puede entender por qué la CEPAL indicó que en este país es  “donde más mujeres son asesinadas en Sudamérica” (Boris Miranda, BBC, 2019).  

El alarmante récord nacional debe interpelar a toda la sociedad, en sus distintos niveles, para evitar que abuelas, madres, hermanas, esposas, amigas, hijas, sobrinas y todas nosotras seamos violentadas, hasta el punto fatal, solo por ser mujeres.  

Para ello, considero necesario analizar tres elementos fundamentales: el condicionamiento social para ejercer el ser hombre y el ser mujer; las relaciones de poder que se producen a partir de aquel y el accionar colectivo para actuar al respecto. 

Como bien explicó Judith Butler (1990), para entender las diferenciaciones entre hombres y mujeres, hay que partir por comprender el condicionamiento social que se les ha otorgado a ambos géneros, a partir de su particularidad biológica, de su cuerpo. 

En el caso de la sociedad moderna, que se vive en Bolivia (aunque no de manera exclusiva), el condicionamiento del ser hombre ha estado asociado con el deber ser  valiente, fuerte, dominador y que representa a la familia en el ámbito público (laboral y político). En el caso de la mujer, se ha condicionado su identidad a lo opuesto: sensible, delicada, sumisa y dedicada al ámbito privado de la familia, léase en este último punto, al esposo. 

El problema con estos condicionamientos no sólo altera la autonomía de los sujetos, sino que establecen relaciones de poder entre las identidades de hombres y mujeres, que pretenden ser sostenidas bajo los mismos. Ahí se desata la violencia. 

Por ejemplo, esto se evidencia cuando la mujer se niega a tener relaciones sexuales con un hombre, sea su pareja o no. Una de las escenas más comunes en la detonación de la agresión sexual, física y/o psicológica a una mujer. 

En este cuadro, la violencia es resultado de una tensión entre lo que se espera que la mujer sea (delicada y sumisa) frente a la identidad del hombre, también investida socialmente (fuerte y dominador). 

Entonces, este último inicia la pulseta para hacer prevalecer su control masculino. La mujer resiste. Pero la fuerza se impone y el resultado es una condena psicológica, una violación, una marca de puños, o la explosión de una dinamita, en el cuerpo de la resistencia. 

En consecuencia, para transformar esta realidad se debe iniciar con la revisión de los condicionamientos identitarios en hombres y mujeres. Promover la autonomía de los sujetos y limitar la posibilidad de ejercer el género a través de relaciones de control y dominación. 

Esto será posible si se logra un “acto político colectivo”, en palabras de Hanna Arendt (2005), que combine acción y discurso de una manera plural para generar un verdadero efecto social. 

En la cotidianidad, así como en el ámbito mediático, jurídico, político y social, se deben reunir esfuerzos para trabajar sobre este temible récord nacional. Sólo así podremos decir: Ni una más. 

 

Guadalupe Peres-Cajías es investigadora y profesora en estudios sociales y de la comunicación.
 

 

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