Guadalupe Peres-Cajías

Romper el discurso

viernes, 7 de febrero de 2020 · 00:09

Presentación del Discurso del Estado de la Unión. 4 de febrero del 2020. El cuestionado presidente, Donald Trump, concluye su mensaje, en el Congreso ubicado en Washington DC. El eslogan que manejó en su campaña -“Make America great again” (Hacer a Estados Unidos grandioso otra vez)-  ha impregnado su serie de enunciados.

Entonces, ocurre lo insólito. La presidenta de la Cámara de Representantes del país norteamericano, Nancy Pelosi, rompe una copia del discurso del primer mandatario. Es una expresión simbólica pero contundente para cuestionar al líder republicano. También  es una respuesta a la negación de este último para darle la mano a Pelosi, al ingresar al acto. Además, es una acción para rechazar el discurso pronunciado. “Es todo falso”, “es una campaña de desinformación”, los demócratas argumentaron.   

La acción de Pelosi representa una de las tareas más importantes, e incluso urgentes, que se debería realizar frente a los discursos de políticos y mandatarios: desmembrar los discursos para cuestionarlos, contrastarlos y refutarlos, en caso de ser necesario.

¿Por qué?... porque en el contexto político contemporáneo, se ha evidenciado cómo la pasividad y la falta de reflexión, frente a los intensivos y multimediales mensajes de personajes políticos, han derivado en la elección de sujetos precisamente como Trump, o su par latinoamericano, Jair Bolsonaro. 

¿Cuál es la forma de represión más insoportable (…) esta pasividad que os impone la prensa, incluso posiblemente un periódico como Actuel? preguntaba Michel Foucault (1978) a un estudiante, entre otras alternativas para entender cómo el poder puede situarse en la conciencia colectiva. 

La asociación entre represión, pasividad y medios no es casual. Desde finales de la Primera Guerra Mundial, se evidenció el poder que aquellos tenían, más aún con su alcance masivo. Sin embargo, lo que Foucault afirmaría posteriormente es que el poder no radica en los medios per se, sino en la capacidad de los discursos para penetrar en la mente de los sujetos, con el fin de construir un determinado saber. Por lo mismo, se plantea el cuestionamiento a la pasividad con la cual se reciben los mensajes, los discursos. Esa actitud sería insumo para sostener estructuras de imposición. 

Para ello, el autor francés y otros que siguieron la línea crítica del análisis discursivo -como Norman Fairclough (2003)- insisten en desarticular los mensajes, analizarlos y reflexionarlos en relación a los entramados del poder. 

Pensar por ejemplo: ¿por qué el mensaje exitista de Trump? ¿Cuál la relación con su posible reelección en noviembre próximo? ¿Qué implica la frase “mejor que nunca”? ¿Por qué llevar a un soldado, que debía estar en Afganistán, al acto que tendría que reportar su gestión presidencial? 

Al formular estas preguntas y pensar en sus posibles respuestas, se podría llegar a ver los intereses de quienes emiten los discursos y la veracidad de los mismos. En consecuencia, al poder le sería más difícil penetrar en la mente de los sujetos. O, al menos, tendríamos mayor conciencia de lo que está ocurriendo. 

Asimismo, el proceso de análisis discursivo  permite a los sujetos entender sus propias formas de ver y entender el mundo,  genera autorreflexión para develar el lugar que ocupamos en la construcción del poder. Como indica Kanat-Zumm (2002), al dar cuenta de los discursos que nos atraviesan, es posible ver que “ponemos nuestras experiencias en cuadros conceptuales estrechos y sin examinar”. 

En el caso estadounidense, sería clave ver qué piensan sobre sí mismos y su visión de mundo, aquellos que aplaudieron el discurso de Trump exclamando “cuatro años más”. Pero también sería importante ver qué piensan quienes pasivamente recibieron el mensaje, sin cuestionar. 

Finalmente, cabe considerar que la intensidad mediática y la multiplicidad de los canales de información -particularmente las redes sociales-  pueden saturar la conciencia colectiva y evitar la reflexión de los mensajes recibidos. Ergo, al poder le sería más fácil y rápido penetrar en la mente de los sujetos. 

Frente a esta posibilidad, ¿nos quedaremos pasivos o, como Pelosi, nos animaremos a “romper el discurso”?

 
Guadalupe Peres-Cajías es docente e investigadora en comunicación social. 

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