Guadalupe Peres-Cajías

María, más que bonita

viernes, 6 de marzo de 2020 · 01:10

Acuérdate de Acapulco/De aquella noche/María Bonita, María del alma/Acuérdate que en la playa/Con tus manitas las estrellitas/Las enjuagabas.  Así, Agustín Lara inmortalizaba en un bolero su amor por María Félix. El título de esta composición -María bonita- no es casual. Los atributos físicos de la actriz mexicana fueron permanentemente destacados, al punto de ser considerada “la mujer más bella del mundo”. 

No obstante, en el marco de la disputa simbólica por el respeto a la soberanía y a la vida de las mujeres, María Félix también debería ser recordada por otras virtudes: su interpelación a una sociedad atravesada por el machismo, como es la de su país natal; su capacidad para encarar personajes femeninos distintos de los tipificados en el cine y su consecuente singularidad para construir su identidad. 

María Félix nace aparentemente en 1914, en una familia acomodada del estado de Sonora. Según sus biógrafos, se casa con Enrique Álvarez a los 17 años, a manera de liberarse del controlador yugo paterno. 

Sin embargo, por las infidelidades del esposo -que luego ella respondería con similar acción- se divorcian. Primer acto de interpelación. México venía de atravesar una revolución social en muchos aspectos. Pero los asuntos de la familia y de la mujer no eran parte de ellos. 

Divorciada, sola y con un hijo, se traslada a la capital mexicana. El exesposo le arrebata al hijo. Le duele en el alma. Su rebeldía no es ajena a su amor materno. Todo lo contrario, es su complemento. 

Por lo mismo, a la primera oportunidad que se le presenta, recupera a “Enriquito”, quien será su principal compañero. Madre aguerrida. Inicia entonces la representación en la vida real de las mujeres valientes que personifica. 

No por nada, Elena Poniatowska (1999) afirma que “a María Félix jamás se la recordará por su docilidad”. Tampoco a sus personajes, particularmente a Doña Bárbara, por el cual Félix fue posteriormente nominada La Doña. 

Para Paco Ignacio Taibo, citado por Granados (2015), “la personalidad de María cambió al descubrir a doña Bárbara, la mujer que encarna las fuerzas naturales de la sabana venezolana, la perspectiva de la mujer como punto de fuga de la inteligencia, personaje de pasado mítico”. 

Así, La Doña encarna una representación cinematográfica distante de los estereotipos comunes atribuidos a la mujer. La valentía, el dominio sobre sí misma y la autoafirmación de su personaje no contradicen con su presentación femenina. Son un segundo complemento posible en María. 

A partir de todos los atributos mencionados (su belleza física, la rebeldía frente a la familia, su incondicional amor materno, su gallardía y autodeterminación), la actriz construye una identidad única como mujer, que interpela a las tipificaciones estrechas de la misma. 

Por lo mismo, Pavel Granados (2015) indicó que Félix “modificó el presente de muchas mujeres, ya que el cine es igual a educación sentimental, a repartición de argumentos para la vida de los espectadores”. 

Afirmación que coincide con Laura Mulvey, para quien es preciso “comprender el modo por el cual el inconsciente de la sociedad patriarcal estructuró la forma del cine” (en Gatti, 2018). No sólo por lo que este último refleja de la realidad, sino por cómo permite incidir en la misma, a través de sus múltiples representaciones. 

En consecuencia, en el marco de las luchas por la equidad y el respeto a la vida de las mujeres, el trabajo en la representación simbólica es fundamental. 

Por ello, es preciso demandar que en las distintas pantallas, que se multiplican en este siglo, se pueda representar la singularidad, complementariedad y fortaleza de las mujeres, como lo fue María Bonita, que ejerció como Doña Bárbara.   

Guadalupe Peres-Cajías es investigadora y profesora en estudios sociales y de la comunicación.

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