Guadalupe Peres-Cajías

¡Liberen las cadenas!

viernes, 26 de junio de 2020 · 00:11

“Cuando alguien me pregunta sobre violencia, lo encuentro increíble. Porque significa que la persona que está haciendo esa pregunta no tiene la menor idea de lo que los afroamericanos han pasado en este país, desde la primera persona que llegó, secuestrada de África”.

La activista y filósofa Angela Davis respondía así a una entrevista realizada hace aproximadamente cuatro décadas. Entonces, se vivía la lucha por los derechos civiles de los afro-estadounidenses, mientras asesinaban sistemáticamente a los líderes de esta demanda. 

Fueran ellos pacíficos, como el doctor Martín Luther King, o los que legitimaban el uso de la fuerza, como Malcolm X. Al final del día, lo que importaba era su afrodescendencia y que pretendían revindicar los derechos que les habían sido negados desde siempre. 

En las últimas semanas, el movimiento “Black Lives Matter” (La vida de los negros importa) ha liderado una serie de masivas protestas en Estados Unidos, con eco en otras latitudes, a partir del desgarrador asesinato de George Floyd, por parte de un policía. El motivo, ser afroamericano; el supuesto delito, el uso de un billete falso de 20 dólares; sus últimas palabras, “no puedo respirar”. La misma expresión de Eric Garner antes de perder el aire, en 2014, en una escena similar. 

Ambos casos se suman a tantos otros de abusos policiales, desmedidos y fatales, contra hombres y mujeres afroamericanos. Una representación de las limitaciones en los derechos humanos y ciudadanos de esta población, por el simple hecho de tener un determinado color de piel. El cantante Usher lo ilustra insistentemente al indicar “We still in chains” (aún vivimos en cadenas). 

¿Cómo es posible que se sostenga esta condición en un país que se ha representado a sí mismo como el gran defensor de la libertad?  

Para responder esta pregunta, habría que considerar tres puntos fundamentales para sostener los sistemas de poder, como advirtió en más de una ocasión Michel Foucault: (1) la creación de normas que legitimen el sistema; (2) las prácticas discursivas para internalizar el sistema en la conciencia de los sujetos, que acaben por (3) reafirmar una serie de saberes que determinen el accionar de las personas.  

La enmienda XIII de la Constitución, presentada y rectificada en 1865, indica: “Ni en los  Estados Unidos  ni en ningún lugar sujeto a su jurisdicción habrá esclavitud ni trabajo forzado, excepto como castigo de un delito del que el responsable haya quedado debidamente convicto”. 

Con esta norma, posterior a la guerra civil estadounidense, se pretendía liberar de la esclavitud a los afrodescendientes. Sin embargo, como Khalil Gibran Muhammad (2019) indicó, esto abriría una nueva forma de sometimiento para con esta población: se fomentaría su criminalización; ergo, se tendrían razones “constitucionales” para limitar su libertad, su ejercicio y reconocimiento ciudadano, como señala el documental de Ava DuVernay (2019). 

Así, desde inicios del siglo XX, se estableció una maquinaria discursiva para posicionar a los afro-estadounidenses como “peligrosos” y “salvajes”. Los caricaturizaron. Los deshumanizaron. La película El nacimiento de una nación de 1915 es un claro ejemplo. 

Este filme inspiraría posteriormente a varios ciudadanos que han creído en la supremacía de la raza blanca para ejecutar linchamientos y abusos permanentes a los afroamericanos. ¿El pretexto? Supuestas agresiones de estos últimos, que iban desde sentarse en una cafetería, a simplemente pasar por la calle o silbar coquetamente. 

El discurso que posicionaba a los afroamericanos como criminales fue reafirmado en las décadas de los 60 y 70. El propio Martín Luther King era considerado uno de los hombres más peligrosos de Estados Unidos. También lo eran Angela Davis o Fred Hampton. 

En los años siguientes, se aplicaron otros discursos políticos que potencializarían la asociación entre afroamericanos y crimen. El pretexto era preservar la ley, el orden y la seguridad de los estadounidenses. 

El resultado: la encarcelación masiva; las prisiones rebalsadas con un alto nivel de población afroamericana; la vigilancia permanente de policías y ciudadanos frente a jóvenes o adultos por su color de piel; las consecuentes agresiones y abusos; las justificaciones de esa violencia por considerar al agredido “sospechoso” o “irreverente”. En síntesis,              la vigente limitación hacia la comunidad afroamericana para ejercer plenamente sus derechos, civiles y humanos. 

Por todo lo mencionado, es preciso demandar la liberación de las cadenas impuestas históricamente y recordar otra importante frase de Angela Davis: “Hay que actuar como si fuera posible cambiar radicalmente el mundo y tienes que hacerlo todo el tiempo”. 

Que así sea.

 
Guadalupe Peres-Cajías es investigadora y profesora en estudios sociales y de la comunicación.

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