Nada es lo que parece

IDH 2016

viernes, 22 de abril de 2016 · 00:00
Días atrás, el Programa de las Naciones Unidas presentó el Informe de Desarrollo Humano en Bolivia correspondiente a 2016. Como es habitual, el coordinador de este informe enfatizó la virtud reveladora de los hallazgos y su consiguiente aporte a la "construcción de nuevos contenidos en una agenda de desarrollo”. Sin embargo, más allá de observaciones de detalle a la construcción de sus datos, creo que este informe equivoca de manera sustancial su punto de partida y su recomendación.

No pretendo cuestionar el hecho de que hoy estemos viviendo un proceso que ha llevado a la mitad de la población boliviana a vivir en las tres áreas metropolitanas del eje y que "tres de cada cuatro jóvenes habite esos espacios”; cuestiono los adjetivos marcadamente descriptivos y pretendidamente neutrales de su calificación. 
 
El "nuevo rostro de Bolivia” sería –dicen- resultado de transformaciones estructurales de estas dos décadas y, particularmente, el "notable crecimiento de sus estratos medios”. Y es este punto de partida el que determina su tan lamentable recomendación presentada como inevitable: la nueva agenda de desarrollo debe estar concentrada en "potenciar las condiciones de vida de los casi cinco millones de habitantes que hoy habitan las regiones metropolitanas bolivianas”.
 
Estas dos décadas no hemos vivido ninguna transformación estructural. No puede concluirse aquello por la urbanización de la población. 
 
Tendría que argumentarse con un cambio positivo en el modelo productivo –de una economía primaria a otra cuando menos industrial con elementos postindustriales- con otra composición social –con predominio de trabajadores formales y ciudadanos democráticos con el ejercicio de todos sus derechos y no como hace 60 años, que persisten los trabajadores informales y votantes prebendales como amplia mayoría-, y con servicios públicos de buena calidad, seguimos padeciendo una pésima educación pública básica con profundas brechas de género e ingresos en el acceso y seguimos careciendo de un seguro universal de salud. Estas dos décadas hemos profundizado nuestra degradación y hemos caído en el fetichismo del consumo paralelo a la urbanización.
 
Como es costumbre de tantos de los organismos internacionales, la crítica a las causas de por qué estamos como estamos es sumamente discreta, para decirlo menos. Saben que el crecimiento sin desarrollo se debe a los precios de los hidrocarburos, que ha subido el ingreso pero no ha mejorado el empleo, que la salud y la educación son de baja calidad, que el déficit de vivienda y el hacinamiento se han incrementado. Aún, a pesar de estas evidencias, concluyen que "es necesario tomar acciones sobre problemas importantes que no se resolverán exclusivamente con el alto crecimiento económico o las intervenciones redistributivas, tal y como se lo ha hecho hasta ahora”. 
 
No se trata de mejorar las condiciones de vida de la mitad de la población boliviana persistiendo en un modelo de "desarrollo” a todas luces desastroso. El mismo informe señala la malformación estructural pero ignora su mensaje: "El bono en la secundaria pareciera no lograr la compensación del costo de oportunidad del trabajo para los jóvenes. 72 de cada 100 adolescentes, entre 12 y 17 años de edad, accedieron a la educación secundaria. El porcentaje de adolescentes que terminaron el nivel de secundaria medido por la tasa de término es sólo del 58%”.
 
Los jóvenes bolivianos ya no miran a largo plazo porque no confían en su país, porque saben que su única posibilidad en el corto plazo es salir al mercado laboral informal, porque sus oportunidades se han hecho gas.
 
Sólo quieren sobrevivir hoy con el mayor consumo posible. Mañana ya  no importa porque, muy probablemente, mañana serán nuevamente pobres. Y nadie –creen- te quita lo bailado.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

Confidencial

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