Un pueblo cara conocida

viernes, 20 de mayo de 2016 · 00:00
Demasiados parecen creer, o directamente creen, que la causa de esa lepra que nos impide tocarnos, que nos carcome esa solidaridad que formaba parte de nuestra sangre, es el cinismo del poder. Ahora somos un pueblo de leprosos que no nos tocamos para no contaminarnos, que no nos tocamos para que el poder no nos descubra solidarios. Con los discapacitados, con el Tipnis, con los perseguidos, con los periodistas independientes, con los que denuncian, con los que se atreven a protestar, con los que votan No y lo dicen.

 Por supuesto que el poder se ha vuelto cínico. Era abusivo desde siempre, desde el 2005, o antes. Se inventó que la coca es sagrada. Que Evo era el último inka reloaded. Que Álvaro era el profeta del leninismo siglo XXI.
 
Ahora que ya no hay manera de disimular que toda la coca del Chapare y parte de la coca yungueña son para el narcotráfico, la coca ya no es sagrada, pero no importa. La coca, los cocaleros y su secretario ejecutivo perpetuo son los cínicos de la coca.
 
Ahora que Álvaro se revela un calculador y no un matemático, que no sabía del contrato de BOA ni del título que nunca tuvo, pero lo ostentaba, el Vicepresidente es el cínico del sol que no saldrá pero sale. Ahora que todos los ministros se dedican a encubrir las maniobras del eterno y que todos sus diputados se encargan de encubrir los tráficos millonarios y que todos sus senadores juran que sus mentiras, y sus corruptelas y sus abusos son anécdotas, ministros y representantes son los cínicos falderos.
 
Ahora que el Fondo Indígena es el fondo de los nuevos ricos, los indígenas y los campesinos se callan. Ahora que asesinan en El Alto, El Alto, dizque de pie nunca de rodillas, se calla. Ahora que ciertas empresas públicas quiebran y por allá el Estado las maquilla, y por acá el Estado bota a 800 trabajadores, la COB se calla. Los movimientos sociales, los que eran la reserva moral de la nación, se callan. 
 
El poder en Bolivia tiene ahora como estrategia de reproducción al cinismo. Pero eso es posible porque gran parte del pueblo se ha convertido en cómplice de ese cinismo. Ni siquiera el espejo de nuestra historia, que lo refleja leproso y cobarde, es capaz de obligarlo a recuperar la memoria de su rebeldía. Aquellos que hasta ahora eran los peores de todos, aquellos que nos dijeron que andáramos con el testamento bajo el brazo, supieron inmediatamente que no íbamos a caminar con el testamento bajo el brazo.
 
Hoy éstos, que son definitivamente peores que aquellos, nos dicen que no nos han estafado, que no nos han robado, que no nos han agredido, que no nos han asesinado. Y casi todo el pueblo, aunque a escondidas vote No, agacha la cabeza y les amarra públicamente los huatos. Por eso este poder se sostiene. Porque la mayoría del pueblo admite ser llamado cara conocida. Y no se cabrea.
 
No formo parte de los que creen que es sobre todo el abuso de poder el que nos ha vuelto cobardes, mudos, caras conocidas, amarrahuatos. Por supuesto que este poder canalla ha hecho todo para que nos resignemos, para que hagamos de la impotencia nuestra nueva vocación nacional. Pero la causa de esa mutación de rebeldes a cómplices no es sólo el abuso de poder; este gobierno canalla es el pretexto, no la causa profunda. 
 
La causa es que habíamos sido fáciles de comprar, que somos baratos. Que nos enorgullecemos con el autotransformer nuevo, con la tele basura de contrabando que llega a nuestra antena parabólica, con las telas acrílicas de colores en cuanta entrada podemos lucirlas, con la hija bachiller que no sabe leer pero es  bachiller. 
 
Nos enorgullecemos ostentando que hemos sido estafados y ahora exhibimos nuestras piedritas de colores con que han comprado nuestra epopeya y la hemos convertido en baratija. Éramos un pueblo rebelde y ya no lo somos. Ahora somos un pueblo de cómplices y de consumidores de piedritas de colores.
 
Excepto unos cuantos indígenas del Tipnis. Excepto unos cuantos discapacitados. Excepto unos muy pocos periodistas. Excepto unos muy pocos intelectuales. Excepto casi ningún político. Excepto un par de anarquistas. Y algunos miles de ciudadanos comunes que todavía conservan el fuego de la tea que dejó encendida la indomable rebeldía de nuestra historia.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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