Nada es lo que parece

Profeta de juguete

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viernes, 17 de noviembre de 2017 · 00:00

Una vez más, Evo Morales adopta la pose del profeta. El dueño de la verdad que es, simultáneamente, el dueño de la moral: “Nosotros somos de la cultura (…) de no mentir (y ellos están) defendiendo la mentira con el pretexto de la defensa de la libertad de prensa, es algo indigno, es algo inaceptable”. 


 Cualquier ciudadano que sienta el rumor de las calles sabe que el que fuera dirigente y después presidente  necesita transformarse en profeta. Aquel que siglos atrás hablaba en nombre de Dios y que hoy pretende hablar en nombre de la historia reducida a su minúsculo horizonte de redención. 


  Pero cualquier ciudadano que escuche la memoria de tantos muertos, que mire la ostentación de los corruptos, que toque el vaho de la pobreza, sabe que el cinismo presidencial es ya una conducta habitual. Aquel que se desea profeta no revela ninguna verdad histórica ni política, apenas retoza con las alabanzas de sus cada vez menos conversos. 


 Sus doctrinas de salvación se han convertido de mitos de redención –la supuesta nacionalización y la pretendida autoridad moral del indio presidente- en amenazas de expiación –aquel que no se someta será expulsado del paraíso estatal-.


 Claro que cuando un político opta por la profecía es que ha confesado su fracaso. Ha renunciado a la complejidad del bien común y a las estrategias para representarlo, para declararse predestinado. Es el momento en el que su unión “mística” con el socialismo o la Pachamama o los ancestros se revelan leyes sagradas y dejan de ser debates de interpretación, conflictos de estrategia, diseños de futuro.

Un político que se resigna a la profecía no ha madurado a la altura de las demandas de la historia.


 El ejercicio de la política, tan temido por tantos gobernantes, los ha obligado a desarrollar estrategias para mantener a los ciudadanos en la docilidad, ya sea por medio de la prebenda o por la amenaza de la censura o a través de la penalización de las libertades fundamentales. Cuando esas estrategias fracasan, el gobernante recurre a la profecía porque desde su propia ignorancia confía en la ignorancia de la masa. 


 Entonces el profeta opta por el camino infantil de afirmar que todo el que no esté de acuerdo con él miente. Que sólo él tiene el derecho a hablar porque su voz encarna la voz de la historia. Que sólo él tiene derecho a juzgar porque su gesto propicia el reino del bienestar. O, en su jerga tan macha de regalador de canchitas de pasto sintético, que sólo él tiene todos los derechos porque la tiene más grande. Profeta de juguete.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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