Nada es lo que parece

La promesa

lunes, 12 de noviembre de 2018 · 00:10

La responsabilidad política fundamental de los primeros cinco años del Gobierno Ciudadano –porque sucederá, definitivamente sucederá- es, sin duda alguna, la construcción del centro. Del valor, de la idea, de la acción, de aquello que nunca hemos conocido: el punto de equilibrio. Porque como siempre fuimos un país imposible, siempre hemos vivido al borde del abismo. 

Hemos convertido esa inevitabilidad en virtud y esa desgracia en epopeya. Pero después de haber padecido toda esa gama de gestos épicos que desafiaban orgullosamente las tragedias cotidianas y los dramas estratégicos de cada una de las visiones de país que fue capaz de incorporarse en nuestra entraña, hoy estamos peor que ayer.

Esa última afirmación parece absurda. ¿Acaso ese siglo que comienza con 1899, 1952, 1982, y termina con 2005, podría ser calificado como una ceremonia que se solaza en la repetición? Efectivamente así es. Todos esos momentos críticos de nuestra vida política eran, en última instancia, lo mismo; todos tenían una vocación hegemónica; todos querían apoderarse del alma ciudadana. 

A momentos les concedimos nuestra mano; cómo no hacerlo si nos conquistaban por el costado de la uniformidad enmascarada de igualdad cuando padecíamos tanta injusticia. Hoy, sin embargo, sabemos que esas epopeyas no nos hicieron buenos. Apenas, eso sí, nos hicieron heroicos en nuestros mejores momentos, o autoritarios en los peores. Pero vivíamos al borde del pan y moríamos boqueando que nuestros hijos no nos repitan.

Necesitamos un poco de alegría cotidiana. Ya no un Gran Poder paceño o un Carnaval cruceño que apenas nos convoquen a una alegría de comunidad una semana al año. Necesitamos algo de sonrisa cada mañana. Ya no revoluciones que nos acongojen. Necesitamos esa sonrisa en el abrazo que cada noche nos acune para que no nos invadan las pesadillas liberadoras de los traumas ni las apariencias magníficas que nos maquillan de curvas plásticas.

Esa confianza en el otro, cada madrugada y cada puesta de sol, es el centro.

Ese piso republicano que se llama Declaración Universal de los Derechos Humanos con la cual nos demos la mano confiando en que nos sostendrá sin el golpe de la venganza, sin la vergüenza del racismo, sin la desgracia de la explotación, sin la impunidad del narcotráfico. Ese techo nacional que se llama interculturalidad, por la cual queramos vernos y escucharnos con alegría, porque cobijará y traducirá nuestras diferencias sin condenarlas, porque recuperará nuestra diversidad sin encanallarla. 

Esa casa del desarrollo humano y del índice de la felicidad cada día ciertamente mejor -más humana, más ecológica, más participativa, más transparente- en la que podremos vivir con la certeza de la noche tibia y de que al día siguiente habrá pan y habrá sueños realizables.

El centro no es la nación uniforme que nos somete a algún designio autoritario enmascarado de igualdad según unos o de consumo según otros. El centro es el archipiélago de diferencias que se articulan. El centro es un conjunto  de puentes de gritos y abrazos. El centro es el equilibrio de derechos republicanos con deberes nacionales. 

El centro es el diálogo de la diversidad que se desarrolla, que se respeta, que se ilumina. El centro es el predominio de la sociedad sobre el Estado. Porque nosotros, los ciudadanos, la gente de carne y hueso, la necesidad de pan y el sueño de los hijos, somos el centro. Por eso nosotros debemos inventar un mundo a nuestra medida: tribus con normas. Ni un Estado que nos aplaste, ni un padre social que nos avasalle.

Claro que sé qué es remar contra la corriente; oler a tufillo anarquista o a complejo de bárbaro en época de autoritarismos y delirios consumistas. O, como decía mi abuela cuando pretendía expresar su impotencia, “más peor aún”: querer bailar cuando el Gobierno vuelve a convocar al látigo de la tiranía.

Hoy, sin embargo, está siendo posible; dos son las promesas: Gobierno Ciudadano, Partido Ciudadano. Si no se quiere lo imposible, no se quiere. A seguir luchando por un país justo. A seguir construyendo un país libre. Pero sobre todo, a seguir trabajando por un país hermoso. Esta es la promesa.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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