Nada es lo que parece

El peor de los peores

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viernes, 30 de noviembre de 2018 · 00:11

Julio de 2018: “Los vamos a perseguir, enjuiciar y se tienen que ir de Bolivia, porque no vamos a permitir conspiraciones que dañen la imagen del Presidente”. Septiembre de 1980: “Todos los elementos que contradigan al decreto ley tienen que andar con el testamento bajo el brazo, vamos a ser taxativos y no va a haber perdón”. 1868: “Sepan todos los honorables señores diputados que la constitución de 1861, que era buena, me la metí en este bolsillo y la de 1868, que es mejor, ya me la he metido en este otro. Y que nadie gobierna en Bolivia más que yo, y el que manda, manda, y cartuchera en el cañón”.

Siglo y medio después de Melgarejo, ¿seguimos igual?. En verdad, no, estamos peor. El MAS ha hecho del poder su fetiche y del instrumento partidario su único horizonte. Ha pervertido un proyecto de país hasta encanallarlo a mero pretexto de sus latrocinios y de sus intereses. 

Por eso hoy somos testigos de la recomposición autoritaria del latifundio, del restablecimiento del narcotráfico, de la invasión del racismo, de la legitimidad de la prebenda. Y sin embargo hay algo todavía más terrible. Es el horror del MAS a la humildad. Es su fascinación con la arrogancia. Aquello que le prohíbe desangrarse con las cifras de la muerte. Aquello que lo hace ciego ante su traición y nuestra vergüenza.

Las características de ese proyecto de país de 2005, en términos muy generales, podrían exponerse en los siguientes sentidos: la superación del colonialismo interno, la profundización de la democracia, la generación de condiciones para la igualdad de oportunidades, la construcción de un Estado para todos. Asumiendo este programa, la traición del MAS no consiste sobre todo en un acto de deslealtad con el proyecto, no se trata de haber renegado de él o de haberle dado la espalda. 

Es algo peor, se trata de haber oprimido el discurso a sus propias ambiciones de reproducción del poder. Se trata de que el MAS convenció al MAS de que el instrumento –un partido con su caudillo– era el fin, no el medio; de que, finalmente, lo único que debe contar para ellos es el dogma del evismo, no la realidad de nuestra historia.

Habrá en el MAS quienes digan que el imperio pudo, como tantas veces, más. Habrá otros que hablen del enemigo íntimo, de la condición colonial que nos impide querernos y creernos. U otros que levanten el dedo y señalen a la mezquindad oligárquica de siempre. Seguramente algo de todo eso explicará su conversión en basura. Pero nada justifica que arrastre a los que fueron movimientos sociales y hoy son grupos de sirvientes, a suicidarse sin dignidad alguna, sin, cuando menos, un gesto trágico. 

Nada justifica la desesperación grandilocuente: “el 27 de enero, casi segurísimo, será una paliza a la derecha”. Nada justifica la suciedad en la que continúa revolcándose.

Hoy el MAS, inscribiéndose en el Tribunal Electoral, se está hundiendo en la basura. Este no es el tiempo de sus “cosas pequeñas” o del “réquiem para un Estado Plurinacional”. Este es el tiempo de su putrefacción. Ya no es la batalla épica, la muerte trágica, la vida heroica. Este es el momento de la basura. 

El momento de toda su historia convertida en desecho y que nuestra democracia necesita eliminar por repugnante. De aquellos residuos históricos que no son explicables, justificables, “reciclables”, y que deberemos cubrirlos con un juicio de responsabilidades en un relleno sanitario para evitar problemas de contaminación para las nuevas generaciones.

Porque, claro, el MAS no es Adriano: “He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada. Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. Mi margen de duda ya no abarca los años, sino los meses… Como el viajero que navega entre las islas del Archipiélago ve alzarse al anochecer la brisa luminosa y descubre poco a poco la línea de la costa, así empiezo a percibir el perfil de mi muerte”. 

 Marguerite Yourcenar escribe así la memoria que el emperador Adriano tiene de su muerte. Haciendo de ese breve recorrido un epitafio amable, pero al mismo tiempo absolutamente lúcido y definitivamente implacable. Cómo no desear que el MAS tuviera esa conciencia de sí mismo, de su irrevocable camino al precipicio, y que saltase en un gesto finalmente noble hacia el vacío. Cómo no ambicionar esa estatura histórica para un proceso que debiera tenerla.

El MAS ni siquiera a la hora de su muerte es capaz de fallecer con dignidad. Pretenderá enlodarnos a todos y deberemos tomar una opción existencial. Ser basura o no ser basura, esa será la cuestión.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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