Nada es lo que parece

Jugando a la guerra

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viernes, 09 de febrero de 2018 · 00:06

Parecen niños. Niños elementales. Jugando a ser soldaditos. Sus ídolos son Kim Jong-un, aquel que declara que “las armas son el fuego de la revolución”; o Teodoro Obiang, que demanda a todos sus ciudadanos “convertirse en un agente de seguridad”. Lo grave es que parecen niños pero son nuestros “monarcas”.


 Álvaro: “Con Evo, somos hombres de guerra. No hemos venido a caminar encima de flores, hemos venido a la guerra. Y cuando no hay guerra, nos intranquilizamos; cuando no hay lucha, estamos un poco incómodos”.  Evo: “Hay dos diferencias, dos caminos, somos antiimperialistas o somos proimperialistas, no hay otro camino.  Cuando a mí me dicen, centro derecha, centro izquierda, no entiendo cómo va a haber centro, aquí es como decimos, macho o hembra, no hay maricón en temas ideológicos y en temas políticos partidarios en una lucha antiimperialista, no; así entiendo”.


 Al margen de los términos elegidos para ilustrar esa concepción de la política como guerra, aquí lo importante es reconocer el énfasis militar: blanco o negro, macho o hembra, conmigo o contra mí, con la patria o vendiendo la patria. Aquí la clave es hacer evidente su entusiasmo guerrero.  Hegel renacido en Bolivia: “la guerra es bella, buena, santa y fecunda; crea la moralidad de los pueblos y es indispensable para el mantenimiento de su salud moral”. O Clausewitz revivido: “la guerra constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”. Los “monarcas marxistas” haciendo de Hegel y Clausewitz sus mariscales de juguete. 


 La vocación de la guerra fría durante el siglo XX fue una vocación guerrera. Por eso los dos bloques cancelaron la política y se dedicaron a la guerra arrastrando al mundo detrás de su daltonismo ético.

Hoy, en Bolivia, predomina la más fría de las guerras y hasta la oposición partidaria se deja anular por la lógica oficialista de machos y hembras. 


 Han caído bajo la tentación de la impotencia, esa de que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, esa de que la guerra interna se define en la toma del aparato del Estado. No aprendieron de Gandhi o Mandela –para sólo mencionar a los dos líderes más mediáticos– construyendo con su acción política una represa moral contra la guerra.  Hasta la Iglesia Católica pasó del colaboracionismo con el fascismo de Pío XII a la lucidez de Juan XXIII: “Resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado”.


 Después de tantos años luchando contra la cultura política de la guerra hemos aprendido que la democracia es un proceso permanente de ampliación y ejercicio de derechos bajo principios de libertad e igualdad. La toma del poder del Estado, por eso, es cosa secundaria. 


 Acá, en cambio, expandir la política debiera entenderse como radicalizar la democracia, como profundizar la ciudadanía, como ejercer todos los derechos. Acá, expandir la política es construir otra democracia: directa, participativa y representativa simultáneamente. Una democracia ciudadana y callejera.


 Por eso, siempre es posible desafiar y derrotar a unos tiranos con las “armas” democráticas. Aun a aquellos que nos quieren machos y hembras, no mujeres y hombres. Aun a aquellos que degradan la política a la guerra. Aun a esos monarcas que juegan a ser soldaditos.

Guillermo Mariaca Iturri  es ensayista.
 

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