Nada es lo que parece

Criminales

viernes, 27 de julio de 2018 · 00:11

Bernard Madoff, el estafador gringo de cincuenta billones de dólares, y cierto ladrón de ovejas en Achacachi tienen exactamente el mismo objetivo: el éxito económico inmediato sin el sudor de cada día. Y comparten el mismo placer: su orgasmo es causado por la derrota del rival propietario, no por la victoria de su astucia. Pero los separa la dimensión y, sobre todo, los distingue la necesidad: el estafador es un millonario, el ladrón de ovejas es un sobreviviente. En otras palabras: las víctimas del estafador son millones de personas y quienes pagan las consecuencias somos todos –en serio, todos- los ciudadanos; las víctimas del ladrón de ovejas no llegan a la decena. Y ésta no es sólo una diferencia cuantitativa. 

 Existe un tercer criminal, el asesino, que descarga toda la basura de sus traumas en una víctima individual. Suele ser la sangre de sus víctimas la que convoca las miradas mediáticas y esconde el dolor de los anónimos desovejados, y hace de la estafa un espectáculo de suicidas también anónimos burlados por los intereses corporativos. Es una inmensa paradoja que sólo el delirio con los cuerpos desencajados se haya convertido en el monopolio de la desgracia. Que las otras víctimas sean opacadas por el espectáculo de la sangre. Y se pierdan en el espectáculo de la comunicación masiva los concretos hambreados por el desempleo, los materiales miserables de los rincones rurales, los futuros desiguales porque nuestra pésima educación los destina a la sobrevivencia de un pan diario.

 No hay que olvidar tampoco a los grandes criminales. A los Estados sobre todo fundamentalistas que han convertido su vocación imperial en la intervención guerrera sobre la voluntad de autodeterminación de otros Estados difícilmente republicanos. Porque son esos Estados los que causan más víctimas en el nombre de la libertad. Aunque los otros criminales tengan más sometidos por su avaricia o por sus traumas o por su necesidad de sobrevivencia, los Estados fundamentalistas tienen más muertos por su gula tan frecuentemente teocrática.

Hoy, en América Latina, habría que enfatizar el combate contra los criminales políticos, es más, hay que insistir en denunciarlos, en aislarlos, en acusarlos. En esta nuestra región esos son los peores porque torturan y asesinan las libertades democráticas. Son los que abusan del poder. Los que se deleitan con sus pulsiones autoritarias. Los que roban a manos llenas.

Finalmente, no puedo dejar de mencionar a los criminales en la vida diaria. A los que atentan contra todos los derechos humanos. Son particularmente estatales, claro. Suelen ser políticos poderosos. Pero también conviven en el mismo barrio, en el mismo pueblo. Inclusive, a momentos de impotencia, a raptos de ira, a gestos de angurria, nos invaden a todos en la misma noche de la basura. Quizá por eso aquellos que durante centurias los combatieron –ecologistas, feministas, socialistas- hoy deambulan desorientados. Porque es cada vez más complejo reconocer a esos criminales con claridad. Porque es cada vez más difícil asumirlos cuando nos habitan. Porque esos criminales se enmascaran dentro del poder del Estado y se maquillan de liberadores.

Quizás los criminales sean la forma en que una sociedad expurga sus propios pecados. Quien roba, asesina, interviene, abusa, es cada vez más un perfecto adaptado social. Adaptado a los valores básicos de nuestras sociedades contemporáneas, sustentadas por la avaricia, la gula, la soberbia, y la desesperación por el éxito individual a costa del hermano, el vecino, el comunario, el compatriota. Los criminales comunes son nuestro espejo en la entraña. Los criminales estatales son nuestra vergüenza compartida. Los criminales políticos, en cambio, son la prueba de nuestra más espesa cobardía. Habrá que combatirlos a todos. Porque si no combatimos la barbarie que asola nuestra vida diaria, nos queda, apenas, la certeza de que somos las víctimas mudas de nuestra propia estupidez.

 

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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